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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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La voz meliflua de Ryuko se tornó áspera con la agitación; se inclinó sobre Keisho-in y la cogió de las manos.

– Si Harume no hubiese muerto, podríais haber perdido vuestra posición como dirigente del Interior Grande, vuestros privilegios, vuestro poder. El sosakan Sano se dará cuenta de ello tarde o temprano, si es que no se lo ha imaginado ya. ¡Os arriesgáis a ser su principal sospechosa!

Al otro lado del claro, un roble enorme cayó al suelo con estrépito. Sus ramas oscilaron y crujieron: los estertores de un gigante. Los campesinos empezaron a serrar y acarrear el cadáver del árbol. Mientras la dama Keisho-in lo observaba, su rostro adquirió una expresión astuta y calculadora que Ryuko nunca había visto con anterioridad. Parecía verdaderamente inteligente. Ryuko sintió la mano gélida de la consternación en sus entrañas. ¿Por fin se daba cuenta de lo precario de su situación? ¿O siempre lo había sabido?

La dama Keisho-in alzó lentamente la vista hacia Ryuko. De un tirón, le indicó que se pusiera de rodillas hasta que sus caras casi se tocaron. De la suya había desaparecido todo rastro de afable estupidez.

– Dime, querido -dijo taladrándolo con la mirada-. ¿Te preocupa tanto la investigación del asesinato por mí o por ti? ¿Te has metido en algún lío?

Las palabras, emitidas en una nube hedionda de aliento a tabaco y dientes podridos, flotaron sobre Ryuko. El estupor lo desorientaba. Le vino a la mente un campo de batalla tras la guerra, el olor de la carroña transportado por el viento. A pesar de todos sus desvelos por la causa de la caridad y la difusión de la espiritualidad, en su vida se habían producido incidentes que manifestaban su codicia, su ambición y su crueldad. ¿Y si Sano los descubría? Seguramente sospecharía que Ryuko había asesinado a Harume por Keisho-in, para protegerla a ella y, al mismo tiempo, su posición. Pero, a la vez que se imaginaba ante el verdugo, el artero político que llevaba dentro veía un modo de aprovechar la situación en beneficio propio.

– Sí, mi señora -dijo, inclinando la cabeza como si realizase una confesión vergonzosa. No era mentira. Había ideado y ejecutado complots concebidos para secundar sus intereses y los de Keisho-in, con o sin su aprobación. Se preguntaba cuánto sabría o supondría ella sobre él, y hasta qué punto su mala memoria la habría permitido olvidar cosas que habían hecho juntos. Si lo acusaban del asesinato de la dama Harume, ¿lo sacrificaría Keisho-in para salvarse ella?-. Temo que el sosakan Sano descubra lo que he hecho.

Para su gran alegría, Keisho-in reaccionó exactamente del modo que había esperado. Lo envolvió en un abrazo asfixiante y declaró:

– No me importa si has hecho algo malo, sobre todo si lo hiciste por mí. Te quiero y te apoyaré. -Ryuko escondió una sonrisa contra el pecho de Keisho-in. Que creyera o fingiese creer que él había matado a Harume, si eso era lo que hacía falta para asegurar su complicidad. Desde ese momento iban a estar los dos a salvo de las acusaciones de asesinato y traición-. ¡Mientras yo viva, nadie te tocará un pelo!

La dama Keisho-in le dio unas palmaditas en el cráneo rapado y se rió de su propio chiste.

– Tengo frío -dijo después-, y este tocón me está haciendo daño en el trasero. Volvamos al castillo. Cuando lleguemos, me encargaré del sosakan Sano. Tú dime lo que tengo que hacer. No tienes que preocuparte por nada, mi queridísimo Ryuko.

21

Sano desembarcó de la balsa que lo había transportado desde la otra orilla del río Sumida hasta Fukagawa, lugar de nacimiento de la dama Harume. Situado en la desembocadura del río, donde vertía sus aguas en la bahía de Edo, aquel arrabal se alzaba sobre antiguas marismas sepultadas por montones enormes de basura urbana y tierra excavada durante la construcción de los canales. Tras el gran incendio, muchos ciudadanos se habían trasladado allí para empezar de nuevo sus vidas. Sin embargo, Fukagawa estaba expuesto a los azares de su ubicación geográfica. Inundaciones, tifones y mareas altas ocasionaban grandes catástrofes. Con razón se consideraba que la zona traía mala suerte. Allí la dama Harume había dado el malaventurado inicio a una vida destinada a acabar dieciocho años después con su asesinato.

