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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Cara se inclinó hacia adelante para mirar dentro del cajón vacío antes de que Richard lo cerrara.

— Debe de amaros mucho para estar dispuesta a rendir su país a vos, lord Rahl —comentó, echándose la rubia trenza encima de la espalda—. No sé si yo sería capaz de hacer algo así por un hombre, ni siquiera por alguien como vos. Tendría que ser él quien se rindiera a mí.

Richard la hizo apartarse y por fin encontró pluma y tinta en el cajón que habría abierto en primer lugar si Cara no se hubiera puesto en medio.

— Tienes razón. Me quiere mucho. Pero en cuanto a lo de rendir su país, ella aún no lo sabe.

— ¿Me estáis diciendo que aún no le habéis pedido que se rinda, como a todos los demás?

Richard sacó el tapón de la botella que contenía la tinta y repuso:

— Ésa es una razón por la que debo escribirle enseguida. Para explicarle mi plan. ¿Por qué no os estáis un ratito calladas para que pueda escribir?

Raina, con una mirada de auténtica preocupación, se agachó junto a Richard.

— ¿Y si suspende la boda? —inquirió—. Las reinas son orgullosas; es posible que no quiera rendirse.

Richard notó una sensación de pánico en las entrañas. Era mucho peor que eso. Las mord-sith no sabían qué le iba a pedir a Kahlan que hiciera. No pedía a una reina que rindiera su país; pedía a la Madre Confesora que le entregara toda la Tierra Central.

— La reina desea tanto como yo vencer a la Orden Imperial y ha luchado por ello con un valor que asombraría incluso a una mord-sith. Ella desea tanto como yo que no haya más derramamiento de sangre. Me ama y comprenderá las razones de lo que le pido.

— Bueno —suspiró Raina—, y si no es así, nosotros os protegeremos.

Richard fijó en ella una mirada tan mortífera que Raina se balanceó hacia atrás, como si la hubiera golpeado.

— Nunca jamás se os ocurra siquiera hacer daño a Kahlan. La protegeréis igual que me protegéis a mí o ya podéis uniros ahora mismo a las filas de mis enemigos. Su vida debe ser tan preciosa para vosotras como la mía. Juradlo por el vínculo que os une a mí. ¡Juradlo!

Raina tragó saliva y dijo:

— Lo juro, lord Rahl.

— Jurad —ordenó implacable a las otras dos mujeres.

— Lo juro, lord Rahl —dijeron a coro.

Richard miró a Ulic y a Egan.

— Lo juro, lord Rahl.

— Muy bien —dijo Richard en tono más suave.

Entonces colocó el papel encima de la mesa frente a él y trató de pensar. Todo el mundo la creía muerta; ése era el único camino. Nadie debía enterarse que seguía con vida, o alguien podría tratar de acabar lo que el consejo había querido hacerle. Si encontraba las palabras justas, Kahlan lo entendería.

El joven sentía sobre su cabeza la presencia de Magda Searus mirándolo iracunda. Richard temía alzar la vista por miedo a que Merrit, su mago, lo fulminara con un rayo para castigarlo por lo que estaba haciendo.

Kahlan tenía que creer en él. Una vez le había dicho que, en caso necesario, estaba dispuesta a dar su vida para protegerlo a él y salvar la Tierra Central; que haría cualquier cosa. Cualquier cosa.

Cara se sentó sobre las manos.

— ¿La reina es hermosa? —inquirió con una sonrisa de nuevo maliciosa—. ¿Cómo es? Espero que no querrá que llevemos vestidos una vez que estéis casados, ¿o sí? Nosotras la obedeceremos pero las mord-sith no llevan vestidos.

Richard suspiró interiormente. Ellas sólo trataban de animarlo con sus chanzas. No obstante, se preguntó a cuántas personas habrían matado esas «bromistas». Pero enseguida se echó una reprimenda; no era justo pensar eso, sobre todo si a uno lo llamaban el portador de la muerte. Una de ellas había muerto ese mismo día para protegerlo. Pobre Hally; no había tenido ninguna oportunidad frente a un mriswith.

Y Kahlan tampoco la tendría.

