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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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Pero no quiero morir. Lo que en verdad quiero es verte sufrir tanto como yo. Podría apuñalarte y observar cómo te desangras. Podría envenenarte y deleitarme con tu agonía. Cuando implores misericordia, sólo me reiré y te diré.- «¡Así me has hecho sentir!›

Si me niegas tu amor, ¡te mataré!

La carta no llevaba ni fecha ni encabezamiento, pero la firma parecía saltar de la página y llenar el campo visual de Sano. Le sobrevino el pavor como el peso frío y denso de una intensa nevada caída en Edo varios inviernos atrás, que había hundido tejados y bloqueado calles. La carta estaba escrita por la dama Keisho-in.

Aquella nueva pista daba un giro diferente y peligroso al caso. Sano vio lo equivocado que había estado al creer que había evaluado con precisión las implicaciones de la investigación. Allí tenía una prueba de que la relación de la madre del sogún con Harume había ido más allá de la propia entre señora y sirvienta. Durante la entrevista con Keisho-in, sus muestras de cariño maternal por Harume habían sido pura farsa. Sano había tomado a la anciana por estúpida, cuando en realidad lo había burlado al disimular su furia destructiva hacia la concubina. Keisho-in se unía al muestrario de sospechosos del asesinato.

La carta establecía su móvil con sus propias palabras manuscritas. Como regenta del Interior Grande, disponía de acceso a las habitaciones de todas las mujeres, y de espías que la tenían al corriente de todos los aspectos de sus vidas. Pudo haber visto el frasco de tinta cuando llegó al castillo de Edo, leer la carta que lo acompañaba y reconocer la oportunidad perfecta para matar a Harume y que culparan a otro del asesinato. Tenía criadas para enviarlas a buscar venenos extraños, y riquezas suficientes para comprarlos. Entre aquellos factores y la carta, Sano tenía pruebas suficientes para justificar una investigación concienzuda de la dama Keisho-in, y tal vez incluso una acusación de asesinato contra ella.

Veía un motivo más por el que la dama Keisho-in podría haber deseado la muerte de Harume, una razón más poderosa incluso que el amor rencoroso. Keisho-in tenía que estar enterada del embarazo de Harume, que para ella presentaba ramificaciones especiales. En comparación, los argumentos en contra del teniente Kushida, los Miyagi y la dama Ichiteru perdían importancia. Pero la prueba que Sano tenía en las manos poseía el potencial amenazador de una espada de doble filo. Abría una nueva línea de investigación susceptible de aportar la verdad sobre el asesinato de la dama Harume y ahorrarle a Sano la pena de muerte por fracasar en la resolución del caso. Pero seguir aquel rastro podía acarrearle la ruina.

No quería ni pensar en lo que podía pasar, y deseaba no haber encontrado la carta. ¡Ojalá hubiese limitado su atención a los sospechosos e indicios previos, y jamás se hubiese enterado del desdichado romance entre Keisho-in y Harume! Tal vez fuera inocente. Omitiéndola de la investigación, podía salvarse. Empezó a rasgar la carta en dos.

Pero el honor le impedía rehuir la verdad. Había que servir a la justicia, incluso al precio de la propia vida. Sano dobló la carta a regañadientes y se la guardó en la bolsa junto con las uñas y el mechón de pelo. Retrasaría cuanto estuviera en su mano el estudio del documento. Pero, tarde o temprano, a menos que encontrara pruebas concluyentes en contra del teniente Kushida, la dama Ichiteru, los Miyagi o cualquier otro, tendría que vérselas con él.

20

Un escuadrón de samuráis a caballo avanzaba al paso por un camino a las afueras occidentales de Edo. La divisa de la triple malva real de los Tokugawa decoraba el paramento de las monturas, los estandartes que pendían de las astas acopladas a las espaldas de los jinetes y el enorme palanquín negro que los seguía, cuyas ventanillas abiertas enmarcaban dos rostros.

La dama Keisho-in, con su papada balanceándose al ritmo de las zancadas de los porteadores, contemplaba el paisaje.

– ¡Qué hermoso! -exclamó, admirando el follaje escarlata y oro de los bosques y las colinas neblinosas de más allá. Su cara empolvada y coloreada de carmín exhibía una sonrisa llena de huecos-. Ardo en deseos de ver el emplazamiento de las futuras perreras de los Tokugawa. ¿Ya llegamos?

