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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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– A menos que se utilice la astucia, evidentemente. Pero hasta ahora no la han empleado contra él. Por otro lado, ¿se puede utilizar la astucia con la montaña y la piedra? No lo creo.

– Con ellas no, pero con los hombres sí -repuso Masada.

– Déjame mis esperanzas -dijo Morgennes-. No me aflijas. Amo este castillo como se ama a un animal. Le dispenso más que admiración, más que afecto: lo amo. Si no recuerdo mal, la primera vez que lo vi fue en 1163. Acababa de desembarcar, como joven enviado del conde de Flandes Felipe de Alsacia, para asistir a la coronación de Amaury. Aún no estaba al servicio del Hospital, pero no tardaría en entrar en él. Al ver el Krak, precisamente, me decidí. Fue este castillo el que me venció, a mí, que hasta entonces siempre me había negado a acercarme a nada que tuviera que ver con la religión. Esta fortaleza es para mí la más bella de las catedrales, el más hermoso de los cánticos… Lo dejaron con sus pensamientos.

Yahyah acariciaba con mano distraída a la perra, a la que había dado el nombre de Babucha. («¿Por qué Babucha?», le había preguntado Femia. «Porque es lo que más le gusta», había respondido Yahyah, desolado, mostrando a su ama sus babuchas medio devoradas. Femia había lanzado un gritito de horror y había regañado a la perra, que había ido a acurrucarse, con la cola entre las patas, en un rincón de la carreta.)

Masada no apartaba los ojos de aquel a quien dudaba todavía en llamar su «salvador», su «amigo». El hombre que le evitaría una infamia aún mayor. Si hubiera tenido valor, le habría puesto la mano en el hombro, pero allí no se atrevía. En cuanto a Femia, cuando miraba a Morgennes no veía a un hombre, sino sus collares, sus brazaletes y todas sus joyas desaparecidas, perdidas.

Ella había querido a aquel caballero. Y ella lo había adquirido a precio de oro, sencillamente.

Un precio elevado, sin duda, pero al parecer era la tarifa que había que pagar. Femia cerró los ojos y volvió a ver, como en sueños, las imágenes que habían acompañado su partida precipitada de Damasco.

– Yallah! -exclamó de pronto-. ¡Y adelante, Rouh ach-cham! -añadió en tono agrio.

– ¿Qué te pasa? -le gruñó Masada.

Femia adoptó una expresión espantada, salió de su embotamiento, palpó con sus dedos rollizos unos aderezos que ya no tenía y respondió:

– Rouh ach-cham!

– Está perdiendo la cabeza -susurró Masada a Morgennes. Y, tras dirigir una mirada sombría a su mujer, añadió con un hilo de voz-: Cada una de sus tetas contendría ampliamente los dos senos que tenía antes de volverse fea. En otro tiempo era un precioso calderito, y ahora es una gran olla… No comprendo qué sortilegio ha podido actuar así. Y lo mismo con su carácter. Antes de casarse conmigo era como miel; ahora parece vinagre. ¿Es el matrimonio el que hace eso?

Morgennes no respondió. Escuchaba a Masada mientras mantenía la mirada fija en el camino, que ascendía suavemente hacia la montaña y la fortaleza. En ocasiones la mole desaparecía detrás de una pared rocosa. Sin embargo, todo el tiempo se sentía su presencia. Se hubiera dicho que la vegetación misma inclinaba la cabeza ante su poder, tan grande era la energía que desprendía el Krak. Era imposible olvidarlo, hacer caso omiso de él. Las asperezas del terreno, los árboles retorcidos, las plantas secas y amarillas, el aire seco y hasta los ruidos, apagados, todo llevaba la marca de la formidable fortaleza hacia la que se dirigían. Ella era el calderón del Yebel An-sariya, y le indicaba: «¡Montañas, habéis nacido para mí!».

De hecho, era difícil saber quién, la montaña o el Krak de los Caballeros, había nacido primero, hasta tal punto la naturaleza parecía decir: «He hecho está montaña para el Krak: a vosotros, humanos, corresponde construirlo».Y los humanos lo habían construido, en la cima del Yebel al-Telaj (la «Montaña de la Nieve»).