Tenía que ayudarla. No se le ocurría otro modo de hacerlo y cada minuto que pasaba podría ser un minuto malgastado. Tenía que darse prisa y dar con las palabras justas. Era fundamental que no dejaran traslucir que Kahlan era en realidad la Madre Confesora. Si la carta caía en malas manos…

Al oír el chirrido de la puerta al abrirse alzó la vista.

— ¿Berdine, adónde crees que vas?

— A buscar un lugar donde dormir. Haremos turnos para guardaros. —Una mano reposaba sobre la cadera y la otra hacía girar la cadena de la que colgaba el agiel—. Controlaos, lord Rahl. Pronto tendréis a vuestra prometida en el lecho. Supongo que podréis esperar.

Richard no pudo evitar sonreír. Le gustaba el irónico sentido del humor de Berdine.

— El general Reibisch ha dicho que un millar de hombres está de guardia. No es necesario que…

— Lord Rahl —le interrumpió Berdine con un guiño—, ya sé que soy la que más os gusto, pero dejad de pensar en mi trasero cuando ando y acabad esa carta.

Mientras la puerta se cerraba Richard tamborileó con el mango de vidrio de la pluma contra un diente.

— Lord Rahl, ¿creéis que la reina tendrá celos de nosotras? —preguntó Cara.

— ¿Por qué debería tener celos? —masculló Richard mientras se rascaba la parte posterior del cuello—. No tiene ninguna razón.

— Bueno… ¿no os parecemos atractivas?

Richard la miró y señaló la puerta.

— Vosotras dos apostaos en la puerta para asegurarnos de que ningún asesino pueda entrar para matarme. Si podéis estaros calladas, como Ulic y Egan y me dejáis escribir la carta en paz, podéis quedaros a este lado de la puerta, si no, id afuera.

Las mord-sith miraron al techo pero ambas sonreían mientras se dirigían a la puerta, como si las alegrara haber conseguido al fin irritarlo. Seguramente las mord-sith necesitaban gastarle ese tipo de bromas, pues pocas oportunidades tenían; pero él tenía cosas más importantes en las que pensar.

Con la mirada fija en la hoja de papel en blanco hizo un esfuerzo para aclararse la mente pese al cansancio. Gratch colocó una de sus peludas garras sobre su pierna y se acurrucó contra él. Richard mojó la pluma en la tinta y empezó a escribir: «Mi queridísima reina», mientras que con la otra mano daba palmaditas a la garra.

15

Mientras caminaban penosamente sobre la nieve que se iba acumulando, Tobias escrutaba la oscuridad.

— ¿Estás segura de que seguiste mis instrucciones?

— Sí, lord general. Ya os lo he dicho. Están hechizados.

A sus espaldas las luces del Palacio de las Confesoras y de los edificios del centro de la ciudad ya hacía tiempo que habían desaparecido entre los remolinos de nieve. La ventisca se había abatido sobre Aydindril procedente de las montañas mientras ellos y los demás representantes de la Tierra Central escuchaban las absurdas exigencias de lord Rahl.

— ¿Dónde están? Si los pierdes y mueren congelados entre la nieve, estaré más que enfadado contigo, Lunetta.

— Sé dónde están, lord general —insistió ella—. No los perderé. —Se detuvo, olisqueó el aire y dijo—: Por ahí.

Tobias y Galtero intercambiaron una mirada, ambos ceñudos, pero siguieron a la mujer que se perdía en la oscuridad, en la parte posterior del Bulevar de los Reyes. De vez en cuando lograban distinguir apenas en medio de la tormenta las oscuras siluetas de los imponentes palacios. Eran como fantasmagóricos faros en ese vacío sin puntos de referencia conjurado por la nieve.

A lo lejos Brogan oyó el ruido de armaduras. Por su número no se trataba de una simple patrulla. Antes de que acabara la noche seguramente los d’haranianos moverían ficha para consolidar su control sobre Aydindril. Al menos eso es lo que él haría de encontrarse en su lugar: ataca antes de que el enemigo tenga tiempo de asimilar sus opciones. Bueno, no importaba. De todos modos, él no pensaba quedarse.

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