Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:
Jessica decidió empezar con los cargos y luego mirar los talones, así que pulsó el seis.
«Cargo a la tarjeta Visa por valor de 28,50 $ a día veintiocho de mayo. Cargo a la tarjeta Visa por valor de 14,75 $ a día veintiocho de mayo», comenzó a decir la voz.
Aquella máquina no iba a decirle el origen de los cargos y lo mismo iba a pasar con los talones. Saber las cantidades no iba a servirle de nada.
«Cargo a la tarjeta Visa por valor de 3.478,44 $ a veintisiete de mayo.»
Jessica se quedó de piedra. ¿Tres mil dólares? ¿Para qué? Colgó el teléfono, pulsó la tecla de rellamada, volvió a marcar el número clave de acceso a su cuenta y entonces pulsó el cero para hablar con un encargado de servicio al cliente.
– Buenos días -dijo una mujer con voz agradable y melódica-, ¿en qué puedo ayudarle?
– Sí, mire, es que tengo un cargo en mi cuenta de la tarjeta Visa por valor de más de tres mil dólares y me gustaría saber el origen de este cargo.
– ¿Su número de cuenta, por favor?
– Nueve, ocho, dos, tres, tres, cuatro.
– ¿Su nombre, por favor? -dijo la mujer tras un leve repiqueteo de teclas.
Jessica miró el extracto y vio que, afortunadamente, se trataba de una cuenta conjunta.
– Carol Culver -contestó Jessica.
– Espere un momento, señora Culver. -Jessica oyó otro repiqueteo de teclas-. Sí, aquí lo tengo. Tres mil cuatrocientos setenta y ocho coma cuarenta y cuatro dólares. De la tienda Eye-Spy de Manhattan.
¿Eye-Spy? ¿La tienda de material de espionaje? ¿Qué significaba todo aquello?
– Gracias -dijo Jessica.
– ¿Desea algo más, señora Culver?
– Sí. Mi marido y yo tenemos toda nuestra contabilidad en un ordenador y me temo que se nos ha estropeado. ¿Podría decirme los talones más recientes que se han extendido a partir de nuestra cuenta, por favor?
– Por supuesto. Talón uno diecinueve por valor de doscientos noventa y cinco dólares a Volvo Finance, emitido el veinticinco de mayo -empezó a decir tras otro repiqueteo de teclas.
La cuota del coche.
– Talón uno dieciocho por valor de seiscientos cuarenta y nueve dólares a Inmuebles Getaway, también emitido el veinticinco de mayo -prosiguió la mujer.
– Un momento, ¿ha dicho Inmuebles Getaway?
– Sí, eso es.
– ¿Podría darme la dirección?
– Lo siento pero no disponemos de esa información.
Siguieron revisando el resto de los talones emitidos aquel mes, pero sin descubrir nada más. Jessica le dio las gracias a la mujer y colgó el teléfono.
¿Seiscientos y pico a Inmuebles Getaway? ¿Más de tres mil dólares a Eye-Spy? Cada vez había más cosas que no estaban claras.
De repente, Edward llamó a la puerta y saludó.
– Hola.
– Hola -contestó Jessica.
Edward entró en el despacho de su padre con la cabeza gacha.
– Siento lo del otro día -dijo Edward pestañeando varias veces-. Lo de que me fuera corriendo y eso.
– No pasa nada.
– Es que me pusiste negro con tanta pregunta -dijo Edward.
– Son preguntas que debemos hacernos -repuso Jessica-. Creo que todo está relacionado. Lo que le pasó a Kathy, lo que le pasó a papá y lo que hizo cambiar a Kathy.
Edward se estremeció al oír la palabra «cambiar» y luego negó con la cabeza. En la camiseta del día aparecían Beavis y Butthead.
– Te equivocas -dijo-. Eso no tiene nada que ver con lo que le pasó.
– Tal vez no -repuso Jessica-, pero sólo lo sabré si tú me lo cuentas.
– Es que no me gusta hablar de eso. Me resulta doloroso.
– Soy tu hermana. Puedes confiar en mí.
– Tú y yo nunca hemos hablado mucho -recordó Edward sin rodeos-. No como Kathy y tú.
– O como Kathy y tú -dijo Jessica-, pero yo te quiero igual, a pesar de todo.
