Un Romance Imposible
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Se quedó callada, repasando las palabras de él en su mente. «Solo tienes que formular tu petición.» Nunca nadie antes le había dicho algo así.
– ¿No quieres saber qué quiero antes de prometerme dármelo?
– No.
– ¿Y qué pasa si pido algo extravagante?
– ¿Cómo qué?
– Diamantes, perlas.
– ¿Es eso lo que quieres de mí, Alexandra, diamantes y perlas? -le preguntó despacio, con una mirada tan intensa que Alexandra supo que no estaba bromeando.
A su mente acudieron dos ideas simultáneas. Una era la imagen de ella misma llevando un escotado y elegante traje de noche, con un collar de perlas color crema alrededor del cuello y colgando de sus lóbulos dos pendientes de diamantes.
La otra era el cálculo de lo que esas joyas valdrían, un dinero que sin duda podría financiarla a ella y a su causa durante años. Y eso solo a cambio de lo que, creía intuir, le estaba entregando Colin en ese momento.
Su confianza.
Notó un nudo de emoción en la garganta. Por la expresión de Colin estaba claro que si ella le pedía joyas, él se las daría. Aquel atractivo hombre, al entregarle su confianza, se convertiría en una más de sus víctimas. Y cuando lo descubriese, la atracción y la admiración que pudiera sentir hacia ella en esos momentos desaparecerían.
Sin embargo, aunque el tiempo que pudieran compartir en Londres fuese breve, Alexandra no quería pagar ese precio.
– No, Colin. No quiero diamantes ni perlas.
Colin no dijo nada durante varios segundos. Se limitó a pasar las yemas de sus dedos por sus rasgos, como si quisiera memorizarlos, acompañando con la mirada sus gestos. Alexandra deseaba fervientemente saber qué estaba pensando. Finalmente, dijo:
– Gracias.
– ¿Por qué?
– Por ser la única mujer que conozco capaz de pronunciar esa frase. Eres… extraordinaria.
– Todo lo contrario, soy de lo más vulgar -dijo, pero pensó: Mucho más de lo que tú crees.
– No, eres extraordinaria, en todos los sentidos, incluso en algunos que ni siquiera conoces. -Y pasó la yema de su dedo pulgar por el labio de Alexandra-. Puesto que no deseas ni diamantes ni perlas, dime qué quieres.
– Está relacionado con nuestro… acuerdo. Necesito que me asegures que solo lo sabremos nosotros. Aceptan a madame Larchmont como una mujer casada, y no puedo arriesgarme a que mi reputación se vea mancillada por una aventura.
– Tienes mi palabra de que te protegeré, de todas las maneras.
– Gracias. Tampoco me gustaría… -vaciló.
Sabía que un embarazo sería desastroso para ella, pero por un loco momento retuvo la imagen de ella misma portando el hijo de Colin.
– ¿Quedarte embarazada?
– Sí.
– Tomaré precauciones para evitarlo.
– Y nuestras relaciones terminarán cuando hayas escogido esposa -dijo Alex con firmeza-. No podría mantener una relación de este tipo con el futuro esposo de otra mujer.
– Yo tampoco humillaría a mi esposa con una aventura adúltera -dijo Colin apartándole a Alexandra un rizo que le caía por la mejilla-. Pero hasta entonces, serás mía.
Un estremecimiento de hembra le recorrió todo el cuerpo ante aquel tono de serena posesión.
– Sí -dijo-. Y tú mío.
– Sí, soy tuyo.
Su corazón se detuvo al oír su consentimiento. La mera idea de que aquel hombre podía ser suyo de algún modo, durante algún tiempo… Era una oportunidad en la que había soñado pero que nunca se había atrevido a esperar, y tenía toda la intención de disfrutar de cada minuto que pasasen juntos.
– ¿Son esas tus únicas peticiones, Alexandra?
Dios mío, solo al oír cómo pronunciaba su nombre deliciosos escalofríos le recorrían todo el cuerpo.
– Solo una más -susurró-. Quiero que apagues este fuego que has encendido dentro de mí.
Colin apoyó su frente contra la de Alexandra.
– Yo quiero lo mismo, pero este no es el momento ni el lugar, y si vuelvo a besarte… -Levantó la cabeza y dirigió la mirada hacia su boca.
Alexandra abrió sus labios involuntariamente.
– ¿Si vuelves a besarme…?
– Como tienes un efecto desastroso sobre mi autocontrol, mucho me temo que terminaría por tomarte contra la pared.
