El club De la buena Estrella
- Автор: Тан Эми
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
»Entonces la tortuga abrió el pico y arrojó cinco, seis, siete huevos perlinos. Los huevos se rompieron y de ellos salieron siete pájaros, los cuales en seguida se pusieron a trinar y cantar. Por sus vientres blancos como la nieve y sus voces hermosas supe que eran urracas, aves de alegría. Los pájaros inclinaron sus picos sobre al agua y bebieron ávidamente. Cuando alargué la mano para coger uno, todos se irguieron, agitaron sus alas negras en mi cara y alzaron el vuelo, riendo.
»La tortuga regresó despaciosamente al agua.
»"Ahora sabes por qué es inútil llorar", me dijo. "Tus lágrimas no arrastran consigo tus penas, sino que alimentan la alegría de otros. Por eso debes aprender a tragarte tus propias lágrimas."
Pero cuando mi madre concluyó este relato, vi que estaba llorando, y yo también reanudé mi llanto, porque aquel era nuestro destino, vivir como dos tortugas viendo juntas el mundo acuático desde el fondo del pequeño estanque.
Por la mañana me desperté al oír, no al pájaro de la alegría, sino gritos airados a lo lejos. Salté de la cama y corrí a asomarme a la ventana. MI madre estaba arrodillada en el patio, arañando el suelo de piedra con los dedos, como si hubiera perdido algo y supiera que no podría encontrarlo jamás. Mi tío, el hermano de mi madre, estaba ante ella, y le gritaba.
– ¡Quieres llevarte a tu hija y arruinar también su vida!
– Dio una patada en el suelo, como si esta idea fuese demasiado impertinente-. Ya deberías haberte ido.
Mi madre no decía nada. Seguía en el suelo con la cabeza inclinada y la espalda tan redondeada como la tortuga del estanque. Estaba llorando con la boca cerrada, y yo empecé a llorar de la misma manera, tragándome las lágrimas amargas.
Corrí a vestirme, y cuando bajé la escalera y llegué a la sala, mi madre estaba a punto de marcharse. Un criado estaba sacando su baúl. Mi tía sujetaba de la mano a mi hermano pequeño. Antes de que pudiera recordar que debía cerrar la boca, grité: «¡Mamá!».
– ¡Mira cómo tu mala influencia ya se ha extendido a tu hija! -exclamó mi tío.
Y mi madre, con la cabeza todavía gacha, alzó los ojos y vio mi rostro. No pude evitar que mis lágrimas siguieran fluyendo, y creo que la visión de mi rostro anegado por el llanto la hizo cambiar de actitud. Se levantó y, con la espalda erguida, era casi tan alta como mi tío. Me tendió la mano y yo corrí a su lado.
– An-mei -me dijo en voz baja y pausada-. No te lo pido, pero ahora vaya regresar a Tientsin y puedes seguirme.
Al oír esto mi tía se apresuró a decir:
– ¡Una muchacha no es mejor que la persona a la que sigue! An-mei, crees que si viajas en lo alto de un carro nuevo puedes ver nuevas cosas, pero delante de ti no hay más que el culo de la misma mula vieja. Tu vida es lo que ves delante de ti.
Las palabras de mi tía reforzaron mi decisión de marcharme, porque la vida delante de mí era la casa de mi tío, que estaba llena de enigmas oscuros y de un sufrimiento que yo no podía comprender. Por eso volví la cabeza, desoí las extrañas palabras de mi tía y miré a mi madre.
Entonces mi tío cogió un jarrón de porcelana.
– ¿Es esto lo que quieres hacer? -me preguntó-. ¿Tirar tu vida? Si sigues a esta mujer nunca podrás levantar la cabeza de nuevo.
Arrojó el jarrón al suelo, rompiéndolo en muchos fragmentos. Me sobresalté, y mi madre me cogió de la mano. La suya era cálida.
– Vamos, An-mei, debemos damos prisa -me dijo, como si el cielo amenazara lluvia.
– ¡An-mei! -oí que me llamaba lastimeramente mi tía.
– Swanle! (¡Se acabó!) -dijo entonces mi tío-. ¡An-Mei ya ha cambiado!
