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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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Huérfano a los ocho años, Ryuko había llegado a Edo en busca de fortuna. Halló cobijo en el templo de Zojo, donde los sacerdotes lo habían alimentado, refugiado, vestido y educado. A los quince años había hecho los votos religiosos. Sin embargo, sus trágicas experiencias de juventud lo habían dotado de dos rasgos contradictorios que le impedían sentirse realizado con su vocación.

Ryuko odiaba la pobreza con toda la pasión abrasadora de su alma. Jamás olvidaría los rigores de la vida del campesino, el trabajo de sol a sol en los campos, la falta de comida y de esperanzas de una existencia mejor. Como joven sacerdote, Ryuko había trabajado sin descanso para aliviar los sufrimientos de los pobres de Edo. Solicitó donaciones y las repartió entre los necesitados. Su trabajo financiaba la atención a los huérfanos del templo de Zojo. Pronto se ganó una reputación de hombre de carácter desinteresado y misericordioso. Los menesterosos lo veneraban; sus superiores lo colmaban de alabanzas por mejorar la imagen de la secta. Mas otro anhelo movía a Ryuko. También recordaba cuando se postraba en el suelo al paso del daimio local. El caballero Kuroda y sus vasallos montaban caballos con magníficas gualdrapas. Tenían la cara rechoncha de la comida obtenida con el sudor de los campesinos. Pegaban a quien no lograse alcanzar su cuota de la cosecha. ¡Cómo los odiaba Ryuko! Y cómo envidiaba su riqueza y poder. Quería ser como ellos, en vez de un pobre campesino.

Aquel deseo creció durante sus primeros años como sacerdote. En Zojo -templo familiar del clan Tokugawa- tuvo todas las oportunidades del mundo para observar el esplendor que podía comprar el dinero. Budista devoto, Ryuko deseaba la iluminación espiritual que lo liberara de aquellas cuitas mundanas. Oró con mayor ahínco; redobló su tarea caritativa. Empleó su don natural para la política y trepó en el escalafón del templo. Sin embargo, todavía ansiaba más riqueza y poder.

Entonces conoció a la dama Keisho-in.

– Y esto será la sala de audiencias de su excelencia cuando visite las perreras -le dijo a su protectora.

– ¡Espléndido! -La dama Keisho-in se regocijó y dio vueltas con excitación de niña-. La benevolencia de mi hijo convencerá a la fortuna de que le dé un heredero. Queridísimo Ryuko, ¡qué sabio fuiste al recomendar la construcción de las perreras!

Cuando, después de demasiados años, Tsunayoshi seguía sin descendencia, éste había empezado a preocuparse por la sucesión de los Tokugawa. Ni él ni sus consejeros veían con buenos ojos la idea de designar a un familiar como siguiente dictador y ceder el poder a una rama distinta del clan. De ahí que la dama Keisho-in acudiese a Ryuko en busca de ayuda. Por medio de la oración y la meditación, había descubierto una solución mística para el problema. Tokugawa Tsunayoshi debía ganarse el derecho a un heredero expiando los pecados de sus ancestros mediante algún acto de generosidad. Puesto que había nacido en el año del perro, ¿qué mejor gesto que otorgar su protección a esos animales?

Por consejo de Ryuko, la dama Keisho-in había persuadido a Tokugawa Tsunayoshi de que proclamara los Edictos de Protección a los Perros, que favorecían la meta de Ryuko de fomentar el bienestar de los animales de acuerdo con la tradición budista. Cuando esta medida no produjo los resultados deseados por el sogún, Ryuko propuso un acto más drástico: el embellecimiento de la perrera. Se recaudaron fondos procedentes de varios daimio; los mejores carpinteros de Edo construirían la estructura. Ryuko estaba seguro de que el afortunado nacimiento de un heredero Tokugawa sería inminente, lo cual reforzaría la influencia de Keisho-in sobre Tsunayoshi, y por tanto la suya propia. Pero eso sería en el futuro. En el presente lo que Ryuko quería era asegurarse de que vivieran para verlo.