De camino hacia el centro de la población, Sano pasó por delante de almacenes que olían a madera de pino, aceite de sésamo y hoshika, un fertilizante hecho a base de sardinas. El humo de los hornos de sal de los estuarios del sur oscurecía la vista de Edo en la ribera de enfrente. El aire frío saturaba de humedad los pulmones. Un bullicioso distrito comercial bordeaba la avenida principal que llevaba al santuario de Tomioka Hachiman. En él estaba el Oka Basho, un barrio ilegal de mala reputación donde se prostituían las «aves nocturnas». Abundaban los salones de té y las tabernas, así como los excelentes restaurantes de marisco de Fukagawa.

Al oír que las campanas de los templos anunciaban el mediodía, Sano se dio cuenta de que tenía hambre. Entró en el Hirasei, un famoso restaurante situado justo enfrente de la puerta de torii del santuario. Comió un variado de sushi con verduras, arroz y trucha a la parrilla. Después llamó al propietario.

– Busco a una mujer llamada Manzana Azul. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?

El dueño sacudió la cabeza.

– No conozco a nadie con ese nombre. Probad en los salones de té.

Eso hizo, con decepcionantes resultados: nadie había oído hablar nunca de Manzana Azul; nadie conocía a la dama Harume, si no era como víctima de un asesinato muy sonado. Sano se encaminó hacia el santuario de Hachiman. Su grandioso techo de tejas de cobre se cernía sobre las calles como un colosal casco de samurái; sus altos muros de piedra cobijaban el templo de Etai, cuyos sacerdotes registraban el censo de todos los habitantes del distrito. Si alguien podía llevar a Sano hasta Manzana Azul eran ellos.

– Su auténtico nombre era Yasuko -dijo el viejo sacerdote.

El y Sano se encontraban en el cementerio del templo de Etai, donde por fin había localizado a la madre de la dama Harume. Su lápida de piedra cubierta de musgo yacía en el área reservada a los indigentes. Ninguna flor adornaba aquellas tumbas. La hierba alta ocultaba los senderos raramente recorridos por visitantes. En el lugar se respiraba un aire de desolación sórdida y helada. Temblando bajo la capa, Sano escuchaba los recuerdos que el sacerdote tenía de Manzana Azul, muerta hacía doce años.

– Llegó en busca de asilo durante las inundaciones, y la recuerdo por su particular situación. La mayoría de las «aves nocturnas» no tienen a nadie que cuide de ellas. Sus clientes suelen ser pobres y sobre todo extranjeros más que habituales. Pero Yasuko era hermosa y estaba muy solicitada. Su nombre de profesión se debía al antojo azulado y con forma de manzana de su muñeca. Era una criatura confiada que a menudo se tatuaba el nombre de su amante de turno. Cuando preparé su cuerpo para la cremación encontré caracteres entintados entre sus dedos de las manos y de los pies.

Y su ejemplo había conducido a su hija Harume a la muerte.

– Yasuko se ganó el afecto de Jimba de Bakurocho cuando éste llegó a Fukagawa por asuntos de negocios -prosiguió el sacerdote-. Cuando nació la niña le enviaba dinero de forma regular. Entonces Manzana Azul enfermó. Perdió su belleza y, con ella, sus mejores clientes. Sirvió a antiguos criminales, incluso a algún eta para ganarse el arroz. Cuando murió me traje a la niña, que tenía seis años, a nuestro orfanato. Después me puse en contacto con Jimba. El se la llevó consigo a Bakurocho.

El sacerdote suspiró.

– A menudo me he preguntado qué fue de ella.

Cuando Sano se lo explicó, su rostro amable se ensombreció de pesar.

– Qué tragedia. Aun así, tal vez Harume disfrutó de una vida mejor y más larga que si se hubiera quedado en Fukagawa para ser un «ave nocturna» como su madre.

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