Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:
– De eso precisamente quería hablar contigo.
– ¿Frank? -preguntó Herman tras asentir con la cabeza.
La puerta se abrió y entró Frank. Se notaba que eran hermanos porque los dos tenían casi los mismos rasgos faciales, pero por nada más. Frank pesaba por lo menos diez kilos más que su hermano mayor. Era muy ancho de caderas, tenía unos hombros como los de Paul Schaefer y un barrigón capaz de dar envidia al mismísimo muñeco de Michelin. Frank era totalmente calvo a excepción del peluquín que llevaba. Tenía los dientes negros y separados, y su rostro evidenciaba una expresión de enfado permanente.
Los dos hermanos se habían criado en la calle. Ambos habían empezado como matones de poca monta y habían ido progresando. Habían visto cómo sus hijos eran tiroteados y los dos habían tiroteado a los hijos de mucha gente. A Herman le gustaba fingir que vivía en un plano de existencia superior al de su rudo hermano menor, un plano repleto de libros, arte, golf… pero no era tan fácil huir de la realidad. Eran las dos caras de la misma moneda. Frank le recordaba a Herman su verdadero origen y tal vez su verdadera naturaleza, pero Frank se sentía cómodo y aceptado en aquel mundo y Herman no.
Frank iba vestido con una sudadera azul pastel con un ribete amarillo chillón. Llevaba la chaqueta abierta y, bajo el consejo estilístico de Yves St. Aaron, no llevaba camisa debajo. Tenía los pelos del pecho manchados de aceite o sudor. Aquello debía excitar mucho a cualquier chica. Llevaba unos pantalones ajustados de varias tallas menos, lo que dejaba ver un bulto en la entrepierna. Myron volvió a sentir náuseas.
Frank no abrió la boca. Se sentó a la mesa de su hermano y esperó.
– Bueno, Myron -prosiguió Herman-. Tengo entendido que todo viene por un chico negro que juega al baloncesto.
– Chaz Landreaux -dijo Myron-. Y no creo que le guste mucho que le llamen «chico».
– Te pido que me disculpes. Soy un viejo que no conoce todos los términos políticamente correctos. No era mi intención ofender.
Win se sentó tranquilamente y se puso a observar la habitación.
– Déjame que te cuente lo que pienso de este asunto -continuó Herman-. Y considera que trato de ser objetivo. Ese señor Landreaux tuyo hizo un trato. Se quedó con el dinero y con él ayudó a su familia durante cuatro años. Pero cuando llegó el día de pagar por ello, faltó a su promesa.
– ¿Y eso es ser objetivo? Chaz Landreaux no es más que un niño…
– Ahórrate el sermón -lo interrumpió Herman educadamente-. Nosotros no somos trabajadores sociales, ya lo sabes. Somos hombres de negocios. Hicimos una inversión con ese tipo. Nos jugamos varios miles de dólares con él. Y la inversión iba a empezar a producir dividendos cuando tú te metiste en medio.
– Yo no me metí en medio. Fue él quien vino a mí. Sólo es un chaval que tiene miedo. O'Connor lo atrapó con sus garras cuando tenía dieciocho años. Si hay reglas que impiden hacer negocios con chavales tan jóvenes es por una buena razón. Y ahora intenta alejarse de él antes de hundirse.
– Anda, venga, Myron -dijo Herman con expresión incrédula-, los chicos de hoy en día crecen muy rápido. Sabía perfectamente lo que se hacía. ¿Que iba contra las normas? Pues muy bien, ¿y qué? El chico conocía las normas, pero aun así quiso el dinero, ¿no?
– Lo devolverá todo.
– Y una mierda -intervino Frank Ache por primera vez en la conversación.
– Hola, Frank -dijo Myron saludándole con la mano-. Qué ropa más chula.
– Que te den por el culo, pulga de mierda. Un trato es un trato.
– ¿Pulga de mierda? -le dijo Myron a Win.
Win se limitó a encogerse de hombros.
– El trato era que Chaz podía echarse atrás en cualquier momento y devolver el dinero -prosiguió Myron-. Roy O'Connor así se lo dijo.
– Me importa una puta mierda lo que le dijera O'Connor.
