La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– ¿El Adversario vive ahí? -pregunté a la consejera.
– El Adversario sabe dónde estamos nosotros -dijo Neléis-, y nosotros sabemos dónde se oculta él.
Un enfrentamiento que se ha estado demorando durante quince siglos es ya inminente.
Otro de los grabados, situado a la derecha del mapa, mostraba un cuerpo humano cubierto por una armadura reluciente, unas alas de plata a la espalda y la cola de escorpión que parecía hecha con metal dotado de vida. El rostro de la langosta era hermoso, como el de una muchacha de pelo largo y negro, pero quedaba deformado por una boca semejante a la de una fiera, repleta de dientes largos, afilados y amarillentos.
El grabado lo mostraba de frente y de perfil, y había una línea acotada junto a él que indicaba su altura. Neléis había denominado kauli a aquella criatura.
– ¿Es ése el ser que viste en tu sueño? -me preguntó la mujer.
– No creo que fuera un sueño.
– Lo era, aunque inducido por la presencia del rexinoos dentro de ti. Sin duda tuviste visiones que te mostraron cosas reales, aunque lejanas.
– ¿Por qué lejanas?
– Los kauli no pueden sobrevivir tan al sur, en un ambiente tan cálido y bajo un sol tan brillante. Son criaturas del frío y la oscuridad y, aunque sus armaduras les protegen, tan sólo en el Remoto Norte pueden mantenerse activos. Hay quien piensa que vienen de otro mundo; un planeta frío y seco opinan algunos, pero en realidad nadie sabe nada con certeza.
Le pregunté si los había visto en alguna ocasión con sus propios ojos.
– Nunca -admitió ella-. Pero muchos otros sí los han visto. Y algunos, muy pocos, han tenido la suficiente fortuna como para sobrevivir. Los kauli son unos seres repugnantes cuyo alimento es casi exclusivamente la sangre humana.
Junto al dibujo del kauli había una serie de grabados que mostraba a los gog en diferentes posturas. Allí no había duda, los dibujos representaban a los repugnantes seres que me habían mantenido prisionero en su campamento.
La consejera dijo que creían que se trataba de dos razas esclavas del Adversario, a las que usaba según su conveniencia en un lugar u otro del mundo. Una teoría decía que el Adversario era miembro de una raza de esclavistas; seres solitarios y malvados que, degenerados por su dependencia de los esclavos, permanecían ocultos y casi inmóviles.
No había más grabados.
– ¿No tenéis ni idea de cuál es su aspecto?
– No -respondió la mujer-. Tenemos muchas descripciones, pero ninguna coincide. Se diría que cada persona que lo ha visto ha creído ver algo distinto.
Esto no resultaba extraño, pues se sabe que el Mal es eterno y polimorfo.
Estudié el mapa, pensativo; comprobando la enorme distancia que separaba el desierto salino y la ciudad de Apeiron de Constantinopla; distancia que habíamos recorrido en los últimos meses. Pero el Adversario estaba mucho más lejos. Era, por lo menos, tres veces esa distancia; a través de territorios desconocidos y seguramente plagados de enemigos y criaturas hostiles como los kauli y los gog.
– Parece un camino demasiado largo para que pueda cruzarlo en lo que me queda de vida -comenté.
– No lo haremos a pie, si es en eso en lo que estás pensando -dijo la mujer.
Y, ante mi mirada desorientada, añadió:
– Debo mostrarte más cosas.
8
Tomamos un transporte volador que se dirigía hacia la zona norte de Apeiron. Había mucha vegetación por todas partes, hasta el punto de que muchas calles desaparecían bajo ella, y por todos lados sobresalían enormes torres humeantes de ladrillo cuyos remates se ensanchaban para contener complicadas decoraciones geométricas; eran simplemente chimeneas que exudaban vapor desde el subsuelo de la ciudad, pero me parecían tan hermosas como las agujas de una catedral.
