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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Receta de lenguado Meunière

por Ximena Edwards

Para cuatro personas.

Ingredientes:

4 filetes de lenguado

10 centilitros de leche

30 gramos de harina

Sal, pimienta

Aceite de oliva

1 cucharada de jugo de limón

2 cucharadas de perejil picado

4 rodajas de limón sin cáscara

60 gramos de mantequilla

Preparación:

Remojar los filetes de lenguado en leche y pasarlos después por la harina salpimentada. Poner aceite de oliva en una sartén honda, aproximadamente 1/2 centímetro, y calentarlo a fuego vivo. Poner el pescado y dorarlo por ambos lados. Pasarlo a una fuente precalentada, espolvorearlo con un poco de pimienta y de perejil picado. Rociarlo con unas gotas de jugo de limón. Colocar encima las rodajas de limón. Cocer la mantequilla en la misma sartén, ahora sin el aceite, hasta que adquiere un tono dorado oscuro. Colocarla sobre el pescado.

La poesía y el cuento

Un columnista le recomienda a los políticos que lean poesía. No les recomienda poesía fácil. Les aconseja leer el Réquiem de Díaz-Casanueva, Venus en el pudridero de Eduardo Anguita, Residencia en la tierra de Pablo Neruda. El lenguaje de la poesía es la antípoda casi exacta del lenguaje de los políticos: es una palabra que se encierra en si misma, que se transforma y hace su propia crítica, que no pretende producir efectos en la realidad exterior. Y es así, sobre todo, en el caso de los libros citados. Si los políticos, en un extraño caso de conversión colectiva, se pusieran a leer esos libros, creaciones densas y extremas de nuestro mundo chileno, tendrían que hacer una pausa en sus agitados trajines, darse un respiro, tomar una distancia. No les haría ningún daño, desde luego. Un viejo cronista y ocasional poeta brasileño, Rubem Braga, había inventado una sección en una revista de Río de Janeiro. Título de la sección: "La poesía es necesaria”. La poesía es, en apariencia, la cosa más innecesaria del mundo, y es, sin embargo, porque las apariencias engañan, porque los extremos se tocan, un artículo de primera, de primerísima necesidad. Lo serio del asunto es que si una persona no comprende esta necesidad, sufre de una limitación que a su vez no comprende.

Si la poesía es necesaria, y aquí intervengo en calidad de abogado de mi propia causa, intentaré demostrar que la prosa narrativa, la novela, el cuento, también lo son. Empecé a escribir poesía en mi adolescencia, tuve un par de lectores admirativos en un patio de colegio, y después pasé a la prosa y descubrí el género del cuento. Publiqué mi primera colección de cuentos, El patio, en 1952, cuando todavía no había cumplido los 21 años de edad, y ahora, nada menos que cuarenta años después, he reincidido en el género con entusiasmo y con desvergüenza, sin reservas y sin prejuicios. Los editores, los agentes literarios, la gente del mundo de los libros, suelen ejercer alguna forma de presión sobre los autores para que escriban novelas en lugar de relatos breves. La novela es la forma moderna por excelencia de la expresión literaria. El cuento, que en esto se parece a la poesía, es una forma mucho más antigua. A diferencia de la poesía, en cambio, es un género que suele ser menospreciado, considerado subalterno, menor y para lectores menores, para niños.

Aquí intervienen elementos extremadamente sutiles. El origen del cuento parece encontrarse en la tradición oral y popular. El género exige ingenuidad, capacidad de asombro, de juego, de transformación rápida, inesperada, sorpresiva. Es una forma literaria relacionada con la infancia de los hombres y con la infancia del mundo. Precisamente ahí, en esos factores lúdicos e infantiles, reside el secreto de su necesidad. Cuando los seres humanos dejan de jugar, de conservar al niño que llevan adentro, perecen bajo toneladas de gravedad, de pomposidad, de tontería. Esto es algo que los políticos, precisamente, arropados en sus discursos, en sus ceremonias, en sus escenarios grises, no deberían olvidar nunca. Si leyeran más poesía y más cuentos, más palabras en apariencia inútiles y más historias en apariencia mentirosas, nos mentirían mucho menos. No sería tan fácil que se produjeran los hechos bochornosos y tontos que se han producido hace poco en la política criolla.

En alguna medida, la apuesta del escritor en el cuento es más arriesgada que la del novelista. La novela puede tener algunos baches, algunas digresiones más o menos inútiles, páginas más flojas que otras. En el cuento, como en la buena poesía, cada palabra y cada silencio, cada signo de puntuación, desempeñan una función completamente irremplazable. Es la marca de los orígenes, la huella de la oralidad de los primeros tiempos. Se ha dicho que el cuento, con su precisión, con su tensión, con su ritmo sostenido, es una lucha contra la muerte. Se ha dicho que esta obligado a ganar por knock out, así como la novela puede permitirse ganar sólo por puntos. Eso de la lucha contra la muerte tuvo una expresión muy concreta en el caso de Scheherazada, del sultán y de Las Mil y Una Noches. El sultán hacia degollar a la mañana siguiente a sus compañeras nocturnas de cama. Cada cuento de Scheherazada le permitía postergar el suplicio durante 24 horas. Si flaqueaba una sola mañana, si contaba una historia aburrida, perdía la cabeza. Los buenos cuentos mantuvieron a raya a la muerte y a la cimitarra del verdugo.

Reivindico, pues, el género, a pesar del predominio comercial, crítico, institucional, de la novela, y reincido en él sin complejos. Hace cuarenta años, el escenario unificador eran los patios de colegio y los patios de la infancia. El tema central, ahora, son las apariciones y desapariciones, las manifestaciones del Eterno Femenino, convertidas en fantasmas, fantasmas de carne y hueso, naturalmente. El Eterno Femenino que nos sostiene, nos ilumina, nos lleva hacia adelante, como decía el maestro Goethe. Cosas del tiempo, fantasías de la edad. Memoria tramposa que juega con el pasado y lo convierte en historia ficticia, historias, cuentos. Me permito completar el atinado consejo del columnista mencionado en las primeras líneas: que los políticos profesionales lean poesía y que también lean cuentos. Los políticos, y también los futbolistas, los empresarios, los obreros. Un país que lee siempre anda mejor, aunque algunos no lo crean. Una persona que sabe leer cosas inútiles suele enfocar con más claridad, con menos confusión, con un sentido más fino del largo plazo, las cosas útiles. Por lo demás, el juego narrativo, la fantasía, la poesía, no son menos necesarios que el pan. Son verdades que ya se saben hace mucho tiempo y que a menudo, sin embargo, se olvidan.

La pasión y la crítica

Los latinoamericanos hemos sido sucesivamente antiespañoles, antiingleses, antinorteamericanos. Nos hemos definido en la oposición, en la contradicción. La época de los Lastarria, de los hermanos Amunátegui, de Barros Arana, alimentaba la leyenda negra de España. Con alguna razón y con no pocas sinrazones. Los intelectuales del último cambio de siglo, por lo menos en el Cono Sur de América, eran antiingleses. Vicente Huidobro escribió un feroz panfleto en contra del Imperio Británico, Finis Britaniae. Como el Imperio no se dio por aludido, organizó su propio secuestro por un supuesto grupo de fanáticos anglosajones. Neruda, de regreso de sus consulados en las colonias inglesas del Extremo Oriente, habló en un verso de "esos terribles ingleses que odio todavía". Después, en proporción a la decadencia del Imperio, su odio disminuyó y sospecho que se transformó en oculta simpatía. Llegó a la debilidad casi vertiginosa de recibir un doctorado honoris causa de la Universidad de Oxford.

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