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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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– Es posible, pero tiene cuarenta días. Le doy un voto de confianza; no nos traicionará y partirá por sí mismo a Francia dentro de cuarenta días.

– ¡Ya ha traicionado a Dios!

– Los caminos del Señor son inescrutables.

La conversación tomaba un rumbo desagradable. El rostro de Beaujeu se ensombreció. No tenía ganas de entablar una disputa con el hermano capellán, que en cierto modo era allí como el legado del Papa. Un personaje importante.

– Noble y buen hermano -dijo suavemente el hermano comendador-, permitidme únicamente que os recuerde lo que decía el inspirador de nuestra orden, san Agustín: «Muchos de los que se creen dentro de la Iglesia están fuera de ella, y muchos de los que se creen fuera están dentro». Concedamos a Morgennes estos cuarenta días de tregua. Por otra parte, me pregunto si no le resultarán más difíciles de vivir que los años de encierro que le esperan en Francia.

Unos hermanos entraron entonces por la puerta de las cocinas. Venían a servir la colación de la mañana, que los hermanos de Provenza, Francia e Inglaterra, los más numerosos en el Krak de los Caballeros, serían los primeros en tomar. Justo después se ofrecería un segundo servicio para las otras lenguas. En ese momento, una voz de arpía se elevó del patio del castillo, no lejos de la capilla.

– ¡Morgennes es mío! -gritaba-. ¡No tenéis derecho a quitármelo!

Los hermanos comendador y capellán se apresuraron a acercarse al origen de los chillidos, seguidos por sus sirvientes, escuderos, hermanos sargentos y clérigos.

En el patio, el sol brillaba con tanta fuerza que todo el mundo caminaba con la cabeza gacha. Pero Femia -pues de ella se trataba- no parecía preocuparse por eso. Masada trataba de calmarla utilizando alternativamente el sarcasmo y los cumplidos.

Después de todo, Morgennes era suyo, aunque lo hubiera pagado con las joyas de su mujer.

– ¿Qué ocurre ahora? -preguntó el hermano comendador.

– Mi esposa pretende que no tenéis derecho a enviar a Morgennes a Francia y dice que le pertenece -respondió Masada.

– ¡Mis joyas! -berreó Femia-. ¡Di todas mis joyas para tenerlo!

– No debisteis pagar tanto por Morgennes -dijo Beaujeu-. Como máximo se podía ofrecer un cuchillo de armas y un talabarte, es la regla.

– ¡Es mío! -dijo Femia-. ¡En Damasco, lo compré en Damasco!

– Él solo pertenece a Dios y al Hospital durante el tiempo de su breve estancia en la tierra -cortó secamente el hermano capellán-. ¡Al entrar en el Hospital, él mismo se dio a nuestra orden, a Dios y a Nuestra Señora! ¿Quién sois vos a su lado para querer recuperarlo?

– Si queréis, la orden puede compensaros -dijo el hermano comendador, tratando de mostrarse conciliador-. ¿Cuánto pagasteis por él?

– ¡Todas mis joyas! -tronó Femia-. ¡Y mi marido dejó que ese mercader del demonio pusiera sus manos sobre mí y se sirviera por sí mismo!

– ¡Le dejó una! -protestó Masada.

– ¿Cien besantes bastarán para compensaros?

– ¡Quiero mis joyas! ¡Quiero a Morgennes! -aulló Femia.

– Que vayan a buscar cien besantes en joyas al tesoro -ordenó el hermano comendador a su escudero-.Traédmelas rápido, a ver si esta buena mujer se calma.

– Perdonadme, noble y buen hermano comendador -se atrevió a decir Masada-, pero, si me permitís, sobre mi mujer había mucho más que cien besantes de joyas. ¡Lo sé bien porque fui yo quien se las regaló! Además, el hermano Morgennes me aseguró que me daríais más de cien veces lo que gasté en comprarlo…

– ¿No sois vos ese mercader judío llamado Masada que comerciaba con reliquias en Nazaret y que los templarios buscan por haberse atrevido a ocultar, no solo a ellos sino también al arzobispo de Jerusalén, el hallazgo del asno de Pedro el Ermitaño?

– Cien besantes de oro estará muy bien -se apresuró a decir Masada con voz melosa-. Es perfecto, del todo suficiente. Tal vez sea incluso excesivo.

– Digamos, pues, ochenta besantes de oro…

– Ochenta besantes de oro, muy bien -dijo Masada, a la vez disgustado, incómodo y avergonzado.

– Judíos -comentó el hermano capellán-, nunca pueden dejar de discutir el precio…

Masada y Beaujeu hicieron como si no lo hubieran oído.

El asunto parecía arreglado, cuando el hermano enfermero se presentó ante Beaujeu.

– Noble y buen hermano comendador, Raimundo de Trípoli ha despertado -anunció.

– Me alegra saberlo -dijo Beaujeu.

– Pero está muy mal. Respira con gran dificultad y su cuerpo está de tal modo bañado en sudor que hemos tenido que cambiarle las sábanas. He tratado de aliviarlo escarificándolo hasta ponerlo blanco, pero no ha mejorado. He hecho que quemaran incienso en su habitación para purificar el aire y he ordenado a seis de nuestros hermanos que se releven continuamente en la capilla para rogar por él. Hay que temer lo peor. Ah, y ha reclamado vuestra presencia.

– ¿Quiere verme?

– Bien, en realidad ha reclamado a Morgennes. Le he dicho que solo vos podíais permitirle verlo. Entonces ha pedido por vos.

– Id a buscar a Morgennes, yo voy con Trípoli.

Beaujeu salió, pues, en dirección a la pequeña habitación que el señor de Trípoli ocupaba con su mujer y las cuatro hijas que ella había tenido de su primer matrimonio.

Trípoli estaba tendido en la cama, con su mujer -la condesa Eschiva- de pie a su lado, con las manos cruzadas sobre el vestido de franjas bordadas de oro. Habían llegado de Tiro varias semanas antes, con muchas de sus gentes que se preparaban para la guerra. Porque el combate no había terminado: bajo el mando de Conrado de Montferrat, el hijo del viejo marqués Guillermo de Montferrat, Tiro levantaba la cabeza y desafiaba a Saladino.

– Condesa -saludó Beaujeu al entrar en la habitación, una de las mejor decoradas del castillo.

Aun sin ser confortable, el aposento se había equipado en lo posible con todo lo necesario para hacerlo agradable a un matrimonio habituado a las comodidades y las riquezas. Por lo demás, Eschiva y Raimundo de Trípoli, al contrario que tantos otros barones y condes de Tierra Santa, se preocupaban bastante poco del lujo. Una alfombra de juncos cubría el suelo y pesadas colgaduras adornaban los muros. En un rincón, un perro dormía sobre un jergón. A veces, en su sueño, gemía y se rascaba vigorosamente.

Raimundo de Trípoli estaba tan pálido que sus cabellos blancos parecían grises. Su mirada era la de un hombre agotado y brillaba con un resplandor húmedo, reflejo de su estado febril.

– Hermano comendador… -empezó con voz apagada.

Pero Beaujeu le indicó que no hacía falta que hablara, que ya sabía.

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