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Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]

Электронная книга - «Hermanos de armas [Brothers in Arms - es]». Краткое содержание книги:

El inefable Miles Vorkosigan se encuentra en esta ocasión en la Tierra, sin dinero y con los dolores de cabeza que le da el interpretar a dos personajes a la vez con sus respectivos enemigos. La situación se complica cuando algunos de sus hombres organizan un escándalo en una tienda de licores cuando la máquina no les acepta la tarjeta de crédito. Por culpa de una periodista perspicaz Miles se ve obligado a dar una nueva vuelta de tuerca en su farsa: decide que su otra identidad es en realidad un clon suyo, y engaña a la periodista. Sin embargo, lo que no se podía esperar es que realmente un clon suyo estuviera dispuesto a reemplazarle.
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Elli se acercó a Miles y Galeni, sacando un sensor sónico de su oído.

—Dioses, Miles, no podía creer que fuera tu voz. ¿Cómo has hecho eso? —al ver su aspecto, una expresión de extremo disgusto asomó a su cara.

Miles capturó sus manos y las besó. Un saludo militar habría sido más adecuado, pero su adrenalina estaba aún bombeando y esto era más sentido. Además, no iba de uniforme.

—¡Elli, eres un genio! ¡Tendría que haber sabido que el clon no te engañaría!

Ella se lo quedó mirando, casi retrocediendo, la voz agudizada hasta el punto de ruptura.

—¿Qué clon?

—¿Cómo que qué clon? Por eso estás aquí, ¿no? Metió la pata… y has venido a rescatarme, ¿no?

—¿Rescatarte de qué? Miles, me ordenaste hace una semana que encontrara al capitán Galeni, ¿recuerdas?

—Oh —dijo Miles—. Sí. Eso hice.

—Y eso hicimos. Llevamos toda la noche vigilando esta zona de edificios, esperando captar un análisis positivo de voz suyo, para poder notificarlo a las autoridades locales. No les gustan las falsas alarmas. Pero cuando finalmente apareció en los sensores, pareció que sería mejor no esperar a las autoridades, así que corrimos el riesgo… no creas que no se me pasaron por la cabeza visiones de dendarii arrestados en masa por irrupción ilegal…

Un sargento dendarii se acercó y saludó.

—Maldición, señor, ¿cómo lo hace? —continuó caminando mientras consultaba un escáner, sin esperar respuesta.

—Sólo para descubrir que habías llegado antes que nosotros.

—Bueno, en cierto modo, sí…

Miles se frotó la frente dolorida. Galeni se rascó la barba sin hacer ningún comentario. Galeni sabía callar a voces.

—¿Recuerdas hace tres o cuatro noches, cuando me llevaste para que fuera secuestrado y así infiltrarme en la oposición y descubrir quiénes eran y qué querían?

—Sí…

—Bueno —Miles inspiró profundamente—, funcionó. Enhorabuena. Acabas de convertir un absoluto desastre en una importante acción de inteligencia. Gracias, comandante Quinn. Por cierto, el tipo con el que saliste de aquella casa vacía… no era yo.

Elli abrió los ojos de par en par. Se acercó una mano a la boca. Entonces las oscuras pupilas se estrecharon en furiosa reflexión.

—Hijo de puta —jadeó—. ¡Pero Miles… creía que la historia del clon era algo que te habías inventado!

—Eso hice. Espero que haya desarmado a todo el mundo.

—¿Había… hay un clon de verdad?

—Eso dice él. Las huellas dactilares, retinales y de voz son iguales. Hay, gracias a Dios, una diferencia objetiva. Si radiografían mis huesos encontrarán un enloquecido pespunte de roturas antiguas, a excepción de en mis piernas sintéticas. Sus huesos no tienen ninguna. O eso dice él —Miles se sujetó la mano izquierda, dolorida—. Creo que me dejaré la barba de momento, por si acaso.

Miles se volvió hacia el capitán Galeni.

—¿Cómo nos encargaremos… se encargará Seguridad Imperial de esto, señor? —dijo, deferente—. ¿Quiere que llamemos a las autoridades locales?

—Oh, así que soy otra vez «señor», ¿eh? —murmuró Galeni—. Claro que llamaremos a la policía. No podemos extraditar a esa gente. Pero ahora que son culpables de un crimen cometido aquí en la Tierra, las autoridades de Euroley los detendrán por nosotros. Será el fin de todo este grupúsculo radical.

Miles contuvo la impaciencia y procuró que su voz fuese fría y lógica.