Estaba anocheciendo y la iluminación nocturna de la ciudad se estaba activando, confiriéndole a todo el aspecto de joya mágica que tanto me maravillaba.
– ¿Hemos llegado? -le pregunté a la mujer cuando el transporte se detuvo en una plataforma.
– No -respondió Neléis-; pero se ha hecho tarde y, según me dijo Ácalo, hace muchas horas que no has comido nada. Mi hogar está aquí mismo y he pensado que podríamos cenar antes de continuar.
Yo sentía una gran curiosidad por saber más cosas de Neléis y del resto de los consejeros. La idea de una mujer que ocupara un cargo tan importante en la ciudad me seguía fascinando. Su hogar era una pequeña casa de dos plantas con un amplio jardín frente a ella; similar a las otras casas que se levantaban a ambos lados de la calle.
Atravesamos un estrecho camino de losas de piedra incrustadas en la hierba perfectamente recortada, y llegamos frente a una puerta de madera con algunos adornos multicolores grabados en ella. Quizá hubiera esperado que la vivienda de un alto dignatario fuera algo más parecido a un palacio, pero tenía que admitir que el lugar era agradable. En el jardín había multitud de casitas de madera para pájaros y palomares que despedían un característico olor, y de los que llegaba un continuo murmullo de aves que se preparaban para pasar la noche.
La consejera abrió la puerta y una mujer joven, a quien Neléis me presentó como su compañera, salió a recibirnos.
Cenamos en el jardín, en una mesa atendida por un par de muchachas a las que ya no me atreví a considerar esclavas. Quizá también eran estudiantes como Ácalo.
La compañera de Neléis se llamaba Eritea, y le calculé unos veinte años. Tenía el pelo largo, de color castaño oscuro. Sus rasgos eran equilibrados y apacibles, y sonreía con sinceridad. Era una buena conversadora, al igual que Neléis, pero al mismo tiempo parecía ser, de las dos, la que estaba más pendiente del desarrollo de la cena, ordenando a las dos sirvientas que sacaran uno u otro plato, que retiraran esto o lo otro, o que escanciaran más vino; por lo que me pregunté si sería una especie de dueña, o ama de llaves que se ocupaba de la casa mientras Neléis se dedicaba a sus tareas en la Asamblea. Pero ambas mujeres se trataban con una familiaridad sorprendente.
La comida era deliciosa, como toda la que había probado en Apeiron; pero durante mi tiempo de estudio en la vivienda cercana a la Pirámide de la Asamblea, había estado tan enfrascado en los libros que apenas había percibido lo excelente que era.
Sabores ricos y sutiles en las verduras perfectamente especiadas, y una carne fresca y llena de jugo, como si siempre perteneciera a un animal recién sacrificado. Y el vino era el mejor que jamás hubiera tomado, incluso en la mesa de algún papa. Pero, como tantas otras cosas, aquel lujo allí parecía cosa normal.
Sirvieron una verdura con aspecto de flor, semejante a la alcachofa, pero de un color verde más intenso, hervida y aromatizada con hebras de azafrán, y una carne cortada muy gruesa y apenas pasada por el fuego, pero asombrosamente tierna. Pregunté de qué animal se trataba, y Eritea dijo una palabra que no entendí pero que después de una larga explicación interpreté que se trataba de carne de avestruz.
Yo sólo había visto avestruces en las ilustraciones de un libro sarraceno de un tal El-Kasvini [30], y me había parecido un animal tan mítico como el mismísimo unicornio; un pájaro tan grande como un caballo, de plumas blancas y negras. Me parecía imposible estar comiéndolo en esos momentos; Eritea me podía haber dicho que se trataba de carne de roc y me hubiera resultado igual de extraño.
[30] Se refiere a la obra titulada Las maravillas de la naturaleza, que escrita durante el siglo XIII describe muchos animales tropicales, como el orangután y el dugongo.