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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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Leonardo era un prisionero modelo. Bastaba con darle suficiente madera, alambre, pintura y por encima de todo papel y lápices, y ya ni se le ocurría moverse del sitio.

El patricio hizo a un lado una pila de dibujos y se sentó.

—Son buenos —dijo—. ¿Qué son?

—Oh, son mis historietas —dijo Leonardo.

—Aquí hay una muy buena del muchachito con su cometa colgando de un árbol —dijo lord Vetinari.

—Gracias. ¿Puedo prepararos un poco de té? Me temo que últimamente no veo a mucha gente, aparte del hombre que engrasa las bisagras.

—He venido a…

El patricio se detuvo y empujó uno de los dibujos con la punta de un dedo.

—Hay un trozo de papel amarillo pegado a este —dijo con suspicacia. Tiró de él. El papelito amarillo se desprendió del dibujo con un tenue ruido de succión, y luego se le quedó pegado a los dedos. En la nota, escrita con la angulosa caligrafía hacia atrás de Leonardo, se leían las palabras: «ranoicnuf-ecerap-otsE: atoN».

—Ah, estoy bastante satisfecho de eso —dijo Leonardo—. Lo llamo «Papelito-muy-útil-para-hacer-anotaciones-con-cola-que-se-despega-en-cuanto-quieres».

El patricio estuvo jugando con él durante unos momentos.

—¿De qué está hecha la cola?

—La hago con babosas hervidas.

El patricio se quitó el papel de una mano. Se le quedó pegado a la otra.

—¿Veníais a verme por eso? —preguntó Leonardo.

—No. He venido a hablar contigo acerca del debólver —dijo lord Vetinari.

—Oh, vaya. Lo siento mucho.

—Me temo que ha… escapado.

—Cielos. Creía que dijisteis que os habíais librado de él.

—Se lo di a los asesinos para que lo destruyeran. Después de todo, siempre se enorgullecen mucho de la calidad artística de su trabajo. Deberían sentirse horrorizados ante la idea de que cualquiera pueda disponer de esa clase de poder. Pero esos malditos imbéciles no lo destruyeron. Pensaron que podrían tenerlo guardado. Y ahora lo han perdido.

—¿No lo destruyeron?

—Aparentemente no, los muy imbéciles.

—Y vos tampoco. Me pregunto por qué.

—Yo… ¿Sabes que no lo sé?

—Nunca hubiese debido crearlo. Fue una mera aplicación de ciertos principios. Balística, ya sabéis. Simple aerodinámica. Potencia química. Una aleación bastante buena, aunque sea yo mismo el que lo diga. Y estoy bastante orgulloso de la idea de ir alternando los tubos. Tuve que hacer una herramienta bastante complicada para eso, por cierto. ¿Leche? ¿Azúcar?

—No, gracias.

—Confío en que la gente lo estará buscando, ¿no?

—Los asesinos lo están buscando. Pero no lo encontrarán. No piensan de la manera apropiada —dijo el patricio, cogiendo un montón de esbozos del esqueleto humano. Eran extremadamente buenos.

—Oh, cielos.

—Así que estoy confiando en la Guardia.

—Supongo que os referís a ese capitán Vimes del que me habéis hablado.

Lord Vetinari siempre disfrutaba de sus ocasionales conversaciones con Leonardo, quien siempre se refería a la ciudad como si fuera otro mundo.

—Sí.

—Espero que le hayáis dejado clara la importancia de la tarea.

—En cierto modo. Le he prohibido de la manera más categórica que la lleve a cabo. Dos veces.

Leonardo asintió.

—Ah. Creo que… comprendo. Espero que funcione.

Suspiró.

—Supongo que hubiese debido desmantelarlo, pero… estaba tan claro que era una cosa hecha. Tuve la extraña fantasía de que me limitaba a montar algo que ya existía. A veces me pregunto de dónde saqué la idea. Desmantelarlo me parecía… no sé… como un sacrilegio, supongo. Habría sido como desmantelar a una persona. ¿Os apetece una pasta?

—A veces es necesario desmantelar a una persona —dijo lord Vetinari.

—Eso es una manera de verlo, por supuesto —dijo Leonardo da Quirm educadamente.