El hombre sentado frente a ella en la silla de manos la observaba. Tenía un hermoso perfil, de frente alta, nariz larga, ojos de pesados párpados y los labios gruesos y curvados de una estatua de Buda. Su cráneo rapado acentuaba los bien cincelados huesos de su cabeza. A sus cuarenta y dos años, Ryuko llevaba diez como compañero y guía espiritual de la dama Keisho-in. Su relación con ella lo convertía en el sacerdote de más alto rango de Japón, así como en consejero indirecto de Tokugawa Tsunayoshi. Ryuko era quien había sugerido aquella excursión, al igual que otros muchos ardides anteriores. A pesar del frío y la humedad, la dama Keisho-in había accedido, como solía hacer. La había convencido de que debía inspeccionar el edificio de las perreras, un proyecto especial de los dos.

Pero Ryuko albergaba un motivo más personal. Las perreras no estarían finalizadas hasta pasados varios años y, en cualquier caso, su construcción no precisaba de la ayuda de la dama Keisho-in. Ryuko tenía asuntos importantes que tratar con ella, lejos del castillo de Edo y de sus muchos espías. El futuro de la dama -y, por ende, el suyo- podía depender del resultado de la investigación del asesinato de la dama Harume. Debían proteger sus intereses comunes.

– Pronto llegaremos -dijo Ryuko, mientras la arropaba mejor con las mantas. Calentó sus sarmentosas manos de vieja con las suyas y murmuró, más para él que para ella-: Paciencia.

Keisho-in aceptó las atenciones de Ryuko con regocijo. Al cabo de un rato, el palanquín dobló una curva del camino, y Ryuko ordenó a los hombres que se detuvieran. Ayudó a salir a la dama Keisho-in y le pasó por los hombros una capa acolchada. Hacia el este, los campos se prolongaban hasta una aldea de cabañas de juncos; detrás, la ciudad, invisible bajo un denso manto de niebla, se extendía hasta el río Sumida. Al oeste del camino, una gran extensión de bosque había sido reducida a un erial de tocones mellados. Los leñadores seguían talando árboles, y el eco de sus hachas resonaba entre las colinas. Los campesinos serraban los troncos y se llevaban a rastras las ramas, bajo las órdenes de los capataces samurái. Un equipo de arquitectos consultaba los planos trazados sobre enormes hojas de papel. El aire estaba cargado del olor dulce y acre del serrín mojado. La dama Keisho-in se quedó boquiabierta de asombro.

– ¡Qué maravilla!

Se apoyó en el brazo de Ryuko, salió del camino y se contoneó con afectación hacia el lugar de las obras.

Cuando los peones se arrodillaron e hicieron reverencias a su paso y los arquitectos se acercaron para presentar sus respetos, Ryuko indicó a todo el mundo que volviera al trabajo. Quería que el ruido enmascarara su conversación. Pero antes, la visita guiada, para cumplir con el propósito aparente de la expedición.

– Aquí estará la entrada principal, con estatuas de perros a las puertas -indicó Ryuko mientras conducía a la dama Keisho-in hacia el extremo oriental del claro. Poco a poco la paseó por todo el terreno-. Aquí habrá salas que albergarán jaulas suficientes para veinte mil perros. Las paredes estarán decoradas con cuadros de bosques y campos, para que los animales se sientan como si estuvieran al aire libre.

– ¡Perfecto! -exclamó la dama Keisho-in, con los ojos muy abiertos-. Ya me lo imagino todo.

Durante la visita, Ryuko dividió su concentración en dos partes, según un arraigado hábito. Con la más amplia se concentraba en la dama Keisho-in, en busca de indicios de que empezara a sentir frío o cansancio, anticipando su necesidad de halagos. Dado que su fortuna dependía de su relación, no podía permitirse contrariarla. Con el resto de su cerebro se observaba a sí mismo y supervisaba su actuación. Veía a un esbelto hombre santo con modestas sandalias de madera y un grueso manto de seda marrón sobre la túnica azafrán. Su mirada poseía una intensidad sabia y penetrante que había ensayado ante el espejo hasta que llegó a ser natural. Sus ademanes eran dignos; su voz, elegante y cultivada. No quedaba ni rastro de sus orígenes humildes.

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