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Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]

Электронная книга - «Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]». Краткое содержание книги:

El inefable Miles Vorkosigan se encuentra en esta ocasión en la Tierra, sin dinero y con los dolores de cabeza que le da el interpretar a dos personajes a la vez con sus respectivos enemigos. La situación se complica cuando algunos de sus hombres organizan un escándalo en una tienda de licores cuando la máquina no les acepta la tarjeta de crédito. Por culpa de una periodista perspicaz Miles se ve obligado a dar una nueva vuelta de tuerca en su farsa: decide que su otra identidad es en realidad un clon suyo, y engaña a la periodista. Sin embargo, lo que no se podía esperar es que realmente un clon suyo estuviera dispuesto a reemplazarle.
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—Ah, investigador Reed —le sonrió cálidamente Elli cuando entraron—. Volvemos a vernos.

Una breve mirada sirvió para comprobar que el investigador Reed estaba solo. Miles aclaró un retortijón de pánico en su garganta.

—El investigador Reed se encarga de ese desagradable incidente en el espaciopuerto, señor —explicó Elli, confundiendo su tos con una solicitud de explicaciones y adoptando un tono profesional—. Investigador Reed, el almirante Naismith. Tuvimos una larga charla en mi último viaje aquí.

—Ya veo —dijo Miles. Mantuvo una expresión amable y neutral.

Reed lo miraba de arriba abajo.

—Increíble. ¡Así que es usted de verdad el clon de Vorkosigan!

—Prefiero considerarlo mi hermano gemelo apartado. Por lo común, procuramos mantenernos lo más lejos posible el uno del otro. Así que ha hablado usted con él.

—Un poco. No me ha parecido muy cooperativo —Reed miraba con incertidumbre a Miles y a Elli y a los dos barrayareses uniformados—. Cerrado. Bastante desagradable, más bien.

—Sí, lo imagino. Le estaba usted pisando un callo. Es bastante sensible en lo que a mí respecta. Prefiere que no le recuerden mi embarazosa existencia.

—¿Sí? ¿Por qué?

—Rivalidad de hermanos —improvisó Miles—. He llegado más lejos que él en la carrera militar. Se lo toma como un reproche, un desmérito de sus propios logros tan perfectamente razonables…

«Dios mío, que alguien me saque de este lío.» La mirada de Reed se volvía penetrante.

—Al grano, por favor, almirante Naismith —gruñó el capitán Galeni.

«Gracias.»

—Cierto. Investigador Reed, no pretenderé que Vorkosigan y yo seamos amigos, ¿pero de dónde sacaron esa curiosa idea de que fue él quien trató de orquestar mi muerte?

—Su caso no ha sido fácil. Los dos presuntos asesinos —Reed miró a Elli—, eran un callejón sin salida. Así que seguimos otra pista.

—No sería la de Lise Vallerie, ¿verdad? Me temo que soy culpable de haberla desviado un poco del camino. Tengo un curioso sentido del humor, me temo. Es un defecto…

—… que todos debemos soportar —murmuró Elli.

—Consideré interesantes las sugerencias de Vallerie, no concluyentes —dijo Reed—. En casos pasados he descubierto que es una investigadora cuidadosa por propio derecho, que no se deja detener por ciertas reglas de orden que entorpecen, digamos, mi trabajo. Y resulta muy valiosa a la hora de transmitir asuntos de interés.

—¿Qué está investigando ahora? —inquirió Miles.

Reed le dirigió una mirada neutra.

—La clonación ilegal. Tal vez pueda usted darle algunas indicaciones.

—Ah… me temo que mis experiencias llevan unas dos décadas pasadas de moda para sus objetivos.

—Bueno, no se puede tener todo. En este caso la pista fue bastante objetiva. Se vio a un coche aéreo salir del espaciopuerto a la hora del atentado; pasó ilegalmente a través de un control de tráfico. Lo seguimos hasta la embajada barrayaresa.

«El sargento Barth.» Galeni parecía a punto de escupir; Ivan adoptó esa expresión agradable y ligeramente bobalicona que en el pasado había descubierto tan útil para evadir cualquier acusación de responsabilidad.

—Oh, eso —dijo Miles tranquilamente—. Fue simplemente la tediosa vigilancia que Barrayar me hace. Con toda sinceridad, la embajada de la que yo sospecharía es la cetagandana. Recientes operaciones dendarii en su zona de influencia, muy lejos de su jurisdicción, les molestaron enormemente. Pero no es una acusación que pueda demostrar, y por eso me contenté con dejar el trabajo a su gente.

