El club De la buena Estrella
- Автор: Тан Эми
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
– No, mamá -protesté-. No puedo aceptado.
– Nata, nata (Cógelo, cógelo) -me dijo, como si me regañara, y siguió diciendo en chino-: Hace mucho tiempo que quería darte este collar. Mira, lo he llevado sobre mi piel, de modo que cuando lo pongas sobre la tuya comprenderás cuál es su significado. Esto es la importancia de tu vida.
Miré el collar, el colgante de jade verde claro. Quería devolvérselo. No deseaba aceptarlo. Pero, por otro lado, me sentía como si me lo hubiera tragado.
– Me lo das sólo por lo que ha sucedido esta noche -le dije finalmente.
– ¿Qué ha sucedido?
– Lo que ha dicho Waverly. Lo que han dicho todos.
– ¡Bah! ¿Por qué escuchas a ésa? ¿Por qué quieres ir tras ella, persiguiendo sus palabras? Ella es como este cangrejo. -Tocó un caparazón en el cubo de basura-. Siempre camina de lado, se mueve torcida. Tú puedes hacer que tus piernas vayan en la otra dirección.
Me puse el collar y lo noté frío sobre mi piel.
– Este jade no es muy bueno -dijo con naturalidad, tocando el colgante, y entonces añadió en chino-: Es jade joven. Ahora tiene un color muy claro, pero si lo llevas a diario se volverá más verde.
Mi padre no come bien desde la muerte de mi madre. Por eso estoy aquí, en la cocina, preparándole la cena. Estoy cortando rebanadas de tofu, para hacerle un plato de requesón de saja picante. Mi madre solía decirme que los platos calientes restauran el espíritu y la salud, pero yo le hago esto sobre todo porque sé que a él le gusta y conozco la manera de prepararlo. Me agrada su olor: el jengibre, las cebolletas, la salsa de guindillas rojas que me cosquillea la nariz en cuanto abro el tarro.
Oigo el ruido de las viejas tuberías que entran en acción en el piso de arriba, y el chorro del grifo de la pila se convierte en un hilillo de agua. Uno de los inquilinos debe de estar duchándose. Recuerdo la queja de mi madre: «Aunque no quieras tenerlos, sigues con ellos». Ahora sé lo que quería decir.
Mientras aclaro el tofu en la pila, me sobresalta una masa oscura que aparece de repente en la ventana. Es el gatazo de arriba, que sólo tiene una oreja. Está en el alféizar, frotando su flanco contra la ventana.
Me alivia pensar que, al fin y al cabo, mi madre no mató a ese gato. Entonces veo que se restriega con más vigor contra el vidrio de la ventana y empieza a levantar la cola.
– ¡Lárgate de aquí! -le grito, y golpeo la ventana tres veces. Pero el gato se limita a entrecerrar los ojos, yergue su única oreja y me replica con un siseo.
La Reina Madre de los Cielos Occidentales
– ¡Oh! Hwai dungsyi (Mal bichejo) -dijo la mujer, bromeando con su nietecilla-. ¿Acaso Buda te enseña a reír sin motivo?
El bebé siguió gorjeando y la mujer sintió que un profundo deseo se agitaba en su corazón.
– Aunque pudiera vivir eternamente -le dijo al bebé-, no sé en qué dirección te enseñaría. En otro tiempo fui muy libre e inocente, y también me reía sin motivo. Pero luego prescindí de mi absurda inocencia para protegerme, y enseñé a mi hija, tu madre, a desprenderse de su inocencia, para que tampoco sufriera daño.
»Dime, hwai dungsyi, ¿es erróneo pensar así? Si ahora reconozco la maldad en los demás, ¿no será porque también me he vuelto mala? Si veo que alguien tiene una nariz suspicaz, ¿no he olido acaso las mismas cosas nocivas?
El bebé reía, escuchando los lamentos de su abuela.
– ¡Ah, ah! ¿Dices que te ríes porque ya has vivido eternamente, una y otra vez? ¡Dices que eres Syi Wang Mu, la Reina Madre de los Cielos Occidentales, que has vuelto para darme la respuesta! Bien, bien, te escucho…
»Gracias, pequeña reina. Entonces debes enseñar a mi hija esta misma lección, cómo perder la inocencia pero no la esperanza, cómo reír eternamente.
