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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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La conducta de Richard y Moncharmin venía enteramente determinada por la revelación que les había sido hecha: 1º) Richard debía repetir exactamente aquella tarde los gestos que había realizado en el momento de la desaparición de los primeros veinte mil francos; 2°) Moncharmin no debía perder de vista ni por un segundo el bolsillo de atrás de Richard, en el cual la señora Giry habría depositado los segundos veinte mil francos.

En el lugar exacto en que había saludado al secretario de Bellas Artes, se situó Richard, llevando a sus espaldas, a algunos pasos de distancia, a Moncharmin.

La señora Giry pasa, roza a Richard, se libera de los veinte mil en el bolsillo de la levita de su director y desaparece…

O mejor dicho, la hacen desaparecer. Obedeciendo a las órdenes qué Moncharmin le ha dado algunos instantes antes, antes de la reconstrucción de la escena, Mercier encierra a la buena señora en el despacho de la administración. Así le será imposible a la vieja comunicarse con su fantasma. Ella no opuso resistencia alguna, ya que mamá Giry no es más que una pobre figura desplumada, perdida, espantada, que abre unos ojos de ave despavorida bajo una cresta en desorden, que oye ya en el corredor sonoro, el ruido de los pasos del comisario con el que la han amenazado y que exhala suspiros que harían fundirse las columnas de la escalinata principal.

Mientras tanto, Richard se inclina, hace reverencias, saluda, camina hacia atrás como si ante él estuviera el subsecretario de Estado para las Bellas Artes.

Sin embargo, aunque semejantes muestras de educación no hubieran causado el menor asombro en el caso de que delante del director se encontrara el señor subsecretario de Estado, sí causaron a los espectadores de esta escena tan poco habitual un asombro muy comprensible, dado que delante del director no había nadie.

El señor Richard saludaba al vacío…, se inclinaba ante la nada…, y retrocedía -caminaba hacia atrás- delante de nada…

… Además, a algunos pasos de él, Moncharmin se dedicaba a hacer lo mismo.

E incluso, alejando al señor Rémy, suplicaba al señor embajador de la Borderie y al señor director del Crédit Central «que no tocaran al señor director».

Moncharmin, que ya tenía una idea formada, no creía en lo más mínimo en lo que Richard le había dicho anteriormente, una vez desaparecidos los veinte mil francos: «Quizá haya sido el embajador o el director del Crédit Central, o acaso el señor secretario Rémy».

Y más aún, después de la primera escena de la confesión del mismo Richard, éste no había encontrado a nadie en aquella parte del teatro después de que la señora Giry le rozara… ¿Porque, pues, si debían repetir exactamente los mismos gestos, debía encontrar a alguien hoy?

Tras caminar hacia atrás para saludar, Richard continuó caminando de la misma forma por prudencia…, hasta el pasillo de la administración… Era vigilado por detrás por Moncharmin y él mismo vigilaba «a la gente que se le acercaba» por delante.

Una vez más, esta forma absolutamente nueva de pasearse por los corredores, que los señores directores de la Academia Nacional de Música habían adoptado, no iba a pasar desapercibida.

Y no pasó desapercibida.

Afortunadamente para los señores Richard y Moncharmin, en aquel momento las «ratitas» se encontraban casi todas en los desvanes.

Los directores habrían tenido mucho éxito entre las jóvenes.

Pero no pensaban más que en sus veinte mil francos.

Una vez llegado al corredor semioscuro de la administración, Richard dijo en voz baja a Moncharmin:

– Estoy seguro de que nadie me ha tocado…; ahora te pondrás lejos de mí y me vigilarás en la sombra hasta la puerta de mi despacho… No hay que poner en guardia a nadie y ya veremos qué ocurre.

Pero Moncharmin replica:

– ¡No, Richard, no!… Camina hacia delante… Yo iré inmediatamente detrás. ¡No me alejaré ni un solo paso!

– ¡Pero así no nunca podrán robarnos los veinte mil francos -exclama Richard.

– Eso espero -declara Moncharmin.

– Entonces, lo que estamos haciendo es absurdo.

