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Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se reúnen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
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– No puedo, mamá… Ahora no puedo verte. Estoy ocupada.

– ¿Demasiado ocupada para ver a tu madre?

– Tengo un cita… con mi psiquiatra.

Ella permaneció un momento en silencio.

– ¿Por qué no pones las cosas en claro tú misma -inquirió en tono apenado-. ¿Por qué no puedes hablar con tu marido?

– Mamá -le dije, sintiéndome exhausta-. Por favor, no me sigas diciendo que salve mi matrimonio. Ya es bastante duro tal como están las cosas.

– No te estoy diciendo que salves tu matrimonio protestó ella-. Sólo digo que pongas las cosas en claro.

Cuando colgó, el teléfono sonó de nuevo. Era la recepcionista de mi psiquiatra. No había acudido a mi cita aquella mañana, como tampoco los dos días anteriores. ¿Quería concertar de nuevo las visitas? Le dije que consultaría mi agenda y volvería a llamarla.

Cinco minutos después el teléfono sonó otra vez.

– ¿Dónde te habías metido?

Me eché a temblar. Era red.

– Había salido -le dije,

– Llevo tres días intentando localizarte. Incluso llamé a la telefónica por si te habían cambiado el número.

Y supe que lo había hecho realmente, no porque yo le preocupara, sino porque cuando quiere algo se vuelve impaciente e irracional si le hacen esperar.

– Han pasado dos semanas, ¿sabes? -dijo con una irritación evidente.

– ¿Dos semanas?

– No has cobrado el cheque ni devuelto los documentos. Quería solucionar esto amistosamente, Rase. No olvides que puedo hacer que alguien se encargue oficialmente de los trámites.

– ¿Puedes hacer eso?

Entonces, sin ninguna pausa, empezó a decirme lo que quería realmente, algo más despreciable que todas las cosas que yo había imaginado.

Quería que le devolviera los papeles firmados, quería quedarse con la casa, quería resolver el asunto lo antes posible… porque quería casarse otra vez.

No pude contenerme y le dije:

– ¿De modo que te has dedicado a pegármela con otra? -me sentía tan humillada que casi me eché a llorar.

Entonces, por primera vez en varios meses, tras haber pasado en el limbo ese tiempo, todo se detuvo, todos los interrogantes desaparecieron. Ya no había alternativas, y me sentí libre, desbordante. Alguien se echó a reír, y al principio no tuve conciencia de que era yo misma.

– ¿Dónde está la gracia? -me preguntó red, airado.

– Lo siento, es solo que…

Intenté sofocar la risa, pero se convirtió en unos resoplidos nasales que me hicieron reír más, y el silencio de Ted incrementó todavía más mi hilaridad.

Aún resoplaba cuando intenté empezar de nuevo con más calma:

– Escucha, Ted, lo siento… Creo que lo mejor que puedes hacer es venir después del trabajo. -No sabía por qué le decía tal cosa, pero me pareció que era correcta.

– No hay nada de qué hablar, Rase.

– Lo sé -le dije en un tono tan sereno que me sorprendió a mí misma-. Sólo quiero enseñarte algo. Y no te preocupes, te daré los documentos, créeme.

No tenía ningún plan. No sabía qué le diría luego. Sólo sabía que deseaba que Ted me viera una vez más antes del divorcio.

Acabé enseñándole el jardín. Cuando llegó, al caer la tarde, la bruma veraniega ya se había instalado. Yo tenía los documentos del divorcio en el bolsillo de mi chaqueta. Ted vestía un traje deportivo y temblaba mientras examinaba los daños del jardín.

– Qué desastre -le oí musitar, mientras agitaba la pernera del pantalón para liberarla de una rama de zarzamora que se había extendido sobre el sendero. Supe que estaba calculando cuánto tiempo necesitaría para establecer de nuevo el orden.

– Me gusta tal como está -comenté.

Di unas palmaditas a las zanahorias demasiado crecidas, cuyas cabezas anaranjadas empujaban a través de la tierra, como si ésta las estuviera pariendo. Entonces me fijé en las malas hierbas: algunas habían brotado en las grietas del suelo y los muros del jardín, otras se habían afianzado en la pared lateral de la casa, y bastantes más habían encontrado refugio bajo ripias sueltas y trepaban por el tejado. Era imposible arrancadas una vez metidas en la mampostería, pues si uno lo intentaba acabaría desmontando todo el edificio.