AN – MEI HSU
Ayer mi hija me dijo que su matrimonio se viene abajo y ahora lo único que puede hacer es contemplar cómo se desmorona. Se tiende en un diván de psiquiatra y habla entre lágrimas de esta desgracia. Creo que seguirá ahí tendida hasta que no quede nada por caer, nada por lo que llorar.
– ¡No hay ninguna alternativa! -exclamó.
No se da cuenta de que, si no habla, ya está siguiendo una alternativa. Si no lo intenta, puede perder su oportunidad para siempre.
Lo sé porque me educaron a la manera china: me enseñaron a no desear nada, a tragarme la desgracia de otros, a comerme mi propia amargura.
¡Y aunque enseñé a mi hija lo contrario, ella ha seguido el mismo camino! Tal vez se deba a que soy su madre y es mujer, y yo soy hija de mi madre y mujer también. Todas somos como unas escaleras, un escalón tras otro, que llevan arriba y abajo pero en la misma dirección.
Sé lo que es permanecer en silencio, escuchar y observar, como si la vida fuese un sueño. Puedes cerrar los ojos cuando ya no quieres mirar, pero cuando ya no deseas escuchar, ¿qué puedes hacer? Aún oigo lo que sucedió hace más de sesenta años.
Cuando mi madre llegó a casa de mi tío, en Ningpo, era una desconocida para mí. Yo tenía nueve años y no la había visto en mucho tiempo, pero supe que era mi madre por el dolor que experimenté.
– No mires a esa mujer -me advirtió mi tía-. Ha vuelto el rostro hacia la corriente que fluye del este. Su espíritu ancestral se ha perdido para siempre. La persona que ves es sólo carne descompuesta, maligna, podrida hasta los huesos.
Y yo miré fijamente a mi madre. No me parecía maligna, y quería tocar su rostro, tan parecido al mío.
Es cierto que llevaba unas extrañas ropas extranjeras, pero no replicó cuando mi tía la maldijo. Inclinó aún más la cabeza cuando mi tío la abofeteó por llamarle hermano. Lloró sinceramente cuando Popo murió, aunque Popo, su madre, la había echado de casa muchos años atrás. Y después del funeral de Popo, obedeció a mi tío. Se preparó para regresar a Tientsin, donde había deshonrado su viudedad al convertirse en la tercera concubina de un hombre rico.
¿Cómo pudo marcharse sin mí? Yo no podía hacer esta pregunta. Era una niña. Sólo podía observar y escuchar.
La noche anterior al día de su marcha, sostuvo mi cabeza contra su cuerpo, como si quisiera protegerme de un peligro que yo no veía. Yo estaba llorando para que regresara antes incluso de haberse ido. Y, mientras yacía en su regazo, me contó una historia.
– An-mei -susurró-, ¿has visto la tortuguita que vive en el estanque?
Asentí. El estanque estaba en nuestro patio, y yo solía sumergir un palo en el agua tranquila para que la tortuga saliera de su refugio debajo de las rocas.
– Esa tortuga ya estaba ahí cuando yo era pequeña -prosiguió mi madre-. A menudo me sentaba en la orilla del estanque y veía cómo nadaba hasta la superficie y mordía el aire con su piquito. Es una tortuga muy vieja.
Podía ver aquella tortuga en mi mente y sabía que mi madre veía el mismo animal.
– Esa tortuga se alimenta de nuestros pensamientos. Lo supe un día, cuando tenía tu edad y Popo me dijo que ya no podía seguir siendo una niña. Me dijo que no podía gritar ni correr ni sentarme en el suelo para cazar grillos. No podía llorar si estaba decepcionada. Tenía que permanecer en silencio y escuchar a mis mayores. Y si no lo hacía así, Popo dijo que me cortaría el pelo y me enviaría a un sitio donde vivían las monjas budistas.
»Aquella noche, después de que Popo me dijera eso, me senté en la orilla del estanque, mirando el agua. Y, como era débil, empecé a llorar. Entonces vi que la tortuga nadaba hacia la superficie, y su pico se tragaba mis lágrimas en cuanto éstas caían al agua. Las engullía velozmente, cinco, seis, siete lágrimas, y luego salió del estanque, se arrastró hasta una piedra de superficie suave y, una vez encima de ella, empezó a hablar. Me dijo: "He bebido tus lágrimas, y por eso conozco el motivo de tu aflicción, pero debo advertirte que si lloras tu vida siempre será triste".