—Has mencionado el sacrilegio —dijo lord Vetinari—. Normalmente eso lleva aparejados dioses de alguna clase, ¿no?

—¿Utilicé la palabra? No consigo imaginarme a un dios de los debólveres.

—Resulta bastante difícil, sí.

El patricio se removió nerviosamente, tendió la mano hacia atrás por debajo de él y extrajo un objeto.

—¿Qué es esto? —dijo.

—Oh, me preguntaba adónde había ido a parar —dijo Leonardo—. Es un modelo de mi máquina para-emprender-el-vuelo-girando.[20]

Lord Vetinari empujo el pequeño rotor con el dedo.

—¿Funcionaría?

—Oh, sí —dijo Leonardo. Suspiró—. Siempre que se pueda encontrar a un hombre dotado de la fuerza de diez hombres que pueda hacer girar la manivela a unas mil revoluciones por minuto.

El patricio se relajó, de una manera que solo entonces atrajo una leve atención hacia el momento de tensión anterior.

—Ahora en esta ciudad hay un hombre con un debólver —dijo—. Ya lo ha empleado con éxito en una ocasión, y estuvo a punto de salirse con la suya en la segunda. ¿El debólver lo podría haber inventado cualquiera?

—No —dijo Leonardo—. Yo soy un genio.

Lo dijo como si tal cosa, limitándose a exponer la realidad.

—Entendido. Pero una vez que se ha inventado un debólver, Leonardo, ¿de cuánta cantidad de genio necesita disponer alguien para hacer el segundo?

—La técnica de alternancia de los tubos requiere una precisión considerable, y el mecanismo de percusión está delicadamente equilibrado, y naturalmente el extremo del cañón tiene que ser muy… —Leonardo vio la expresión del patricio y se encogió de hombros—. Tiene que ser un hombre listo —dijo.

—Esta ciudad está llena de hombres listos —dijo el patricio—. Y de enanos. Hombres listos y enanos a los que les encanta trastear con las cosas.

—Lo siento muchísimo.

—Pero nunca piensan.

—Cierto.

Lord Vetinari se recostó en la pared y contempló la claraboya.

—Hacen cosas como abrir el Bar de Pescado Para Llevar Tres Propicia Suerte, justo allí donde estaba el antiguo templo de la calle Dragón, precisamente durante la noche del solsticio de invierno y cuando además da la casualidad de que hay luna llena.

—Sí, me temo que la gente es así.

—Nunca llegué a averiguar qué fue del señor Hong.

—Pobre hombre.

—Y luego están los magos. Trastear, trastear, trastear. Nunca se lo piensan dos veces antes de agarrar un hilo de la textura de la realidad y darle un buen tirón.

—Un auténtico escándalo, cierto.

—¿Los alquimistas? Su idea del deber cívico es mezclar las cosas para ver qué ocurre.

—Oigo las explosiones, incluso aquí.

—Y de pronto, naturalmente, aparece alguien como tú…

—Lo siento muchísimo, de verdad.

Lord Vetinari hizo girar el modelo de máquina voladora entre sus dedos.

—Sueñas con volar —dijo.

—Oh, sí. Entonces los hombres serían libres de verdad. Desde el aire, no hay límites ni fronteras. No podría haber más guerra, porque el cielo es inacabable. Cuan felices seríamos, solo con que pudiéramos volar.

Vetinari seguía dando vueltas y más vueltas a la máquina de volar.

—Sí —dijo—, me atrevo a decir que lo seríamos.

—Probé suerte con los mecanismos de cuerda.

—¿Cómo dices? Perdona, estaba pensando en otra cosa.

—Me refería a usar un mecanismo de cuerda para impulsar mi máquina de vuelo. Pero no funcionaría.

—Oh.

—Por mucho que uno lo tense, hay un límite a la potencia de un resorte.

—Oh, sí. Sí. Y además lo normal es que al tensar un resorte en una dirección, todas sus energías se liberarán en sentido contrario. Y a veces hay que tensar el resorte hasta el límite de su resistencia —dijo Vetinari—, y rezar para que no se rompa.

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20

A estas alturas probablemente ya habrá quedado claro que, aunque Leonardo da Quirm era el mayor genio tecnológico de su época, también tenía un poco de Detritus cuando se trataba de inventar nombres.

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