Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]
Motivo de ruptura [Deal Breaker-es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]

Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:

El agente deportivo Myron Bolitar está a punto de llegar a lo más alto. Lo mismo pude decirse de Christian Steele, un quarterback recién llegado a la liga profesional y su cliente más importante. Sin embargo, la llamada de una ex novia de Chistian, una chica a quien todo el mundo cree muerta, incluso la policía, pone en peligro la firma de un contrato. Myron, de pronto, se ve envuelto en una intriga relacionada con sexo y chantajes, y mientras trata de descubrir la verdad sobre una tragedia familiar, una mujer y las mentiras de un hombre se enfrenta al lado oscuro de su profesión.
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 78
Перейти на страницу:

– ¿Es ése tu amigo Aaron? -preguntó Win.

Aaron estaba al fondo del bar con su típico traje blanco. Llevaba camiseta, pero una de ésas sin mangas que dejan ver los pectorales. Era como si el armario ropero de Aaron hubiera entrado en alguna clase de transformador molecular junto con varios números de la revista GQ y la película Pumping Iron. Aaron les hizo un gesto para indicarles que se acercaran con una mano más grande que una tapa de alcantarilla.

– Hola, Myron -saludó Aaron-. Es un auténtico placer volver a verte.

«Qué popular que soy», pensó Myron, y luego dijo:

– Aaron, me gustaría presentarte a Win Lockwood.

– Es un placer, Win -contestó Aaron dirigiendo su sonrisa a Win.

Ambos se dieron un apretón de manos con miradas asesinas y evaluándose mutuamente. Ninguno se quejó por el dolor.

– Os esperan en la parte de atrás -dijo Aaron-. Vamos.

Aaron los condujo hasta una puerta cerrada con llave que tenía un espejo espía. La puerta se abrió de inmediato y pasaron adentro. Detrás de la puerta había dos matones de rostro inexpresivo y ante ellos un pasillo muy largo en el que, curiosamente, había un detector de metales como el de los aeropuertos.

Al verlo, Aaron se encogió de hombros como diciendo: «Los tiempos cambian».

– Entregadme vuestras armas, si sois tan amables, y luego pasad.

Myron sacó la pistola del treinta y ocho y Win, una del cuarenta y cuatro nueva. Sin duda se habría deshecho ya de la del cuarenta y cuatro de la noche anterior. Pasaron por el detector y éste no emitió ningún ruido, pero aun así, los dos matones los cachearon con uno de esos aparatos parecidos a un vibrador y después volvieron a cachearlos con las manos.

– Qué minuciosos -dijo Win.

– Es casi divertido -añadió Myron-. Ya pensaba que me iban a pedir que abriera la boca y dijera: «¡Aaah!».

– Oye, graciosillo -gruñó uno de los matones-, por aquí.

Los dos matones los acompañaron hasta el final del pasillo y Aaron se quedó atrás mirándolos. A Myron no le gustó aquello. Las paredes, decoradas con litografías de la Riviera francesa, eran blancas y la moqueta, de color naranja oficina. La parte delantera de la taberna de Clancy parecía un antro, y la parte trasera la consulta de un dentista.

Otros dos hombres aparecieron por el final del pasillo. Ambos iban armados.

– Oh-oh -le dijo Myron a Win en voz baja.

Win asintió con la cabeza.

Los dos tipos apuntaron a Myron y a Win con sus pistolas, y uno de ellos les gritó:

– Eh, tú, ricitos de oro, ven aquí.

– ¿Ricitos de oro? -dijo Win mirando a Myron.

– Creo que se refiere a ti.

– Ah. Por el pelo rubio, ahora lo cojo.

– Sí, ricitos, pon tu culito aquí.

– Más tarde -dijo Win, y siguió andando por el pasillo.

Los dos matones del detector de metales sacaron las armas. Cuatro hombres, cuatro armas y un montón de disparos. No era cuestión de correr riesgos después de lo que había ocurrido la noche anterior.

– Las manos sobre la cabeza. Venga.

Win y Myron, que estaban a una distancia de unos tres metros de ellos, hicieron lo que les decían. Uno de los matones del detector de metales se acercó a Myron y, sin previo aviso, le golpeó en el riñón con la culata de la pistola.

Myron cayó al suelo de rodillas mientras le invadían las náuseas. Acto seguido, el matón le pegó una patada en las costillas y luego otra. Myron se desplomó contra el suelo. El otro matón empezó a pisotearle con fuerza las piernas como si fueran hierbajos ardiendo y uno de los pisotones fue a parar contra el riñón que ya tenía dolorido. Myron pensó que iba a vomitar.

