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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Brogan dio las gracias a su coronel. Como siempre, Galtero estaba en todo. Los ojos de la duquesa se posaban alternativamente en ellos tres, aunque guardaba silencio.

— ¿Quieres que la obligue a cooperar?

— ¿Para qué, lord general? —replicó Galtero con una truculenta sonrisa en su faz por lo general pétrea—. Es mejor que esta noche aprenda otra lección.

— Muy bien. Como prefieras. Querida —dijo a la duquesa—, no te ordeno que lo hagas. Eres libre para expresar lo que realmente sientes hacia Galtero, mi hombre.

La mujer lanzó un grito de protesta cuando Galtero la enlazó por la cintura.

— ¿Por qué no vamos hacia allí, a la oscuridad? No quisiera herir vuestros sentimientos obligándoos a contemplar lo que le ocurre a vuestro esposo.

— ¡No! —gritó. ¡Me helaré en la nieve! Debo obedecer la voluntad del lord general—. ¡Me helaré!

— Tranquila —replicó Galtero, propinándole un azote en el trasero—, no te helarás. El estiércol está calentito.

La duquesa chilló y trató de desasirse pero Galtero la tenía bien cogida. Con la otra mano la agarró por la cabellera.

— Es una mujer muy hermosa, Galtero; no la estropees. Y ve al grano; tengo planes para ella. Para empezar, deberá pintarse menos —comentó haciendo una mueca—; claro que la práctica le será útil para pintarse el pezón que le falta.

»Cuando haya acabado con el duque y tú hayas acabado con ella, Lunetta le echará otro sortilegio. Uno muy especial; un hechizo realmente extraordinario y muy poderoso.

Lunetta se acariciaba sus «galas» mirándolo a los ojos. Sabía qué quería Tobias.

— Para eso necesitaré algo que él haya tocado.

— Él mismo me dio una moneda —le recordó el lord general, dándose ligeros golpes en el bolsillo.

— Bastará.

La duquesa lanzó un nuevo gritó y agitó los brazos mientras Galtero la arrastraba hacia la oscuridad. Brogan se dio media vuelta y movió el cuchillo frente a la horrorizada mirada del alto kelta.

— Y ahora, duque Lumholtz, os toca a vos cumplir vuestra parte en los planes del Creador.

16

Bajo la atenta mirada de Gratch, situado a su espalda, Richard vertió la cera roja a lo largo de la carta doblada. Enseguida dejó a un lado vela y cera, cogió la espada e hincó el mango en la cera para grabar la palabra «VERDAD» trenzada en la empuñadura del arma con hilo de oro. El resultado lo satisfizo; de ese modo Kahlan y Zedd sabrían que la carta era realmente suya.

Egan y Ulic, sentados a los extremos del lago y curvado escritorio, vigilaban la sala vacía como si un ejército fuese a asaltar de un momento a otro el estrado. Los dos descomunales guardias se resistieron a sentarse. Según ellos, estando de pie podrían reaccionar con mayor celeridad a un posible ataque. Richard arguyó que, de producirse un ataque, el millar de soldados que custodiaban la sala fuera armarían bastante jaleo y los alertarían, lo cual les daría tiempo a reaccionar incluso estando sentados para levantarse y desenvainar la espada. Con ese argumento finalmente se sentaron.

Cara y Raina permanecían junto a la puerta. Cuando Richard las invitó también a ellas a tomar asiento, las mord-sith rechazaron la oferta con altaneros resoplidos, diciendo que ellas eran más fuertes que Egan y Ulic y, por tanto, se quedarían de pie. Richard se encontraba justo a mitad de la carta y no quería discutir con ellas, por lo que replicó que, puesto que parecían cansadas y lentas de reflejos, prefería que se quedaran de pie para tener suficiente tiempo de reaccionar si se producía un ataque. Después de eso se sentaron, ceñudas, aunque Richard las sorprendió sonriéndose una a la otra; al parecer, las complacía haber sido capaces de arrastrarlo a su juego.

Con Rahl el Oscuro los límites estaban claramente delimitados: él era el amo y las mord-sith eran sus esclavas. Richard se preguntó si acaso las mord-sith lo estaban probando para determinar los límites y hallar su punto débil. O tal vez era que, sencillamente, se alegraban de seguir los dictados de su propia voluntad y actuar incluso por capricho.