Dios mío.
– Lo dices como si fuese algo malo.
– No es malo, pero resulta inconveniente cuando uno se halla sin cama junto a una mujer que merece una, por lo menos la primera vez que hace el amor. -Se inclinó y apoyó suavemente sus labios en los de ella-. Déjame intentar que tu primera vez sea perfecta.
– Me parece bastante perfecta ahora, excepto por mi pulso que está gravemente alterado.
Colin esbozó una maliciosa y rápida sonrisa.
– Bien. Odio pensar que es solo el mío el que está alterado. -La soltó y luego la tomó de la mano-. Ven conmigo.
Y la condujo alrededor de la casa hasta la entrada de servicio. Allí, sacó una pequeña pieza de metal del bolsillo y se inclinó sobre la cerradura. En menos de un minuto, la puerta se abrió sin ruido alguno.
– Eres buenísimo -susurró.
La ladrona que había sido sintió admiración y una indudable punzada de envidia.
– Estoy seguro de haberte dicho que soy bueno en muchas cosas. Esta casa es casi idéntica a la mía. Sigue este pasillo hasta llegar a la escalera, sube al segundo piso, gira a la derecha, sigue recto por el pasillo que encuentres y llegarás a tu habitación.
– ¿Sola? -dijo Alexandra totalmente desilusionada.
– Sí.
– Pero ¿qué pasa con… nosotros?
– Mi dulce Alexandra, tal como te he dicho, este no es el momento ni el lugar. Ese «nosotros» será muy pronto, lo prometo. Y ahora dime, ¿cómo saliste de la casa?
– Por los ventanales que dan a la terraza.
– Me aseguraré de que quedan cerrados con llave.
Colin inclinó la cabeza, y Alexandra levantó su rostro pero en lugar de darle el beso que ella aguardaba ansiosamente él le depositó un rápido beso en la punta de la nariz.
– Date prisa, y cuando cierre la puerta, gira la llave por dentro. Te veré muy pronto.
Alexandra entró en el umbral perpleja, confundida, irritada y frustrada.
– Un poco de calma nos irá bien a los dos -dijo una divertida voz en la oscuridad.
Pero cuando se dio la vuelta dispuesta a asesinar a Colin con la mirada, descubrió que ya había cerrado.
Miró la puerta de madera totalmente anonadada. Nunca había creído que iba a proponérsele a un hombre y cuando lo hacía, ¿qué ocurría? Él la mandaba sola a su habitación. Quizá Colin no había querido tomarla contra la pared pero, por favor, ese era el modo en que se hacía en su ambiente. Puede que no la deseara tanto como proclamaba.
– Qué hombre tan irritante -murmuró entre dientes.
Se abrió camino cuidadosamente a través de la oscura y silenciosa casa, siguiendo las indicaciones que le había dado Colin para llegar a su habitación y, con cada paso, crecía su frustración. Sentía el cuerpo impaciente y ardiente y sus pliegues más íntimos entumecidos. Y ahora lo único que la esperaba eran largas horas de insomnio hasta verlo de nuevo. Se volvería loca.
Cuando llegó al pie de la escalera, subió, giró a la derecha y tomó el pasillo. Debía de estar tan sumida en su enfado que tuvo que llegar al final del corredor para darse cuenta de que a buen seguro había pasado de largo su dormitorio. Frunciendo el ceño, se dio la vuelta, y cuando recorrió con la mirada el rincón donde se encontraba, que estaba a oscuras, descubrió que aquel pasillo no le resultaba nada familiar. Aquella mesa en forma de media luna con un ramo de flores no había estado antes en ese sitio, ni tampoco el recargado espejo ovalado que colgaba en la pared de enfrente.
Maldita sea. Aquel hombre no solo era un tormento para su paz de espíritu, sino que no tenía ningún sentido de la orientación.
Apretando los dientes, retrocedió sobre sus pasos con cuidado y, una vez llegó a la escalera, se dirigió hacia el vestíbulo para poder orientarse. Cuando estuvo sobre las baldosas de mármol de la entrada, se cercioró de la dirección que debía tornar y se dirigió a su dormitorio. Para cuando llegó, estaba absolutamente desquiciada. Abrió la puerta y la cerró silenciosamente tras de sí apenas conteniendo el deseo de dar un portazo. Había recorrido la mitad de la habitación cuando se detuvo como si se hubiese encontrado con una pared de cristal. Y miró anonadada.