– La verdad es que no sé por dónde empezar -confesó Edward al cabo de un rato-. Todo comenzó cuando iba al último curso del instituto. Tú acababas de trasladarte a Washington y yo estaba en Columbia. Vivía fuera de la universidad con mi amigo Matt. ¿Te acuerdas de él?
– Claro. Kathy salió con él durante dos años.
– Casi tres -concretó Edward-. Matt y Kathy parecían de otra época. Estuvieron juntos tres años y él nunca llegó a, bueno, nunca tuvieron relaciones íntimas. O sea, nunca. Y no porque no lo intentara, quiero decir, que Matt era tan mojigato como el que más, pero eso no quiere decir que no intentara irse a la cama con Kathy de vez en cuando, pero Kathy siempre se resistía.
Jessica asintió con la cabeza. Por aquel entonces, Kathy todavía le contaba sus cosas.
– A mamá le gustaba mucho Matt -continuó Edward-. Pensaba que era el mejor. Solía invitarlo a tomar el té como si fuera la madre obsesiva de El zoo de cristal. Era el caballero que se sentaba en el porche de su casa con su hija pequeña. A papá también le gustaba. Todo parecía ir bien. Tenían pensado prometerse pronto y casarse después de que ella se graduara, como en la típica historia de amor. Pero entonces, un día Kathy llamó por teléfono a Matt y lo dejó sin darle más explicaciones.
»Matt se quedó pasmado. Intentó hablar con ella, pero Kathy no quiso verlo. Yo también intenté hablar con ella, pero me mandó a tomar viento. Y luego empecé a oír rumores.
– ¿Qué clase de rumores? -preguntó Jessica cambiando de postura en la silla.
– Pues la clase de rumores que a un hermano no le gusta oír de su hermana -dijo Edward muy despacio.
– Uy…
– Peor que eso. La gente la criticaba constantemente. Decían que alguien había encontrado por fin la llave del cinturón de castidad de la señorita Mojigata y que ahora ya no había forma de cerrarlo otra vez. Una vez hasta me pegué con unos y me dieron una paliza por tratar de defender el honor de Kathy -dijo Edward pronunciando la palabra «honor» como si le repugnara su sonido.
»En casa también cambió. Ya no iba nunca a misa. Llegué a pensar que a mamá le daría un ataque, porque ya sabes cómo se pone ella con esas cosas.
Jessica asintió. Lo sabía muy bien.
– Pero nunca le dijo nada. Kathy comenzó a llegar tarde a casa, a ir a fiestas de la universidad y algunas noches ni siquiera venía a dormir.
– ¿Y mamá no le paró los pies? -preguntó Jessica.
– Es que no podía, Jess. Era increíble. Kathy se había pasado toda la vida sin levantarle la voz y a partir de entonces fue como si Kathy hubiera encontrado kriptonita. Mamá no podía ni tocarla.
– ¿Y qué hay de papá?
– Papá nunca fue tan estricto como mamá, ya lo sabes. Quería ser el colega de todo el mundo y no el malo de la película, pero curiosamente, durante todo aquel tiempo, Kathy se fue uniendo más a papá. Papá estaba emocionado por recibir tantas atenciones y creo que tenía miedo de mostrarse estricto y que ella dejara de hacerle caso.
Típico de su padre.
– ¿Y tú qué hiciste? -preguntó Jessica.
– Pues le planteé la cuestión cara a cara.
– ¿Y qué te dijo?
– Pues nada. Ni lo negó ni lo admitió. Se quedó imperturbable y me sonrió de manera extraña. Me dijo que yo no podía entenderlo porque era un ingenuo. ¡Ingenuo! ¿Tú te crees que Kathy podía llamarle «ingenuo» a alguien?
– Pero nada de eso explica cómo empezó todo, por qué cambió -dijo Jessica tras quedarse pensativa un momento.
Edward fue a decir algo, pero se contuvo. Luego extendió los brazos y los volvió a dejar caer como si le pesaran demasiado.
– Tuvo que ver algo que pasó con mamá -dijo con apenas un hilo de voz.
– ¿Qué?
– No lo sé. Puede que ella lo sepa. Kathy se apartó de ti y de mí, pero seguía queriéndonos. Sin embargo, mamá fue quien se llevó la peor parte.
Jessica se recostó en la silla de su padre, pensando en el comentario de su hermano.