Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Caballeros de la Vera Cruz
Caballeros de la Vera Cruz - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 127
Перейти на страницу:

Por fin, después de la oración, Morgennes y Yahyah volvieron a subir a la carreta, Yahyah detrás y Morgennes delante, y el pequeño grupo prosiguió su ruta.

Atravesaron desiertos y llanuras, se mantuvieron apartados de los caminos más frecuentados y se esforzaron constantemente en cruzar por campos a los que combatientes cristianos o mahometanos habían prendido fuego para incomodar al adversario.

Su recorrido los condujo a través de pueblos de casas incendiadas. Aunque la región estuviera alejada de las zonas de combate, no vieron habitantes en ninguna parte: la población se había puesto a resguardo tras las murallas de Tiro, Trípoli o Tortosa. Los saqueadores, que no podían pedir nada mejor, cogían así por sorpresa a campesinos demasiado fatigados o demasiado viejos para marcharse, o a los fugitivos que, debido al enorme aflujo de refugiados, no habían podido entrar en la ciudad, y se lanzaban sobre ellos como lobos sobre su presa.

A veces los bandidos eran antiguos cruzados, o descendientes de estos, que no encontraban nada mejor que hacer que atacar a sus propias gentes y aterrorizarlas. En este grupo había templarios, como Kunar Sell o Francisco du Meslier, así como pequeños señores, como Raúl de Ménibrac o Juan de Saint-Alban; este último se había puesto al servicio de Saladino y le entregaba la mitad de lo que robaba a cambio de su protección.

Aquellos traidores se llevaban todo lo que se pareciera a una mujer o un niño, se apoderaban de todo lo que podía venderse y destrozaban el resto.

Así, Femia, Morgennes y Masada vieron hienas con el hocico manchado de sangre y el pelo brillante de sudor errando entre las ruinas de una aldea cristiana en busca de los muertos. Los animales habían hurgado tan bien en la tierra que en algunos lugares se veían cuerpos -¿quién los habría enterrado?- sacados de su agujero para ser devorados. Sus cabezas de carnes descompuestas elevaban al cielo unos ojos tan vacíos como aterradores. Prohibieron a Yahyah que los mirara, pero él los observó igualmente a través de los dedos que Femia le apretó contra la cara. Los cadáveres exhalaban un olor nauseabundo. Si hubieran tenido un poco más de tiempo, se habrían tomado el trabajo de volver a enterrarlos; aunque, por otra parte, ¿para qué serviría? Las hienas volverían a exhumarlos.

El grupo prosiguió su camino rezando para no tropezar con una de esas bandas que a las desgracias de la guerra añadían la rapiña y el asesinato.

Morgennes había recuperado la mayor parte de sus fuerzas. Aunque tuerto, se sentía tan capaz como en los primeros días de julio. Excepto por un detalle: le faltaba su espada. La ausencia de Crucífera empezaba a dejarse sentir cruelmente, y su mano derecha se entumecía. El día anterior se le había caído la uña del pulgar. La carne puesta al descubierto había sangrado un poco. Hoy se ennegrecía, mientras una especie de rigidez iba apoderándose de sus dedos.

Lanzó un profundo suspiro y cerró el ojo. Recordó sus heridas más recientes, en el ojo, el hombro y el costado, y se alegró de que lo hubieran curado tan bien. De todos modos, al pasarse la mano por el costado, sintió un rodete de carne densa, una cicatriz que no se borraría nunca.

El balanceo de la carreta le dio ganas de dormir. Había perdido la costumbre de viajar de aquel modo. Así que, para mantenerse despierto, se representó el Krak de los Caballeros, que no tardaría en divisar irguiéndose en el horizonte. Con el lago tras ellos, los primeros contornos del Yebel Ansariya aparecerían pronto, y, dominándolos como la proa de un navío, las robustas murallas del Krak.

La fortaleza cerraba el paso del emirato de Homs, desde el que se accedía por tierra a Tortosa o a Trípoli, y proporcionaba a los francos de Tierra Santa una ventaja considerable en cuanto a terreno y tiempo: el Krak no solo permitía detectar con mucho tiempo de adelanto la llegada de un ejército enemigo, sino también mantenerlo bajo el dominio de sus murallas.

Normalmente, más de dos mil hombres se apiñaban en el interior de la fortaleza. De estos, no todos eran soldados, y aún menos caballeros, pero de todos modos nunca se había visto reunida en un mismo lugar -excepto, tal vez, en Jerusalén, antes de la guerra- una concentración semejante de caballeros y gentes de armas de tanta calidad.

Morgennes contaba entre ellos con algunos amigos y con numerosos enemigos. A menudo se preguntaba cómo lo acogerían estos a su vuelta. Por otra parte, ¿qué sabían ellos de su historia? No era el primer hermano que cometía una falta, ni el primero en renegar de la cruz.

Por regla general, en el caso de una falta cometida por un hermano, un tribunal de penitencia se encargaba de tomar la resolución correspondiente. De la simonía a la traición, pasando por la sodomía y la violación del secreto del capítulo, había un buen número de casos previstos que se castigaban con una pena proporcional a la falta cometida. En lo que se refería a Morgennes -una mezcla de traición y negación de la fe-, el castigo más leve que podía esperar era la flagelación, seguida de la exclusión de la orden y de la obligación de entrar en una orden más dura (la de los benedictinos, por ejemplo). A menos que lo encerraran para el resto de sus días, en cuyo caso permanecería prisionero en los sótanos de un priorato, en Tierra Santa o en Occidente. (Incluso podía ser que lo mataran: él ya no era cristiano, por lo que ya no sería pecado…)

El día que dejaba atrás tal vez fuera el último, a menos que… Había una escapatoria: hacerse desligar de su profesión de fe por el hermano capellán del Krak. Morgennes contuvo un estremecimiento. Sabía que todos le presionarían para que aceptara esta solución.

Extraña aparición la del Krak de los Caballeros en medio de la noche, bajo la luz de las estrellas. De hecho, el Krak no aparece: se levanta de pronto como un ogro, surge de las montañas; se confunde tan bien con ellas que es todo el Yebel Ansariya el que parece elevarse para contemplarlas y aplastarlas mejor.

Ante aquel espectáculo, Masada, Femia y Yahyah no pudieron evitar que se apoderara de ellos una sensación de temor respetuoso. Si hubieran sido el enemigo, la simple visión de ese castillo les hubiera dado ganas de huir.

De hecho, se decía que por la noche los asaltos cesaban por sí mismos. También se decía que el Krak era inexpugnable y que los precipicios que se abrían a sus pies se agrandaban para tragarse a sus adversarios.

– Sin embargo, tuvo que ser tomado, ya que ahora lo tienen los francos y antes que ellos lo ocuparon los sarracenos -señaló Masada.

– Kurdos -rectificó Morgennes-. De ahí su antiguo nombre de Hosn el-Akrad: el castillo de los kurdos. Pero lo que veis ahí no tiene demasiado que ver con lo que los hombres del primer conde de Trípoli tomaron al asalto una vez. Ellos le añadieron un segundo recinto, dieron mayor altura al primero, cavaron pozos, construyeron cisternas, elevaron las cortinas y realizaron todo tipo de trabajos que lo hacen inexpugnable.

– A menos que se utilice la astucia -dijo Masada.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)