El whisky de los poetas
- Автор: Edwards Jorge
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:
La generación del antinorteamericano furibundo fue la mía. Ahora, instalado por una breve temporada en el corazón de la ciudad de Washington, me pregunto por esa actitud generacional, que sobrepasaba en muchos casos la razón crítica para transformarse en pasión y en dogma. "El origen del drama cubano", me dice un amigo de aquí, nacido en La Habana, pero radicado en los Estados Unidos desde los años de la segunda guerra mundial, "es el odio irracional hacia este país de gente como Fidel y Raúl Castro y el Che Guevara". El de ellos y el de tantos otros, me digo yo, pensativo. ¿Hasta que punto nuestra situación vital, nuestros destinos, resultaron determinados por aquellas emociones? En la década del cincuenta uno podía ser prosoviético, Proyugoeslavo, prochino, pro muchas otras cosas, pero, para no incurrir en una especie de censura implacable del ambiente, estaba obligado a ser incondicionalmente antiyanqui. Lo grave del asunto no consistía en la crítica: consistía en la incondicionalidad, en la necesaria suspensión del juicio. Era otra censura, una prisión mental, pero nosotros no teníamos conciencia de que lo fuera.
Mi primera observación al llegar a Washington, ciudad que visité por primera vez en el mes de diciembre de 1958, me lleva a comprobar que este país tenia una capacidad de cambio muchísimo mayor de lo que nosotros nos imaginábamos. Teníamos una sensibilidad aguzada para detectar sus defectos pero no sabíamos que ellos, los norteamericanos, también la tenían. Recuerdo un episodio concreto, que interpreté de un modo determinado a fines de 1958 y que ahora, con una perspectiva que ya es histórica, tengo que interpretar de una manera algo diferente, más matizada. Viajábamos alegremente desde la Universidad de Princeton, donde estudiaba Asuntos Públicos e Internacionales, para pasar las fiestas de fin de año en la capital. Éramos un grupo heterogéneo que se hacinaba en un Ford de segunda mano que había costado sesenta dólares. De repente el Ford cascarriento no quiso seguir. Llevábamos demasiadas horas corriendo a su velocidad máxima y el motor se había fundido. Lo empujamos hasta la orilla del camino y nos dirigimos hasta un paradero de buses comarcales. Eran lugares, vehículos, pasajeros, dignos de una historia del Sur de comienzos de siglo, una historia de Erskine Caldwell o de Sherwood Anderson. Pues bien, lo que me pareció entonces insólito y chocante fue que varios pasajeros de raza negra, algunos de edad avanzada, se pusieron de pie para cedernos sus asientos. Ninguno de nosotros aceptó, desde luego, pero el hecho era revelador. Al viajar desde Princeton hacia el Sur, nos habíamos acercado a las tierras de la discriminación racial. Eran épocas anteriores a la lucha por los derechos civiles, a la presidencia de Kennedy, a todo eso. Los guerrilleros de Fidel Castro entrarían a La Habana tres o cuatro días más tarde, pero tampoco podíamos imaginar las consecuencias futuras de esos hechos. En nuestro grupo había tres chilenos, un italiano y un norteamericano. Todos, incluido el estudiante de aquí, pensamos que el detalle revelaba la profunda injusticia dominante en los Estados Unidos. Algunos meses más tarde, cuando el movimiento de Fidel Castro empezó a mostrar sus tendencias contrarias a este país, todos los miembros de aquella expedición sentimos que la reacción de Cuba se justificaba plenamente.
Lo que compruebo ahora en las calles, en la universidad, en los restaurantes, en los espectáculos, es que la lucha en favor de los derechos de las minorías raciales, aunque no haya triunfado en forma absoluta, ha hecho progresos impresionantes, espectaculares. Después de las administraciones de John Kennedy y de Lyndon Johnson, la atmósfera racial de este país cambió en profundidad. El sistema mismo demostró una capacidad de cambio que nosotros, los de entonces, ni siquiera sospechábamos que tuviera. He viajado muchas veces al Brasil y siempre he comprobado, y lo he comentado con mis amigos brasileños, que la situación racial allá evoluciona y progresa mucho menos, si es que progresa algo, que la de acá. También es paradójico y triste observar que la Revolución que comenzaba en Cuba en esos mismos días, la que iniciaron esos guerrilleros juveniles y barbudos que entraban a La Habana, ahora está anquilosada, convertida en un anacronismo, demostrando en forma flagrante su incapacidad para transformarse desde adentro.