—Ah, el famoso rescate de Dagoola. He oído hablar de ello. Un motivo de peso.

—De bastante más peso que la vieja historia que le conté a Lise Vallerie. ¿Resuelve eso los contratiempos?

—¿Y obtiene usted algo a cambio por este caritativo servicio a la embajada de Barrayar, almirante?

—¿Mi buena acción del día? No, tiene usted razón. Ya le he advertido sobre mi sentido del humor. Digamos que mi recompensa es suficiente.

—Nada que pudiera ser considerado como obstrucción a la justicia, espero —Reed alzó las cejas.

—Yo soy la víctima, ¿recuerda? —Miles se mordió la lengua—. Mi recompensa no tiene nada que ver con el código penal de Londres, se lo aseguro. Mientras tanto, ¿puedo pedirle que entregue al pobre teniente Vorkosigan a la custodia, digamos, de su oficial al mando, el capitán Galeni, aquí presente?

La cara de Reed era un retrato de la suspicacia, se había redoblado su desconfianza. «¿Qué ocurre, maldición? —se preguntó Miles—. Se supone que le estoy haciendo la rosca…»

Reed alzó las manos, se echó atrás e inclinó la cabeza.

—El teniente Vorkosigan se ha marchado con un hombre que se presentó como capitán Galeni hace una hora.

—Aaah… —dijo Miles—. ¿Un hombre mayor vestido de civil? ¿Pelo gris, grueso?

—Sí.

Miles tomó aire, sonriendo fijamente.

—Gracias, investigador Reed. No le haremos perder más su valioso tiempo.

De vuelta en el vestíbulo, Ivan dijo:

—¿Y ahora qué?

—Creo que es hora de regresar a la embajada. Y de enviar un informe completo al cuartel general —dijo el capitán Galeni.

«La urgencia por confesar, ¿eh?»

—No, no, nunca envíe informes en el ínterin —dijo Miles—. Sólo informes finales. Los informes en el ínterin tienden a desencadenar órdenes. Y entonces hay que obedecerlas o perder energías y un tiempo valiosísimo en evitarlas, en vez de resolver el problema.

—Una interesante filosofía de mando. Debo recordarla. ¿La comparte usted, comandante Quinn?

—Oh, sí.

—Los mercenarios dendarii deben de ser una organización fascinante con la que trabajar.

—Así lo creo —dijo Quinn sonriendo.

12

Regresaron de todas formas a la embajada: Galeni decidido a poner en marcha a su personal para que emprendiera una investigación a fondo sobre el oficial correo, ahora altamente sospechoso; Miles para ponerse un uniforme barrayarés y dejar que el médico le atendiera bien la mano. Si quedaba un momento libre en su vida después de que se solucionara aquel lío, reflexionó Miles, quizá sería mejor que se tomara algún tiempo para que sustituyeran por sintéticos los huesos y articulaciones de sus brazos y manos, no sólo los de las piernas. Operarse las piernas había resultado doloroso y tedioso, pero demorar la operación de los brazos no iba a mejorar nada. Y desde luego no podía pretender que todavía iba a seguir creciendo.

Algo alicaído por estos pensamientos, salió de la clínica de la embajada y bajó al subnivel de seguridad. Encontró a Galeni sentado solo ante su comuconsola tras haber cursado un hervidero de órdenes que enviaron a sus subordinados en todas direcciones. Las luces del despacho eran tenues. Galeni tenía los pies apoyados en la mesa, y Miles pensó que habría preferido sostener en la mano una botella de alguna fuerte bebida alcohólica antes que el lápiz óptico al que no paraba de dar vueltas y más vueltas.

Galeni sonrió débilmente, se sentó bien y dio un golpecito con el lápiz sobre la mesa cuando Miles entró.

—He estado reflexionando, Vorkosigan. Me temo que tal vez no podamos evitar llamar a las autoridades locales.

—Ojalá no hiciera eso, señor. —Miles acercó una silla y se sentó a horcajadas, apoyando los brazos en el respaldo—. Implíquelos, y las consecuencias escaparán a nuestro control.

—Ahora hará falta un pequeño ejército para encontrar a esos dos en la Tierra.

—Yo tengo un pequeño ejército —le recordó Miles—, y acaba de demostrar su efectividad para este tipo de cosas, creo.

—Ja. Cierto.

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