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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Hoy día, por ejemplo, sabemos que el comunismo soviético se derrumbó debido, primero que nada, a su debilidad interna. Era una situación relacionada directamente con la verdad, con la mentira, con la memoria. Era un régimen obsesionado por la censura, aterrado frente a cualquier transparencia, experto en maquillajes del presente y del pasado. Las cosas que ocurrían y que habían ocurrido eran terribles, y siempre se presentaba hacia el exterior una fachada sonriente, beata, iluminada por los rayos de un sol de pintura kitsch. En una fotografía veíamos a José Stalin junto a León Trotsky en una plaza pública o en un balcón municipal. Caía en desgracia Trotsky y pronto desaparecía la fotografía. Había laboratorios especializados en estas materias, en estas artesanías del olvido oficial. A cada rato había que modificar los almanaques, las enciclopedias, los archivos. Hasta una fecha determinada de la década del treinta, Bujarin era un héroe de la revolución. Después de esa fecha, la historia, los archivos, las enciclopedias se escribían de nuevo. Bujarin había pasado a ser un miserable, un traidor o una persona no persona. En Cuba, por mucho que les duela a mis amigos fidelistas, tenemos que reconocer que no lo hacen nada de mal. Han tomado el relevo del stalinismo con notable eficacia. ¿Qué habrán hecho con las tiradas siguientes de las enciclopedias oficiales (y todas, desde luego, son oficiales): el general Ochoa, el novelista Jesús Díaz? ¿con qué prisa las habrán cambiado? ¿Habrán dejado de existir, o se habrán convertido en delincuentes, en bestias negras?

El astuto lector sabe muy bien adonde voy. Comienza citando a Luis de Camoes con aparente inocencia, se dice el astuto lector, y después, de acuerdo con su mala costumbre, se mete en las patas de los caballos. El lector chileno, después de su experiencia de los últimos veinte años, ha aprendido a leer entre líneas y hasta debajo de las líneas. ¿Seria humillante para el Ejército admitir que algunos de sus miembros cometieron excesos, atropellos, brutalidades, o seria más bien, como ha declarado Sergio Bitar, un acto de grandeza? ¿Podemos hacer un simple borrón y cuenta nueva y amputar con toda tranquilidad nuestra memoria histórica, privar a los parientes de los desaparecidos, de los asesinados, y privarnos todos nosotros del conocimiento necesario, punto de partida de la reconciliación? "A grande dor das coisas que passaron", dice el verso de Camoes en su idioma original. ¡Qué verso!

Los países grandes, sólidos, cultos, son los que le tienen menos miedo a la memoria. Inglaterra, Francia, los Estados Unidos de este siglo, están llenos de memorias indiscretas, muchas veces dolorosas. El memorialismo es un género literario francés y anglosajón, de cuando en cuando alemán, italiano del siglo XVIII (Casanova, Goldoni), y notoriamente escaso en la tradición hispánica moderna. El miedo a la memoria es por desgracia muy nuestro, es una de nuestras carencias mas flagrantes. En mis tiempos de diplomático profesional, en la década del sesenta, salió un libro de un escritor francés sobre la Isla de Pascua. Trazaba un cuadro bastante oscuro, basado en datos y testimonios aparentemente sólidos, de lo que había sido nuestra administración de la isla en los años cuarenta y cincuenta. Nosotros decidimos que todo era mentira, que el autor del libro era un agente del colonialismo francés, y nos dedicamos a mandar desmentidos furibundos a los diarios de toda Francia. Nunca en mi vida he redactado tantos desmentidos y he convencido menos a los lectores. Recuerdo que Pablo Neruda, de paso por París, me hizo un comentario interesante. "Si esto le hubiera sucedido a Inglaterra, dijo, sería como si una mosca se hubiera posado en la piel de un elefante; pero nosotros somos chicos, provincianos, asustadizos, y estamos tratando de matar a la pobre mosca a punta de cañonazos…"