– Hacemos exactamente lo que hicimos la última vez… La última vez me reuní contigo a la salida del escenario, al final de este

pasillo… y te seguí por la espalda.

– ¡A pesar de todo, es cierto! -suspira Richard meneando la cabeza y obedeciendo pasivamente a Moncharmin.

Dos minutos más tarde los dos directores se encerraban en el despacho de la dirección.

Fue el mismo Moncharmin quien guardó la llave en el bolsillo.

– La última vez permanecimos los dos encerrados así hasta que dejaste la ópera para ir a tu casa -dice.

– ¡Es cierto! ¿Y no vino nadie a molestarnos?

– Nadie.

– Entonces -reflexionó Richard, que se esforzaba por ordenar sus recuerdos-, entonces seguramente me robaron en el trayecto de la ópera a mi domicilio.

– ¡No! -profirió Moncharmin con el tono más seco-… no, eso no es posible… Yo te llevé a tu casa en mi coche. Los veinte mil francos desaparecieron en tu casa, de eso no me cabe la menor duda.

Esa era la idea que ahora tenía Moncharmin.

– Eso es increíble -protestó Richard-.Tengo plena confianza en mis criados…, y si alguno de ellos hubiera dado el golpe, habría desaparecido poco después.

Moncharmin se encogió de hombros, como dando a entender que él no entraba en ese tipo de detalles.

Ahora, Richard empieza a creer que Moncharmin le trata con un tono completamente insoportable.

– ¡Moncharmin, ya no aguanto más!

– ¡Richard, yo tampoco!

– ¿Te atreves a sospechar de mí?

– ¡Sí, de una broma deplorable.

– ¡No se bromea con veinte mil francos!

– ¡Esa es mi opinión! -declara Moncharmin desplegando un periódico en cuya lectura se sumerge con ostentación.

– ¿Qué piensas hacer? -pregunta Richard-. ¿Vas a ponerte a leer el periódico ahora?

– Sí, Richard, hasta el momento de llevarte a casa.

– ¿Cómo la última vez?

– Cómo la última vez.

Richard arranca el periódico de las manos de Moncharmin, Moncharmin se levanta más irritado que nunca. Se encuentra delante a un Richard exasperado que le dice, mientras cruza los brazos sobre el pecho gesto de insolente desafío desde que el mundo existe.

– Mira -dice Richard-, esto es lo que pienso. Pienso en lo que yo podría pensar, sí, como la última vez, después de haber pasado la velada contigo, me volvieras a llevar a casa, en el momento de despedirnos, me diera cuenta que de que los veinte mil francos han desaparecido del bolsillo de mi levita…, igual que la última vez.

– ¿Y qué podrías pensar? -exclamó Moncharmin adquiriendo un color carmesí.

– Podría pensar que, dado que no te has separado de mí ni un palmo, y que, según deseo tuyo, has sido el único en acercarse a mí, como la última vez, podría pensar que, si los veinte mil francos no están en mi bolsillo, tienen muchas posibilidades de estar en el tuyo.

Moncharmin dio un brinco al oír esta hipótesis.

– ¡Oh! -exclamó-. ¡Un imperdible!

– ¿Qué quieres hacer con un imperdible?

– ¡Atarte!… ¡Un imperdible!… ¡Un imperdible!

– ¿Quieres atarme con un imperdible?

– Sí, atarte a los veinte mil francos!… Así, tanto aquí como en el trayecto a tu domicilio, o una vez en él, podrás notar a la mano que entre en tu bolsillo… Y así verás si es la mía, Richard… ¡Ah, ahora eres tú el que sospechas de mí!… ¡Un imperdible!

Y fue entonces cuando Moncharmin abrió la puerta que daba al pasillo, gritando:

– ¡Un imperdible! ¿Quién me trae un imperdible?

Y sabemos también, cómo en aquel mismo instante el secretario Rémy, que no tenía ningún imperdible, fue recibido por el director Moncharmin mientras un ordenanza le traía el tan deseado imperdible.

Y eso es lo que sucedió:

Moncharmin, tras cerrar la puerta, se arrodilló a espaldas de Richard.

– Espero -dijo- que los veinte mil francos sigan estando aquí.

– También yo.