– Venid a descansar, mi señora. -Sentó a su protectora en un tocón, lejos de los escoltas que los esperaban-. Podemos observar los trabajos de la obra y disfrutar de un poco de conversación antes de volver al castillo.

La dama Keisho-in se acomodó con un resoplido de alivio.

– Ah, qué bien. Eres tan considerado, querido. Y bien, ¿de qué podemos hablar?

Ryuko estudió su familiar semblante y aspiró su habitual olor a perfume, a humo de tabaco y a edad provecta. Llevaban tanto tiempo juntos… Había memorizado sus necesidades, sus hábitos, sus preferencias, toda la información esencial para conservar su favor. Pero ¿hasta qué punto conocía de verdad a la mujer más poderosa de Japón? Con una nostalgia agudizada por los peligros del momento, recordó el día en que se habían conocido.

Tokugawa Tsunayoshi acababa de acceder al cargo de sogún, y la dama Keisho-in había acudido al templo de Zojo a orar por un largo y próspero mandato para su hijo. Vio a Ryuko entre los sacerdotes congregados para rendir homenaje a la madre de su señor. Su fea y avejentada cara adquirió una expresión de deleitoso desconcierto, una reacción que Ryuko suscitaba a menudo entre las fieles que admiraban a los sacerdotes guapos. Detuvo su procesión hacia la sala del templo y le pidió que se presentara. Se había encaprichado con él, como le pasaba con otros jóvenes que satisfacían su necesidad de compañía y de sexo. Lo convirtió en su guía espiritual privado y lo trasladó del templo de Zojo a unos aposentos en el castillo de Edo para que ella pudiera disponer de su consejo siempre que fuera necesario. La dama Keisho-in los colmó de regalos a él y a su orden religiosa. El complejo del templo creció en magnificencia; sus habitantes prosperaron. Keisho-in seguía al pie de la letra las recomendaciones de Ryuko, a menudo convenciendo al sogún para que hiciera lo mismo. El dinero salía a espuertas de las arcas de los Tokugawa para financiar filiales del templo y obras de caridad. A Ryuko, la relación con una mujer fea que le llevaba veinte años le parecía un precio muy bajo.

Ni amaba ni deseaba a su señora, pero fomentaba su antojo por él. Renunció a su vida monástica y se convirtió en su amante. Aguantaba sus cambios de humor y sus exigencias; halagaba su vanidad. Por debajo del desprecio que le inspiraba su estupidez, una profunda sensación de camaradería lo unía a la dama Keisho-in. Los dos eran plebeyos que habían ascendido a alturas impensables. Y le estaba realmente agradecido por haberle conferido todo lo que necesitaba: riqueza y poder; realización espiritual y la oportunidad de hacer el bien.

Con este acuerdo mutuamente satisfactorio habían pasado una década juntos. Ryuko esperaba que aquel estado de cosas se prolongase de forma indefinida. Keisho-in, saludable para tratarse de una anciana, no parecía en peligro de muerte inminente. Tokugawa Tsunayoshi era lo bastante joven para ejercer de sogún muchos años más, cosa que probablemente haría si no surgía un heredero. Pero después del asesinato de la dama Harume, el futuro parecía incierto. Ryuko sabía lo rápido que las fortunas podían ascender y caer en el bakufu; en ocasiones, un mero rumor bastaba para destruir una vida. Las pesquisas del sosakan-sama suponían una grave amenaza para la dama Keisho-in. Y la amenaza tenía tentáculos, como un pulpo, que podían estirarse y estrangular a cualquiera de sus allegados, incluyendo a Ryuko.

– Mis fuentes me cuentan que el sosakan Sano se está esforzando a conciencia en la investigación del asesinato de la dama Harume -dijo Ryuko, entrando con cautela en materia. Tenía que ser muy cuidadoso al manejar a la dama Keisho-in-. Hay detectives por todo el Interior Grande. Hirata tiene pistas sobre la fuente del veneno. El teniente Kushida está bajo arresto, pero todavía no ha sido acusado de asesinato. Parece que Sano no busca una salida fácil. Más bien está confirmando su reputación de buscar la verdad sin atender a las consecuencias.

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