El Tatuaje De La Concubina
- Автор: Rowlands Laura Joh
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:
– Es que hoy el caballo está un poco asustadizo -explicó-. En cuanto conozca a su dueño, se portará bien.
«Incluso una criatura domada se rebela de vez en cuando contra una vida de disciplina», pensó Sano. Jimba había amansado el salvajismo de Harume, pero ella no se había dejado controlar del todo. Sano opinaba que el mensaje enviado a Jimba no había sido una simple artimaña. Se había labrado un enemigo que tenía el poder, la oportunidad y el temperamento para hacer daño a una concubina del sogún. De todos los sospechosos, ¿quién respondía mejor al perfil?
Bajo la faja de Sano, la carta de la dama Keisho-in ardía como una lengua de fuego. Ella regía el Interior Grande y disfrutaba del amor del sogún. Con la ayuda de sus aliados dentro del régimen Tokugawa, podía haber dispuesto con facilidad el asesinato, al igual que una intentona previa de envenenamiento y una daga arrojada por un asesino a sueldo entre la multitud.
Y las revelaciones de Jimba venían a reforzar las sospechas sobre ella. ¿Debía Sano acusar a la dama Keisho-in de asesinato y exponerse a un grave peligro?
22
El papel que Hirata tenía en la mano rezaba:
1. Determinar los auténticos sentimientos de la dama Ichiteru hacia Harume.
2. Descubrir si la dama Ichiteru estaba presente en el ataque con daga y en el supuesto intento previo de envenenamiento.
3. ¿Ha comprado veneno alguna vez la dama Ichiteru?
4. ¿Estuvo la dama Ichiteru en la habitación de Harume después de la llegada del frasco de tinta y la carta del caballero Miyagi?
5. Revisar la declaración de la dama Ichiteru haciéndole las mismas preguntas a Midori.
Al cruzar el puente de Ryogoku, Hirata repartía su atención entre la maniobra de su caballo a través de un grupo de porteadores que acarreaban madera de los almacenes de Honjo y el estudio del plan para su segunda entrevista con la dama Ichiteru. Repasó entre dientes las notas garrapateadas al margen: «Interrogar a la sospechosa en el castillo de Edo, no en el teatro», «No dejar que la sospechosa esquive preguntas», «Si la sospechosa hace comentarios obscenos, ordenarle que pare», «No pensar en el sexo mientras se interroga a la sospechosa», «¡Sobre todo, no dejarse tocar por la sospechosa!».
Para llenar una gran laguna en el terreno de la investigación del asesinato tenía que sonsacarle a la dama Ichiteru la información relevante. Tenía que enmendar su desliz antes de que Sano lo descubriera y perdiera la confianza en él. Quería reconstruir la imagen de buen detective que antes tenía de sí mismo. Y necesitaba desesperadamente compensar los decepcionantes resultados de sus otras pesquisas.
El día anterior el cuerpo de detectives no había logrado localizar ni la toxina de flecha, ni al esquivo mercachifle de drogas, Choyei. Aquella mañana Hirata los había enviado a interrogar a sus contactos en los bajos fondos de Edo. Había hecho una nueva visita a la jefatura, para nada. Al parecer había pocas esperanzas de resolver el caso rastreando el veneno. Sano no creía que el teniente Kushida fuese culpable. El fracaso acarrearía un severo castigo. Tal vez todo dependiera de cómo Hirata llevase la entrevista con la dama Ichiteru.
Había pasado una noche horrorosa, alternando vívidos sueños eróticos con ella con rachas en vela de recriminación. ¡Qué tonto había sido al dejar que lo engañara! Después de capturar al teniente Kushida, había abandonado toda intención de dormir y había formulado su plan para la entrevista. Su idea era seguir primero con la búsqueda de Choyei mientras memorizaba el plan y reforzaba su entereza para resistirse a los encantos de la dama Ichiteru.
Pero, en el mismo momento en que se guardaba el papel bajo la faja para consultarlo más adelante, ya la anhelaba. En su memoria oía su voz suave y ronca, sentía el calor de su mirada seductora y el contacto incitante de su mano. De inmediato sintió un sofoco arrollador. Y, por debajo de su excitación, experimentaba la vergonzosa conciencia de su inferioridad social, la impotencia de su deseo.
