Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
En cuanto a los francos de Tierra Santa, tienen, además de Jerusalén y la tumba de Cristo, el Krak de los Caballeros.
Estos dos edificios, el Santo Sepulcro y el Krak de los Caballeros, resumen por sí solos las tendencias opuestas y, con todo, indisociables, que dividen el país, desgarran a sus habitantes y, sin embargo, los reconcilian también.
Uno recuerda a los creyentes la preeminencia de un reino que no es de este mundo; el otro se considera el garante de la fe y de la libertad de los que viven aquí abajo.
Ambos tienen algo de marcial y de sagrado. El Santo Sepulcro con sus colgaduras adornadas con las armas de Jesús, sus frías columnas, su aire impregnado de vapores de incienso, los murmullos, los responsos, el aire grave y concentrado de sus penitentes, el eco helado de sus pasos y sus rezos; el Krak de los Caballeros con su austeridad, la sencilla belleza de sus muros, la expresión piadosa de los que pasean por él envueltos en grandes mantos negros con la cruz blanca, los padrenuestros que resuenan de sala en sala, los credos, las homilías. Allí se ayuda a los hombres a subir a los cielos; aquí se ayuda a Dios a establecerse sobre la tierra.
Por opuestas que sean, estas construcciones son inseparables del espíritu de los cruzados y son la exacta representación de la más específica de las nobles invenciones del siglo XII: el monje caballero.
La flor y nata de lo que quedaba de los hospitalarios establecidos en Tierra absoluta estaba reunida en la sala principal del Krak, dispuesta a seguir oyendo al noble y buen hermano Morgennes, guardián de la Santa Cruz.
Emmanuel había conducido a Masada y a Femia por las altas salas abovedadas, las escaleras y corredores de piedra del castillo, hasta una habitación contigua a uno de los dormitorios de los monjes caballeros. Yahyah dormiría en la cocina, con Babucha, sobre un poco de paja esparcida en el suelo. Carabas iría a los establos, a unirse a los trescientos caballos y el centenar de camellos que esperaban allí a su caballero y su fardo de flechas, víveres o agua.
Pero a su llegada, a pesar de la hora tardía y para testimoniar la estima en que se tenía a Morgennes y antes de escucharlo, los condujeron a la sala grande del Krak, con el techo claveteado de oro y el suelo tapizado de juncos. Aquella sala servía de refectorio a los hermanos. Los capítulos de los hospitalarios se celebraban allí, bajo las altas bóvedas de cañón horadadas por agujeros que se abren a la noche exterior. En los pilares que las sostienen y que dividen la sala en nueve partes, candelas de sebo se consumían humeando y marcando la cal de los muros con largos trazos negros que habría que frotar por la mañana. Un sargento envuelto en su manto negro con la cruz blanca echaba leños al hogar. Las noches eran aquí tan frías como el infinito.
Las llamas del brasero apenas habían empezado a calentar la sala cuando dos monjes caballeros entraron para servir una colación a los recién llegados. En el Krak de los Caballeros, las comidas saciaban hasta al más hambriento, e incluso los hermanos que sufrían un castigo -y que por ello debían tomar sus comidas sobre las baldosas del suelo con los perros, no lejos del comendador de la plaza- estaban bien alimentados. No se trataba de dejar sin fuerzas los cuerpos de aquellos que debían pelear y tal vez morir por Cristo.
Mientras compartía la escudilla y el pan de trigo de Morgennes, Masada lanzaba miradas inquietas a las numerosas personas que se encontraban sentadas al otro lado de la mesa.
Una docena de hermanos del Hospital los contemplaban en silencio -apenas intercambiaban, a veces, un murmullo-, pero por su expresión severa se podía adivinar el número y la naturaleza de las preguntas que ardían en deseos de plantear a Morgennes, a Femia, a Masada, y también a Yahyah, que, en las cocinas, se llenaba el estómago con un capón.
Morgennes se tomó tiempo para saborear cada bocado. ¿Cuánto hacía que no había comido hasta saciarse? La comida del bimaristan al-Nuri era de lo más rústica, y, en cuanto a la que se servía a los esclavos, no bastaba para alimentarlos.
El caballero disfrutó reencontrando el sabor de los alimentos preparados por los suyos y se deleitó con las sensaciones que nacían en su paladar; sensaciones que la cocina mahometana, demasiado amante de las especias para su gusto, no le proporcionaba: ligera amargura del puré de guisantes, suavizada por el gusto azucarado de un dátil; esponjosidad de la tortilla de huevos frescos, refrescada por la menta y perfumada de artemisa. El vino que les habían ensalzado, cortado con miel y cardamomo, era tan delicioso que por un instante olvidó lo que había vivido, lo que iba a decir, lo que tendría que soportar.
El hermano encargado de hacerles la lectura de los Evangelios cerró la pesada Biblia colocada en un atril ante él. No se escuchó ya ningún ruido, con excepción del viento. Morgennes se secó la boca con el mantel, cruzó las manos y pidió autorización con la mirada al hermano comendador para romper el silencio. Habiéndola recibido, propuso:
– Nobles y buenos hermanos, ¿deseáis oír ahora mi historia?
El hermano comendador asintió, y Morgennes se lo explicó todo, hasta los menores detalles, sin levantar nunca la voz y cuidando de presentar cada hecho desde un punto de vista lo más neutro posible, precisando en cada ocasión si había sido testigo directo o, en caso contrario, quién le había informado.
Todos siguieron el relato con atención.
Incluso Masada y Femia, que no conocían todos los detalles, escucharon, estupefactos, las explicaciones de Morgennes sobre cómo se había despertado en el campo de batalla, había sido capturado por Taqi -que le había salvado la vida- y luego, en cierto modo, recompensado por Saladino, antes de escapar por primera vez, sediento, y ser finalmente capturado de nuevo para perder un ojo a manos de los sarracenos.
Llegó el momento en que hubo que hablar del trato propuesto por Saladino a los hermanos templarios y hospitalarios, y que todos -salvo Morgennes- habían rechazado.
Al oírle relatar cómo había renegado de su fe, cuando todos sus compañeros habían permanecido fieles a Jesús y habían muerto decapitados, los hermanos caballeros del Hospital palidecieron de espanto. Aunque Morgennes no hubiera proporcionado ninguna explicación para su gesto, algunos de sus hermanos parecieron comprenderlo y excusarlo, y otros, al contrario, reprobarlo. Pero todos estaban horrorizados, aunque resultara difícil saber si era por Morgennes o por Saladino.
– Perdón, noble y buen hermano Morgennes -lo interrumpió el hermano comendador del Krak, llamado Alexis de Beaujeu-, tal vez deberíamos continuar oyéndote a puerta cerrada.
Todos murmuraron su acuerdo y, volviéndose hacia Masada y Femia, les dieron la desagradable impresión de que su presencia era del todo indeseable.
El hermano Emmanuel, cuyas manos temblaban por la emoción suscitada por el relato de Morgennes, se ofreció a acompañarlos a su habitación, una pequeña celda con dos camas. El aposento daba a una de las nueve cisternas del Krak, y -si tenían buen oído- los ocupantes podían dormirse mecidos por el rumor de las aguas del acueducto construido para alimentarlas.