Ted recogía ciruelas del suelo y las arrojaba por encima de la cerca al jardín del vecino.

– ¿Dónde están los papeles? -me preguntó finalmente.

Se los di y él los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Entonces me miró y vi en sus ojos la expresión que en otro tiempo confundí con amabilidad y protección.

– No tienes que marcharte en seguida -me dijo-. Sé que necesitarás por lo menos un mes para encontrar otra vivienda.

– Ya tengo donde vivir -me apresuré a decirle, porque en aquel preciso momento supe dónde me alojaría. El enarcó las cejas, sorprendido y sonriente, por un instante muy breve, hasta que le dije-: Aquí.

– ¿Qué estás diciendo? -preguntó ásperamente. Aún tenía las cejas alzadas, pero ya no sonreía.

– He dicho que me quedo aquí -repetí.

– ¿Quién te ha metido en la cabeza que puedes hacer eso?

Se cruzó de brazos, entrecerró los ojos y escrutó mi rostro, como si supiera que se descompondría de un momento a otro. Aquella expresión solía asustarme y me hacía tartamudear.

Ahora no sentí nada, ni temor ni cólera.

– Digo que me quedo, y mi abogado lo dirá también, una vez que te hagamos entrega de la documentación.

Ted se sacó del bolsillo los papeles del divorcio y los examinó. Sus equis seguían allí, los espacios en blanco seguían vacíos.

– ¿Qué estás haciendo? -dijo él-. Quisiera saberlo exactamente.

Y la respuesta, la única importante por encima de todo lo demás, recorrió mi cuerpo y cayó de mis labios:

– No puedes arrancarme sin más de tu vida y tirarme a un lado.

Vi lo que deseaba: su expresión confusa y luego asustada, estaba hulihudu, tan fuerte era el poder de mis palabras.

Aquella noche soñé que deambulaba por el jardín. La niebla envolvía árboles y arbustos. Entonces distinguí al viejo señor Chou y a mi madre, a lo lejos, con sus bruscos movimientos arremolinando la niebla a su alrededor. Estaban inclinados sobre uno de los macizos de plantas.

– ¡Ahí está ella! -exclamó mi madre. El viejo señor Chou sonrió y me saludó agitando la mano. Me acerqué a mi madre y vi que estaba inclinada sobre algo, como si atendiera a un bebé.

– Mira -me dijo, radiante-. Los he plantado esta mañana, algunas para ti y otros para mí.

Y bajo el heimongmong, extendiéndose por el suelo, había hierbajos que ya se derramaban por encima de los setos y se esparcían agrestes en todas direcciones.

JING-MEI WOO

De la mejor calidad

Hace cinco años, después de una cena a base de cangrejo para celebrar el Año Nuevo chino, mi madre me dio mi «importancia de la vida», un colgante de jade con una cadena de oro. Personalmente, no habría elegido ese colgante, del tamaño de mi dedo meñique, jaspeado en blanco y verde e intrincadamente tallado. El efecto de conjunto me parecía erróneo: demasiado grande, demasiado verde, demasiado llamativo. Lo guardé en mi joyero de laca y me olvidé de él.

Pero últimamente pienso a menudo en la importancia de mi vida y me pregunto qué significa, porque mi madre murió hace tres meses, seis días antes de que yo cumpliera los treinta y seis, y ella era la única persona a la que podría habérselo preguntado, haberle pedido que me hablara de la importancia de mi vida, que me ayudara a comprender mi aflicción.

Ahora llevo a diario ese colgante. Creo que las tallas significan algo, porque las formas y los detalles, en los que nunca reparo hasta que alguien me los indica, siempre significan algo para los chinos. Sé que podría preguntarle a tía Lindo, a tía An-Mei o a otros amigos chinos, pero también sé que me explicarían un significado totalmente distinto del que le habría dado mi madre. ¿Y si me dijeran que esa línea curva que se ramifica en tres formas ovales es un granado y que mi madre me deseaba fertilidad y descendencia? ¿Y si mi madre hubiera dado a las tallas el significado de una rama de peral, para proporcionarme pureza y honestidad? ¿O gotitas de la montaña mágica con diez mil años de antigüedad, que darían orientación a mi vida y mil años de fama e inmortalidad?

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