– ¿Los verdaderos? -preguntó Moncharmin que esta vez estaba decidido a no dejarse «timar».

– ¡Míralos! Yo no quiero ni tocarlos -declaró Richard. Moncharmin sacó el sobre del bolsillo de Richard y retiró los

billetes temblando, ya que esta vez, para poder comprobar con frecuencia la presencia de los billetes, no habían sellado el sobre y ni siquiera lo habían pegado. Se tranquilizó al comprobar que seguían allí, y eran los auténticos. Los colocó en el bolsillo del faldón y los prendió cuidadosamente con el imperdible.

Después de lo cual se sentó detrás de la levita, a la que no perdió de vista, mientras Richard, sentado a su mesa, no hacía el menor movimiento.

– Un poco de paciencia, Richard -ordenó Moncharmin-. Ya faltan sólo unos pocos minutos… El reloj dará en seguida las doce campanadas de medianoche. A las doce nos marchamos como la última vez.

– Tendré toda la paciencia que sea necesaria.

El tiempo pasaba, lento, pesado, misterioso, asfixiante. Richard intentó reír.

– Terminaré por creer -dijo- en la omnipotencia del fantasma. ¿No crees que precisamente en este momento hay en la atmósfera de esta habitación un no sé qué que inquieta, que indispone, que asusta?

– Es cierto -aprobó Moncharmin que estaba realmente impresionado.

– ¡El fantasma! -volvió a decir Richard en voz baja, como si temiera ser oído por oídos invisibles-. ¡El fantasma! Si fuera realmente un fantasma el que dio esos tres golpes secos sobre la mesa que oímos perfectamente…, el que deja aquí los sobres mágicos…, el que habla en el palco n° 5…, el que asesina a Joseph Buquet…, el que hace caer la araña…, y el que nos roba. ¡Ya que, en definitiva, aquí sólo estamos tú y yo!… Si los billetes desaparecen sin que ni tú ni yo intervengamos…, nos veremos obligados a creer en el fantasma…, en el fantasma…

En aquel momento, el reloj que se encontraba encima de la chimenea dejó oír la primera campanada de la medianoche.

Ambos directores se estremecieron. Les atenazaba una angustia cuya causa no habrían podido expresar y a la que intentaban combatir en vano. El sudor inundaba sus frentes. Y la, última campanada sonó con más fuerza en sus oídos.

Cuando el péndulo hubo callado, lanzaron un suspiro y se levantaron.

– Creo que podemos irnos -dijo Moncharmin.

– También yo -obedeció Richard.

– Antes de salir, ¿permites que mire en tu bolsillo?

– ¡Cómo no, Moncharmin! ¡Debes hacerlo! ¿Y bien? -preguntó Richard a Moncharmin que palpaba.

– El imperdible sigue ahí.

– Evidentemente, puesto que, como muy bien decías, no pueden robarnos sin que yo me dé cuenta.

Pero Moncharmin, cuyas manos seguían buscando en el bolsillo, aulló:

– ¡Siento el imperdible, pero no los billetes!

– ¡No! ¡No bromees, Moncharmin!… No es el momento!

– Toca tú mismo.

Con un gesto brusco, Richard se quita la levita. Los dos directores arrancan el bolsillo… ¡El bolsillo estaba vacío!

Lo más curioso es que el imperdible seguía clavado en el mismo sitio.

Richard y Moncharmin palidecieron. Ya no podía dudarse del sortilegio.

– El fantasma -murmuró Moncharmin.

Pero, repentinamente, Richard salta sobre su colega.

– ¡Sólo tú has tocado mi bolsillo!… ¡Devuélveme mis veinte mil francos!… ¡Devuélveme mis veinte mil francos!…

– Te juro por mi alma que no los tengo… -suspira Moncharmin que parece a punto de desfallecer.

Y, como llamaban otra vez a la puerta, fue a abrirla con paso casi automático, pareciendo no reconocer al administrador Mercier e intercambiando con él algunas frases sin importancia, sin comprender nada de lo que el otro le decía, dejando por fin con gesto inconsciente en la mano de aquel fiel servidor asombrado, el imperdible que ya no podía servirle para nada…

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