Mientras me alejaba de la vida que había llevado hasta entonces, me pregunté si era cierto lo que mi tío había dicho, que había cambiado y nunca podría volver a levantar la cabeza. Así que lo intenté. La levanté. Y vi a mi hermanito, llorando desesperado, con tanta fuerza como la que empleaba mi tía para sujetarle la mano. Mi madre no se atrevió a llevárselo, pues un hijo nunca puede ir a vivir a una casa ajena. Si lo hacía, perdería toda esperanza de futuro. Pero yo sabía que él no pensaba así. Lloraba, airado y asustado, porque mi madre no le había pedido que la siguiera.
Lo que mi tío había dicho era cierto. Tras ver la reacción de mi hermanito, no pude mantener la cabeza levantada.
En el jinrikisha que nos llevaba a la estación del ferrocarril, mi madre murmuró:
– Pobre An-mei, sólo tú lo sabes. Sólo tú sabes cuánto he sufrido.
Me sentí orgullosa porque sólo yo podía ver aquellos pensamientos excepcionales y delicados. Pero una vez en el ten, me di cuenta de lo lejos que dejaba mi vida, y sentí miedo. Viajamos durante siete días, uno de ellos en tren y los demás en barco de vapor. Al principio mi madre estaba muy animada, y cada vez que yo volvía la cabeza hacia lo que dejábamos atrás, me contaba relatos de Tientsin.
Me habló de buhoneros inteligentes que vendían toda clase de alimentos sencillos: budines al vapor, cacahuetes hervidos y la golosina preferida de mi madre, una torta delgada con un huevo en el centro y unos brochazos de negra pasta de alubias, que se enrollaba y, caliente todavía, recién salida de la plancha, se servía al hambriento cliente.
Me describió el puerto y sus restaurantes, y afirmó que allí los productos del mar eran incluso mejores que la comida de Ningpo. Grandes almejas, gambas, cangrejos, toda clase de pescado, de mar y agua dulce, lo mejor… Si no fuera así, ¿por qué acudirían tantos extranjeros a aquel puerto?
Me habló de las calles estrechas con bazares atestados. A primera hora de la mañana, los campesinos vendían verduras que yo no había visto ni comido en toda mi vida, y mi madre me aseguraba que las encontraría muy dulces, tiernas y frescas. Había barrios de la ciudad donde vivían extranjeros de diversas nacionalidades, japoneses, rusos blancos, norteamericanos y alemanes, pero nunca juntos, sino cada grupo por separado y con sus hábitos propios, unos sucios y otros limpios, y tenían casas de todas las formas y colores, una pintada de rosa, otra con habitaciones que sobresalían en todos los ángulos como las partes delantera y trasera de un vestido victoriano, otras con tejados como sombreros puntiagudos y tallas de madera pintadas de blanco para que parecieran de marfil.
Me dijo que en invierno vería la nieve. Dentro de unos meses llegaría la época del Rocío Frío, luego empezaría a llover y después la lluvia caería más suave, más lentamente, hasta volverse blanca y seca como los pétalos de hojas de membrillo en primavera. ¡Ella me cubriría con abrigos y pantalones forrados de piel, y daría igual que hiciera un frío atroz!
Me contó muchos relatos, hasta que dejé de mirar atrás y volví la cabeza adelante, hacia mi nuevo hogar de Tientsin.
Pero al quinto día, cuando nos acercábamos al golfo de Tientsin, el color de las aguas pasó del amarillo turbio al negro y el barco empezó a balancearse y crujir. Me sentí asustada y mareada, y por la noche soñé con la corriente que fluía al este, contra la que mi tía me había prevenido, las aguas oscuras que cambiaban a una persona para siempre. Y al mirar aquellas aguas, desde el camastro en el que yacía mareada, temí que las palabras de mi tía fuesen ciertas. Veía que mi madre estaba empezando a cambiar, lo sombrío y enojado que se había vuelto su semblante, la mirada perdida cn el mar, su silencio, sumida en sus pensamientos. Y también los míos se volvieron turbios y confusos.