– Por favor, Frank -intervino Herman-, no hay que ponerse agresivos.
– Venga ya, que le den por el culo, Herman. Este cabrón quiere reírse de mí en mi cara. Quiere robarme lo que me he ganado con mi trabajo. Y no sólo a ese negraco de Landreaux, eso es el principio. Tenemos montones de jugadores muy prometedores con contratos parecidos y si perdemos a uno, los perdemos a todos. Propongo que hagamos saber al resto de representantes que no hay que meterse con nosotros y por eso propongo que nos carguemos a Bolitar ahora mismo.
– A mí no me parece una buena idea -dijo Myron.
– ¿Quién cojones te ha pedido tu opinión?
– Sólo es un dato que dejo sobre la mesa.
– Por favor, Frank, no estás ayudando. Me prometiste que me dejarías a mí llevar esto -dijo Herman.
– ¿Llevar qué? Cárgate a ese hijo de perra y se acabó.
– Espérate en la habitación de al lado. Yo me ocuparé de todo, te lo prometo.
Frank le lanzó una mirada furibunda a Myron, pero éste no se molestó en devolvérsela. Sabía perfectamente que todo aquello también formaba parte de la pantomima. Trataban de intimidarle de forma similar a como lo habían hecho Otto Burke y Larry Hanson, pero por alguna extraña razón la proximidad de la muerte le daba un sentido nuevo a aquel numerito del poli bueno y el poli malo.
Win, sin embargo, seguía pensativo.
– Vamos, Aaron -gruñó Frank-. Larguémonos ya de aquí. -Luego se levantó y añadió-: Pero el contrato continúa vigente.
– Muy bien -dijo Herman-. Si quieres liquidarlo no me meteré.
– Es hombre muerto.
Aaron pasó por la puerta y Frank la cerró detrás de sí de un portazo. Había sobreactuado un poco, pero, en general, había sido una buena aparición.
– Es un tipo divertido -dijo Myron.
Herman fue hasta un rincón de la habitación y practicó un swing con el palo de golf.
– Yo no me metería con él, Myron. Frank está muy enfadado. Por lo que a mí respecta siempre me has caído bien desde el principio, pero no sé si podré sacarte de ésta.
«El principio» al que se refería Herman ocurrió durante el segundo año de Myron en la Universidad de Duke. No era un recuerdo agradable. Su padre había perdido mucho dinero en las apuestas. El día antes de un partido contra Georgia State, Myron volvió a su residencia de estudiantes y se encontró a su padre con dos de los matones de Herman Ache. Los matones le dijeron que, si Georgia State no perdía por menos de doce puntos, su padre iba a perder un dedo. Su padre estaba llorando, la primera vez que Myron había visto llorar a su padre. Myron perdió tres balones en los últimos cuarenta segundos para asegurarse de que Duke sólo ganaba por un margen de diez puntos.
Padre e hijo nunca hablaron de aquel tema.
– ¿Por qué este chico, este tal Chaz Landreaux, es tan importante para ti, Myron?
– Creo que vale la pena salvarlo.
– ¿Salvarlo de qué?
– No es más que un chaval, Herman. Frank le está haciendo la vida imposible y quiero que pare.
Herman sonrió, cambió de palo y realizó unos cuantos swings más. Luego cogió el putter.
– Sigues siendo un defensor de los desvalidos, ¿verdad, Myron?
– No, sólo trato de ayudar a ese chaval.
– Y a ti mismo.
– Muy bien, y a mí mismo.
Myron se dio cuenta de que Herman llevaba zapatillas de golf. Madre de Dios. Para la mayoría de la gente, el golf no es más que una excusa barata para poder decir que practican algún deporte, pero para otros es una obsesión arrolladora, sin puntos intermedios.
– No creo que pueda pararle los pies a Frank -dijo Herman observando la moqueta-. Parece decidido.
– Pero tú eres el que manda -repuso Myron-. Eso lo sabe todo el mundo.
– Sí, pero Frank es mi hermano y yo no me meto con lo que hace, a menos que sea absolutamente necesario. Y me parece que éste no es el caso.
– ¿Qué le hizo Frank?
– ¿Cómo dices?