En medio del aturdimiento, Myron vio a Win. No se había movido ni un centímetro y mantenía una expresión casi de indiferencia. Win había evaluado la situación y había llegado rápidamente a una conclusión: no podía hacer nada para ayudarlo, así que no tenía sentido alguno preocuparse o inquietarse. En aquel momento, lo que Win estaba haciendo era estudiar con tranquilidad a aquellos hombres. No le gustaba olvidar una cara.

Las patadas llovieron sobre Myron como un torrente imparable. Myron se colocó en posición fetal tratando de aguantar la paliza. Las patadas le dolían muchísimo, pero los matones estaban demasiado emocionados para hacerle daño de verdad. Una le dio cerca del ojo. Sin duda le saldría un morado.

– ¡Pero qué coño…! -gritó de repente una voz-. ¡Deteneos ahora mismo!

En el acto, Myron dejó de recibir puntapiés.

– ¡Apartaos de él! -dijo la misma voz.

– Lo sentimos, señor Ache -dijeron los hombres apartándose.

Myron giró el cuerpo para quedar tendido de espaldas al suelo y, con cierto esfuerzo, logró sentarse.

– ¿Estás bien, Myron? -preguntó Herman Ache desde una puerta.

– De maravilla, Herman -contestó Myron haciendo un gesto de dolor.

– Lo siento muchísimo -dijo Herman Ache-, pero hay quien va a sentirlo mucho más -añadió dirigiendo una mirada feroz a sus secuaces.

Los hombres agacharon la cabeza ante su jefe y Myron estuvo a punto de poner los ojos en blanco en señal de tedio. Todo aquello no era más que una pantomima. Los hombres de Herman no podían darle a nadie una paliza en el pasillo de Herman sin su permiso. Aquello lo habían preparado especialmente para ellos. Así, ahora Myron estaba en deuda con Herman antes de empezar a negociar. Además, el dolor va muy bien para inducir el miedo, por lo que había sido el vermut perfecto antes de iniciar las negociaciones.

Aaron fue hasta donde estaba Myron y, mientras lo ayudaba a levantarse, se medio encogió de hombros como diciendo: «Una jugada cutre, pero ¿qué le vamos a hacer?».

– Venga -les instó Herman-, hablaremos en mi despacho.

Myron entró en la estancia con cautela. Hacía años que no entraba allí, pero no había cambiado mucho. La decoración seguía girando en torno al golf. Un cuadro de LeRoy Neiman colgado en la pared en el que se veía un campo de golf. Montones de ilustraciones humorísticas de golfistas pasados de moda. Fotos aéreas de campos de golf. En un rincón del despacho había una pantalla en la que se veía la trayectoria de un golpe desde una de las calles de un campo de golf y delante de la pantalla había un soporte para pelotas de golf. El jugador golpea la bola contra la pantalla, luego el ordenador calcula dónde habría caído y cambia la imagen de la pantalla para mostrar precisamente eso. Luego el jugador vuelve a golpear la bola y así hasta completar el circuito. Era un videojuego muy ingenioso.

– Bonito despacho -dijo Win.

– Gracias, hijo -dijo Herman Ache sonriendo y mostrando unos dientes llenos de empastes.

Herman tenía unos sesenta y pocos, un moreno de bronceado, se le veía en forma, llevaba unos pantalones blancos y una camisa de golf amarilla con un Nicklaus Golden Bear donde normalmente debería haber un cocodrilo, como si fuera a ir a un torneo en Miami Beach. Herman Ache tenía el pelo entrecano, pero no era suyo. Llevaba un peluquín de uno de esos sistemas Hair Club. Era bueno, de aquellos que la mayoría de la gente no suele detectar. Tenía manchas de vejez en las manos. Carecía de arrugas en el rostro, probablemente por haberse implantado colágeno o haberse hecho un lifting. Sin embargo, el cuello lo delataba. Allí se le hacían unas bolsas en la piel, un poco a lo Reagan, que hacían que esa parte del cuerpo pareciese un inmenso escroto.

– Por favor, caballeros, tomen asiento.

Myron y Win se sentaron y la puerta se cerró tras ellos. Estaban solos con Aaron, dos matones nuevos y Herman Ache. El nudo y las náuseas que Myron sentía en el estómago empezaron a aflojar.

Herman cogió un palo de golf y se sentó al borde de su escritorio.

– Tengo entendido -dijo- que Frank y tú tenéis ciertas diferencias, Myron.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 78
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)