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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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¿Cómo podía ser tan arrogante para pensar que su plan funcionaría? Estaba tan agotado que apenas podía pensar. Ni siquiera recordaba ya la última vez que había dormido.

Él no quería gobernar a nadie; sólo quería que esa pesadilla acabara para poder estar con Kahlan y pasar el resto de sus vidas juntos, sin luchar. La noche anterior con ella había sido de absoluta felicidad. Eso era todo lo que realmente quería.

El general Reibisch se aclaró la garganta.

— Nunca antes había luchado por nada, quiero decir por ninguna razón, que no fuese el vínculo. Tal vez ha llegado la hora de intentarlo a vuestro modo.

Richard se enderezó en la silla y entonces contempló al militar con cierto recelo.

— ¿Dices eso sólo porque crees que es lo que quiero oír?

— Bueno… —con la uña del pulgar el general rascó las bellotas talladas en el borde de la mesa—, los espíritus saben que nadie lo creería pero en realidad los soldados desean la paz más que cualquier otra persona. Lo que ocurre es que ni siquiera nos atrevemos a soñar con ella, porque vemos tanta muerte que nos convencemos de que el derramamiento de sangre no acabará nunca. Además, si piensas demasiado en la paz te vuelves blando, y los blandos son los primeros en caer. Pero si te comportas como si ardieras en deseos de entrar en combate el enemigo se lo piensa antes de darte una razón para que lo mates. Es como la paradoja de la que antes hablabais.

»Después de presenciar tantas muertes, uno empieza a preguntarse si sabe hacer algo más aparte de cumplir las órdenes y matar a gente. Uno se pregunta si es una especie de monstruo que no sirve para nada más. Tal vez eso es lo que les pasó a aquellos que atacaron Ebinissia. Finalmente se rindieron a la voz que sonaba dentro de sus cabezas.

»Quizá tengáis razón y a vuestra manera podremos poner fin a tanta muerte. —El general trató de volver a colocar una larga astilla que había arrancado—. Supongo que un soldado confía siempre en que después de matar a todas las personas que quieren matarlo a él podrá guardar la espada. Los espíritus saben que nadie odia más la guerra que quienes realmente las hacen. Ahhh —suspiró—, pero nadie lo creería.

— Yo lo creo —replicó Richard con una sonrisa.

— Es muy poco común encontrar a alguien que comprende cuál es el precio de matar. La mayor parte de la gente o lo glorifica o lo condena. Pero nunca siente el dolor que supone infligir la muerte ni la amargura de la responsabilidad. Vos matáis y me alegro de que no os guste hacerlo.

La mirada de Richard se apartó del general y buscó consuelo en la penumbra que reinaba entre los arcos que unían las columnas de mármol. Tal como había dicho a los representantes allí reunidos, su nombre aparecía en las profecías. De hecho, se le mencionaba en una de las profecías más antiguas, escritas en d’haraniano culto, como fuer grissa ost drauka: el portador de la muerte. Pero esas palabras tenían tres posibles significados: aquel capaz de unir el mundo de los muertos y el mundo de los vivos rasgando el velo del inframundo; aquel capaz de resucitar el espíritu de los muertos, que es justo lo que hacía cuando usaba la magia de la espada y danzaba con la muerte; y, el tercero y fundamental significado, aquel que mata.

Berdine le propinó un palmetazo en la espalda que lo sacó de su ensimismamiento y rompió el incómodo silencio.

— Eh, no nos habíais dicho que tenéis novia. Espero que antes de la noche de boda toméis un baño u os echará del lecho. —Las tres mujeres se rieron.

A Richard le sorprendió comprobar que aún le quedaban fuerzas para sonreír.

— Yo no soy el único que apesta como un caballo.

— Si eso es todo, lord Rahl, debo ocuparme de un montón de asuntos. —El general se irguió y se rascó la barba rojiza—. ¿Cuántas personas creéis que tendremos que matar para conseguir esa paz de la que habláis? —preguntó con una sonrisa torcida—. Lo pregunto para saber hasta dónde llegaremos antes de poder echarme tranquilamente una siesta sin soldados que velen mi sueño.

Richard intercambió una larga mirada con el militar.