¿Servirá toda esta experiencia de una generación para que América Latina salga por fin del esquema fácil de los "antis", de las fobias, de los chivos emisarios? ¿O seguiremos pensando, en nuestra comodidad y en nuestra pereza, que la culpa de nuestros males radica entera en los demonios exteriores? A veces sospecho que Chile ya salió de esos recursos fáciles, de esas pasiones colectivas, que tienden más bien a debilitar el empleo de la razón crítica, pero la verdad es que todavía tengo serias dudas al respecto.
Reivindicación de Juan Emar
He dedicado una de mis clases en la Universidad de Georgetown a comentar un cuento de Juan Emar y otro de Felisberto Hernández. No todos los lectores han escuchado hablar, me imagino, de Juan Emar y de Felisberto Hernández. La memoria de Felisberto, sin embargo, junto con el nombre de José Lezama Lima, fueron reivindicados hace ya más de veinte años por Julio Cortázar. Juan Emar, en cambio, que tuvo la desgracia o el inconveniente de ser escritor chileno, no ha sido reivindicado por nadie o por casi nadie. Es cierto que Neruda le dedicó una página amable, pero en esa página se adivinaba más simpatía amistosa que verdadera admiración literaria. Y Vicente Huidobro, otro de los grandes amigos de Juan Emar (el seudónimo era una chilenización de la expresión francesa j'en ai marre, vale decir, "tengo lata, estoy deprimido"), estaba siempre muy atento frente a su propia persona y era más bien distraído con respecto a las personas que lo rodeaban.
Juan Emar es el seudónimo de Álvaro Yáñez o Pilo Yáñez, uno de los hijos del famoso don Eleodoro, fundador de periódicos, parlamentario, ministro de Estado y candidato eterno a la Presidencia de la República. Sospecho que Álvaro, Pilo, siempre padeció del síndrome de los hijos de padres con estatuas o con nombres de calles. Perteneció a la generación latinoamericana de la vanguardia, del París de entre las dos guerras, de la bohemia desatada y de la extravagancia en grande. ¿Cómo serian las reuniones y las conversaciones, en un café de la Place Blanche o en el Regence de Montparnasse, entre Pilo Yáñez y contertulios como Vicente Huidobro, Camilo y Maruja Mori, Acario Cotapos y el pintor Ortiz de Zárate, Lucho Vargas Rozas y Henriette Petit, César Vallejo, Juan Gris y Alberto Rojas Jiménez, quien ahora sólo es conocido por la elegía fúnebre que le dedicó Neruda, y que éste siempre describía como hundido en el humo del Regence, trasnochado y mal vestido, "un príncipe de la Bohemia"?
Mis alumnos leyeron con atención "El pájaro verde", cuento de Juan Emar, y "El balcón", de Felisberto Hernández. El uruguayo Hernández, desconocido en vida, pianista de cafés y de salas de cine mudo, está lleno de prestigio póstumo. Pronto se le dedicará un importante homenaje en la ciudad de Washington. Juan Emar, a pesar de algunos intentos más bien tímidos de reflotar su obra, está hundido en el más negro de los túneles. No sabemos si su obra conseguirá ver la luz del final, o si se quedará en la mitad del camino en condición de esqueleto. Sin embargo, el texto que leímos en clase tiene humor ácido, tiene una poderosa fantasía, tiene un ritmo seguro, y de pronto, por alguno de sus lados, un aire antiguo, casi mítico. Ese loro, el pájaro verde, anunciado por un cantante de tango del barrio de Montmartre, viene de muy lejos. Nació el 5 de mayo de 1821, ¡día de la muerte de Napoleón Bonaparte!, y murió el 16 de agosto de 1906, día del no menos legendario, al menos para la conciencia chilena, terremoto de Valparaiso. Después se transformó en loro embalsamado, como el célebre pajarraco de Un corazón sencillo de Gustave Flaubert, y sus hazañas, grotescas, violentas, insólitas, sólo comenzaron entonces.