Otra posibilidad era que el juego de las mord-sith fuese una prueba para saber si Richard estaba loco. Las mord-sith eran expertas en probar a la gente, y a Richard lo inquietaba que pudieran considerar que no estaba en sus cabales. Él simplemente hacía lo que debía; no había otro modo.

Ojalá que Gratch no estuviera tan cansado como los demás. Dado que se había reunido con él esa misma mañana, no tenía modo de saber si había dormido lo suficiente, aunque sus ojos verdes relucían con expresión alerta y animada. Los gars solían cazar de noche; tal vez por eso se veía tan despierto. Fuera por lo que fuese, Richard deseó que Gratch estuviera tan descansado como parecía.

— Gratch —le dijo, palmeándole una peluda garra—, ven conmigo.

El gar se puso en pie, desplegó ambas alas y una pata, y cruzó la sala en pos de Richard hasta una de las escaleras cubiertas que conducían a las galerías. Instantáneamente sus cuatro guardaespaldas se pusieron alerta pero Richard les ordenó con gestos que permanecieran en sus sitios. Egan y Ulic obedecieron; las dos mord-sith, no.

Solamente estaban encendidas dos lámparas situadas al pie de la escalera, mientras que el resto era un tenebroso túnel. La escalera desembocaba en una ancha galería, uno de cuyos lados estaba delimitado por una sinuosa baranda de madera de caoba y desde el cual se dominaba la sala, y el otro por el borde inferior de la cúpula. Por encima de una baja vigueta de mármol blanco se abrían ventanas redondas, la mitad de altas que él, dispuestas uniformemente alrededor de la enorme sala. Richard miró por una de las ventanas y comprobó que esa noche nevaba. Podría ser un problema.

La ventana estaba sujeta por la parte inferior mediante una palanca de latón, mientras grandes clavijas la aseguraban en el centro de cada hoja. Probó la palanca y comprobó que giraba suavemente.

— Gratch, quiero que me escuches con mucha atención. Esto es muy importante.

Gratch asintió con expresión seria y concentrada. Las mord-sith contemplaban la escena desde las sombras, casi en lo más alto de la escalera.

Richard extendió una mano y acarició el largo rizo de cabello que Gratch llevaba al cuello sujeto con una correa de cuero, junto con el colmillo de dragón.

— Éste es un mechón de pelo de Kahlan. —Gratch asintió con la cabeza para demostrar que entendía—. Gratch, Kahlan corre peligro. —El gar frunció el entrecejo—. Sólo tú y yo vemos a los mriswith.

Gratch gruñó, se tapó los ojos con las garras y lo miró entre ellas; era su signo para referirse a los mriswith.

— Sí, eso es. Gratch, Kahlan no se da cuenta de su presencia, como podemos hacer tú y yo. Si los mriswith van tras ella, no los verá y la matarán.

Gratch dejó ir un gutural gemido de angustia. Entonces su rostro se iluminó, con una mano asió el mechón de cabello y con la otra se golpeó su poderoso pecho.

Richard no pudo por menos de reír, asombrado ante la capacidad de Gratch para comprender qué quería de él.

— Has adivinado lo que estaba pensando, Gratch. Iría yo mismo a protegerla pero tardaría demasiado tiempo, y es posible que ahora mismo corra peligro. Tú eres grande, pero no lo suficiente para llevarme. Sólo hay una cosa que podemos hacer. Tienes que ir tú para protegerla.

Gratch expresó su conformidad con una amplia sonrisa de impresionantes colmillos. De pronto, se dio cuenta de lo que eso implicaba, porque abrazó a Richard.

— Grrratch quierrrg Raaaach aaarg.

— Yo también te quiero, Gratch —dijo Richard, dándole palmaditas en la espalda. Otra vez ya había enviado lejos a Gratch para salvarle la vida, pero el gar no lo había entendido. Richard le prometió que nunca más volvería a hacerlo. El joven abrazó al gar con fuerza y luego lo apartó.

»Gratch, escúchame. —Los relucientes ojos verdes se anegaban de lágrimas—. Gratch, Kahlan te quiere tanto como yo. Ella quiere que estés con nosotros, del mismo modo que tú quieres estar conmigo. Yo deseo que todos estemos juntos. Me quedaré aquí, esperando, mientras tú vas a protegerla y la traes de vuelta. Entonces todos estaremos juntos —concluyó con una sonrisa y le acarició la espalda.

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