No se trata, en el caso de los derechos humanos, de reconocer una culpabilidad unilateral. Nosotros pasamos por una época de confusión, de delirio ideológico, de disparate. El asunto comenzó en la mente, en un estado generalizado de intolerancia, en una incesante y agotadora guerrilla intelectual, y terminó por reflejarse en los hechos. La violencia mental, verbal, que era la atmósfera que todos respirábamos, tenía que conducir a la violencia pura y simple. El tejido político se destruyó con notable rapidez y el Ejército, al final de todo este proceso, entró a ocupar un vacío. Pensar que hubo un bando culpable y otro inocente es una ingenuidad, una visión inmadura de las cosas. Las Fuerzas Armadas ocuparon con una fuerza arrolladora, propia de todos los fenómenos de horror al vacío, el espacio político que se había deteriorado y se había destruido, y hubo excesos que volvieron irreconocible al país. Nos aseguraban que todo era mentira, que se trataba de una conspiración internacional, como en el caso del periodista francés y la Isla de Pascua, pero no nos convencían y no conseguían convencer a nadie.

Un borrón y cuenta nueva sin conocimiento, sin memoria, sin un juicio y una condena previos a cualquier amnistía o indulto, con un olvido forzado en lugar de un perdón auténtico, seria un paso mediocre, desprovisto de grandeza, propio, como decía Neruda, de país chico, asustadizo. Ya no estamos para eso. Estamos para dar un paso importante en la transición nuestra y acceder a una etapa mucho más madura. Es algo que cuadra con el interés bien entendido del Ejército y de todos nosotros.

Capítulos bolivianos

El escritor y diplomático chileno Salvador Reyes, con su cara distraída, remota, me comentó un día, en alguno de los pasillos del antiguo Ministerio de Relaciones: "¿Te has fijado que en las novelas de ciudades de Edwards Bello casi todo transcurre en otras ciudades y en otros lugares? El chileno en Madrid comienza en Lisboa y ya no sé dónde termina. Criollos en Paris tiene largos pasajes en las salas de juego de Montecarlo. Y el personaje de Valparaíso ocupa dos o tres capítulos en un viaje a Bolivia."

Supongo que en el Ministerio de ahora se habla de cosas más serias, o quizás menos serias. Vaya uno a saber. La literatura, en cualquier caso, no es un conocimiento tan inútil como creen los funcionarios de este mundo. Ahora se habla de nuevo de las relaciones de Chile con Bolivia, nunca fáciles, pero siempre llenas de posibilidades, y yo me digo que releer esos capítulos de la novela de Joaquín Edwards Bello seria instructivo para nuestros diplomáticos. El narrador, con su estilo nervioso, sincopado, rápido, exclama en algún momento que Bolivia es uno de los países más interesantes de América del Sur. Le toca pasar en la ciudad de La Paz el día de nuestra fiesta nacional, el 18 de septiembre, y pregunta por la Legación chilena. Le indican callejuelas que suben. La indicación es un tanto extraña; los barrios acomodados de La Paz se encuentran en los sectores más bajos. De todos modos, el narrador sigue las indicaciones. Se interna por callejuelas de aspecto sórdido. Llega por fin a una casa pintada de verde, exactamente de verde, cuyas persianas y portón están cerrados a machote. Toca el timbre y se demoran mucho en abrir. Le abre, por fin, una mujer bastante maquillada, de aspecto alegre. Ese día no trabajan, explica la mujer, pero tienen fiesta con arpa y con guitarras para celebrar el 18. El narrador, que se parece mucho a Joaquín y que pensaba llegar a la recepción oficial de su legación, no se hace de rogar para incorporarse al jolgorio. Es una celebración en familia, de puertas adentro, y se convertirá en uno de los episodios más simpáticos de ese viaje.

El capitulo no tiene nada que ver, al menos en apariencia, con el problema actual de nuestras relaciones con Bolivia, pero la verdad es que tiene mucho que ver. Eso de que las chilenas hayan ejercido la prostitución en Bolivia y en todos los países de más al Norte es un hecho histórico. En esa casona de los altos de La Paz la ejercían, por lo visto, con gracia y con una especie de complicidad amable de los vecinos. No eran mal miradas, puesto que la gente de la calle le dio las señas al personaje de Joaquín con evidente buena voluntad. A su modo, no eran malas representantes nuestras.

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