El Krak era, para Morgennes, la ilustración perfecta de un debate muy antiguo que había agitado violentamente, y agitaba aún, a la cristiandad: ¿había que actuar en función del fin de los tiempos, o bien del fin de cada individuo en particular?

Para los partidarios de la primera doctrina, bastaba con practicar la política de lo peor. Sembrar el caos en la tierra. Suscitar el Apocalipsis, de manera que el reino del Anticristo llegara, y que Nuestro Salvador se viera forzado a contraatacar con su ejército de ciento cuarenta y cuatro mil guerreros con la frente tatuada con su nombre. Entonces toda la humanidad -después de haber sido juzgada- se salvaría.

Esta escuela tenía sus partidarios. Por suerte, no eran muy numerosos. Y Morgennes no se contaba entre ellos. En el mal para el bien, él nunca veía sino el mal; pues, desde que había nacido el mundo, no se había dejado de anunciar el fin de los tiempos, para mañana, para el fin de la semana próxima, dentro de un año, de diez años, de un siglo… Si todos los profetas de la desgracia que se habían sucedido en la tierra hubieran tenido razón, solo el primero de ellos hubiera podido gritar. Era evidente que todos se habían equivocado. Y, sin embargo, aquello continuaba: ¡no había año, mes ni semana sin fin de los tiempos!

Para los partidarios de la segunda doctrina, había que hacer todo lo posible para ofrecerse y ofrecer a los otros un lugar en el paraíso. Permitir a cada uno conocer, aquí, ahora, una vida mejor con vistas a prepararse para su futura vida en el cielo. Desde luego, ese era el trabajo de los sacerdotes: a ellos correspondía cultivar el campo de las almas, sin duda mal desbastadas, que vivían en este siglo. A ellos incumbía hacer crecer en él el máximo de justos y de santos posibles. Los pretendidos abonos se llamaban «confesión», «sacramento», «bendición», «indulgencia», «remisión»…, y las malas hierbas, «pecado», «simonía», «perjurio», «paganismo», «politeísmo», «impiedad»…

A Morgennes, todo aquello no le decía nada.

El paraíso, si existía, no podía ganarse con el sufrimiento ó con la alegría, no se merecía rezando, no se compraba donando dinero a la Iglesia, al Temple o al Hospital, ni pagando a peregrinos profesionales para que fueran a rezar a Jerusalén por cuenta de otro. La tumba de Jesús no era un lugar, era una imagen, una idea. Un estado de espíritu. Poco importaba, por otra parte, la tumba de Jesús, o Jerusalén, o la Santa Cruz… ¡Poco importaba el propio paraíso!

Todo lo que Morgennes había atravesado para permanecer con vida, su negación de la fe, su condenación, su deshonor, perdía su sentido.

Sintió que una gran rabia crecía en su interior, una rabia venida directamente de su juventud, cuando escupía y mostraba el puño a las nubes, allá arriba en el cielo, sin saber por qué. Una rabia incomprendida y tal vez incomprensible, una sed de ser que había creído extinguida o, mejor dicho, atenuada, controlada, cuando estaba en el Hospital y, antes de eso, cuando había partido a la Tierra Prometida, e incluso antes, cuando había entrado al servicio de Felipe de Alsacia, y aún más atrás, cuando había abandonado… ¿qué?, ¿a quién? No lo recordaba. ¿A qué antes, a qué tiempo pasado había que ir para encontrar la paz? ¿Existía esa paz realmente en algún sitio? ¿Y la rabia? La rabia, a decir verdad, no se había extinguido. Era como esos fuegos que parecen reducirse en el hogar, que menguan hasta hacerse cenizas, y luego llega un soplo de viento, unas ramitas que caen, una mano que atiza las brasas, y la llama vuelve a surgir con fuerza. Bajo la ceniza había una brasa. Todavía incandescente. Estaba dormida, y la habían despertado, y alimentado luego.

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