– ¡Cuidado, maestro!
La advertencia, proferida por un transeúnte, arrancó a Hirata de sus cavilaciones. Alzó la vista y vio que había dejado atrás el final del puente. Su caballo deambulaba por la calle arrollando las mercaderías expuestas por los vendedores ambulantes. Frenó sin dilación a su montura.
– Disculpad -dijo, cada vez más preocupado por la próxima entrevista. ¿Cómo iba a obtener la verdad de la dama Ichiteru si con sólo pensar en ella su concentración se iba al traste?
Cuando llegó al barrio de ocio de Ryogoku Hongo Muko descubrió que la animación no se resentía del tiempo desapacible. Una compañía teatral improvisaba sainetes en la calle ante un público nutrido y escandaloso; el negocio iba viento en popa en restaurantes y salones de té. Pero la Casa de los Monstruos estaba cerrada, el escenario vacío y las puertas correderas echadas. Fuera, un cartel rezaba: «HOY NO HABRÁ REPRESENTACIÓN.» A Hirata se le cayó el alma a los pies. Si la Rata andaba recorriendo la ciudad, podía no regresar en horas, incluso días. Adiós a las pistas sobre el traficante de drogas.
Al volver grupas hada el puente, avistó una figura conocida entre los que buscaban entretenimiento. Era el coloso calvo que ejercía de guardaespaldas de la Rata y recogía el dinero de las entradas para el espectáculo. Iba paralelo al cortafuego, dejando atrás garitos de juego y espectáculos de curiosidades. Hirata lo siguió. Quizá el gigante pudiera decirle dónde estaba la Rata.
El coloso desapareció por el hueco que había entre la casa de fieras y el puesto de fideos. Una pandilla de borrachos dando tumbos le cortó el paso a Hirata, y cuando llegó al hueco ya no había ni rastro del gigante. Desmontó y ató su caballo a un poste. Se adentró en el angosto pasaje, que apestaba a orina y llevaba a un callejón que recorría la parte de atrás de los edificios. Salían rugidos de la casa de fieras y vapor de las cocinas; los perros callejeros rebuscaban por los cubos de basura. Aparte de ellos, el callejón estaba desierto.
Hirata pasó corriendo por delante de las puertas traseras cerradas de los establecimientos. Entonces oyó voces: el acento pueblerino de la Rata y la voz apagada de alguien más. Procedían de la trastienda de un salón de té. Atisbó entre los barrotes de la ventana.
Las paredes de la habitación estaban atestadas de botellas de loza para el sake. La Rata, arrodillada en el suelo de espaldas a Hirata, asentía con la cabeza a las palabras de la mujer que tenía delante, con el cabello y el cuerpo ocultos por una capa. A la tenue luz que entraba por la ventana, Hirata apenas alcanzaba a distinguirle la cara: fea y ya mayor, con los dientes ennegrecidos.
– El trato será beneficioso para los dos -dijo ella en voz baja y con tono de súplica-. Mi familia tendrá paz, y vuestro negocio prosperará.
– De acuerdo. Quinientos koban, y es mi última palabra -respondió la Rata.
La mujer agachó la cabeza.
– Muy bien. Si me acompañáis, lo recogeremos ahora.
Hirata ya había visto antes a la Rata enfrascada en aquel tipo de negociaciones y se imaginaba lo que se estaba cociendo. Levantó la mano para llamar a la puerta. Entonces, algo en el aire le advirtió de la presencia de otra persona en el callejón. Se volvió con rapidez. Unas manos fuertes lo aferraron por los hombros y lo levantaron del suelo. Se encontró cara a cara con el gigante de la Rata.
– He venido a ver a tu amo -explicó Hirata mientras se debatía entre sus brazos de acero-. ¡Suéltame!
El gigante sonrió con malevolencia. Hirata recordó consternado que era sordomudo. Con gran estrépito arrojó a Hirata contra la pared. El detective desenvainó su espada. En aquel momento, se abrió la puerta con un chirrido.