—Pero un juicio público revelaría toda la historia del clon al detalle. Atraería un montón de atención no deseada hacia mí, desde el punto de vista de Seguridad. Incluyendo, puede estar seguro, la atención cetagandana.

—Es demasiado tarde para echar tierra a todo esto.

—No estoy tan seguro. Sí, los rumores vuelan, pero unos cuantos rumores suficientemente confusos resultan muy útiles. Esos dos —Miles señaló a los guardias capturados—, no son peces gordos. Mi clon sabe mucho más que ellos, y ya ha regresado a la embajada. Que es, legalmente, suelo barrayarés. ¿Para qué los necesitamos? Ahora que le hemos recuperado a usted, y tenemos al clon, el plan carece de validez. Mantenga vigilado a este grupo como al resto de los expatriados komarreses aquí en la Tierra, y ya no supondrán ningún peligro para nosotros.

Galeni lo miró a los ojos, luego apartó la vista, el pálido perfil tenso por el significado tácito de aquello: «Y su carrera no se verá comprometida por un escándalo público. Y no tendrá que enfrentarse a su padre.»

—Yo… no sé.

—Yo sí —dijo Miles, confiado. Hizo un gesto a un dendarii cercano—. Sargento. Suba con un par de técnicos y vacíe los archivos de la comuconsola de estos tipos. Haga un repaso rápido en busca de archivos secretos. Y ya que está en ello, registre la casa a ver si hay un par de artilugios antiescáner personal en forma de cinturón; deben de estar guardados en alguna parte. Llévelos al comodoro Jesek y dígale que quiero encontrar al fabricante. En cuanto indique usted que todo está despejado, nos marchamos.

—Vaya, eso sí que es ilegal —observó Elli.

—¿Qué van a hacer, ir a la policía y quejarse? Creo que no. Ah… ¿quiere dejar algún mensaje en la comuconsola, capitán?

—No —dijo Galeni en voz baja después de un instante—. Nada de mensajes.

—Bien.

Un dendarii aplicó primeros auxilios al dedo roto de Miles y le anestesió la mano. El sargento regresó en menos de media hora, con los cinturones antiscan colgando del hombro, y le entregó un disco de datos.

—Aquí tiene, señor.

—Gracias.

Galen no había regresado aún. Visto el panorama, Miles consideraba eso un añadido.

Se arrodilló junto al komarrés que estaba aún consciente, y acercó un aturdidor a su sien.

—¿Qué va a hacer? —croó el hombre.

Los labios resquebrajados de Miles se distendieron en una sonrisa que empezó a sangrar.

—Vaya, aturdirte por supuesto, llevarte a la costa sur y tirarte. ¿Qué si no? Buenas noches.

El aturdidor zumbó, y el komarrés pataleó y se derrumbó. El soldado dendarii le soltó las ligaduras y Miles dejó a los dos guardias tendidos uno al lado del otro en el suelo. Salieron y cerraron con cuidado las puertas del garaje.

—De vuelta a la embajada, pues, y crucifiquemos al pequeño bastardo —dijo Elli Quinn sombría, solicitando la ruta a su destino en la consola del coche alquilado. El resto de la patrulla se retiró a ocupar posiciones encubiertas.

Miles y Galeni se acomodaron. Galeni parecía tan agotado como se sentía Miles.

—¿Bastardo? —suspiró—. No. Me temo que eso es lo que no es.

—Crucifiquémoslo primero —murmuró Galeni—. Definámoslo después.

—De acuerdo —dijo Miles.

—¿Cómo entraremos? —preguntó Galeni mientras se acercaban a la embajada.

—Sólo hay una manera —dijo Miles—. Por la puerta principal. Desfilando. Adelante, Elli.

Miles y Galeni se miraron e hicieron una mueca. La barba de Miles iba por detrás de la de Galeni (después de todo, el capitán le llevaba cuatro días de ventaja), pero los labios partidos, las magulladuras y la sangre seca de su camisa lo compensaban, calculó Miles. Su sensación general de total degradación aumentó. Además, Galeni había encontrado las botas y la chaquetilla de su uniforme en la casa de los komarreses, y Miles no. El clon se las había llevado, tal vez. Miles no estaba seguro de cuál de ellos olía peor (Galeni llevaba más tiempo encarcelado, pero Miles opinaba que había sudado más), y no iba a pedirle a Elli Quinn que olisqueara y los calificara. Por los labios torcidos de Galeni y las arrugas de sus ojos, Miles supuso que debía de estar experimentando la misma reacción retardada de enloquecido alivio que burbujeaba en su propio pecho. Estaban vivos, y era un milagro y una maravilla.

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