— Tal vez entrarán en razón y se rendirán. Entonces no tendríamos que luchar.

Reibisch soltó una cínica risotada.

— Si no os importa, ordenaré a los hombres que afilen las armas, sólo por si acaso. ¿Sabéis cuántos países formaban la Tierra Central?

Richard reflexionó un momento.

— La verdad es que no. Algunos países son tan pequeños que ni siquiera estaban representados en Aydindril pero muchos de los grandes tienen aún sus propios ejércitos. La reina lo sabrá. Muy pronto se reunirá con nosotros y podrá ayudarnos.

Diminutos destellos de luz se reflejaban en la cota de mallas del general.

— Esta misma noche, antes de que tengan tiempo para organizarse, desarmaré a las fuerzas que custodian los palacios. Tal vez así evitemos más muertes. Me temo que antes de mañana algunos tratarán de huir.

— Asegúrate de que hay suficientes hombres alrededor del palacio de Nicobarese. No quiero que el lord general Brogan abandone la ciudad. No me fío de él, pero he empeñado mi palabra en que tendrá la misma oportunidad que el resto.

— Me ocuparé de eso.

— Y, general, procura que los soldados no hagan ningún daño a su hermana, Lunetta. —La inocencia y candidez de la hermana de Tobias Brogan despertaba en Richard un singular sentimiento de simpatía. Le gustaba la mirada de Lunetta—. Procura que los arqueros estén apostados en puntos estratégicos y listos para entrar en acción si salen de su palacio con la intención de marcharse. Si la mujer usa magia, que no vacilen en disparar.

Richard dio la orden con repugnancia. Nunca antes había enviado hombres a una batalla en la que muchas personas podrían resultar heridas o perder la vida. Entonces recordó lo que la Prelada le había dicho en una ocasión: los magos debían usar a sus semejantes para hacer lo debido.

El general Reibisch posó su mirada en los silenciosos Ulic y Egan, en el gar y luego en las tres mujeres.

— Si necesitáis ayuda —dijo a Richard— gritad y tendréis a un millar de hombres listos para protegeros.

Cuando el general se hubo marchado, Cara relajó el gesto.

— Debéis dormir, lord Rahl. Como mord-sith reconozco cuándo un hombre está exhausto y a punto de desplomarse. Mañana, cuando estéis descansado, podréis seguir trazando planes para conquistar el mundo.

Pero Richard negó con la cabeza.

— Aún no. Antes tengo que escribir una carta.

Berdine se apoyó en el escritorio, junto a Cara, y entonces se cruzó de brazos.

— ¿Una carta de amor para vuestra prometida?

— Más o menos —repuso Richard y abrió un cajón.

— Quizá podamos ayudaros —dijo Berdine con una coqueta sonrisa—. Podemos dictaros las palabras apropiadas para que su corazón siga latiendo por vos y olvide que necesitáis un baño.

Raina fue a reunirse con sus compañeras junto al escritorio; en sus ojos oscuros centelleaba una pícara expresión.

— Podemos enseñaros cómo ser un buen amante. Vos y vuestra reina os alegraréis de tenernos cerca para pedirnos consejo.

— Y si no nos hacéis caso —le advirtió Berdine—, le enseñaremos a ella cómo conseguir que bailéis al son que toque.

Richard dio unos golpecitos a Berdine en una pierna para que se apartara un poco y le permitiera llegar a los cajones que tapaba. En el de más abajo encontró papel.

— ¿Por qué no vais a dormir? —les sugirió con aire ausente, mientras buscaba pluma y tinta—. Habéis cabalgado mucho para alcanzarme y estoy seguro de que no habréis dormido mucho más que yo.

Cara alzó la nariz en gesto de muda indignación.

— Nosotras vigilaremos mientras vos dormís. Las mujeres son más fuertes que los hombres.

Richard recordó a Denna diciéndole eso mismo, pero ella no se lo había dicho en tono de broma. Las tres mord-sith nunca bajaban la guardia cuando había alguien cerca; él era el único del que se fiaban para poner en práctica sus dotes sociales. Richard pensó que necesitaban mucha práctica. Tal vez por eso se negaban a desprenderse de su agiel; no habían sido otra cosa en la vida que mord-sith y tenían miedo de no saber ser otra cosa.

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