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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Tengo la impresión de que los chilenos, a pesar de los conflictos históricos, nos acostumbramos muy bien en Bolivia. Sentimos una mezcla de extrañeza, de curiosidad y de comunicación. He caminado por un mercado indígena en el corazón de La Paz, hace un par de años, y he tenido la sensación de una vida enigmática, impenetrable, hasta cierto punto intemporal. Me encontré, a la vez, con una ciudad bullente, nerviosa, animada. Todo el mundo parecía dedicado a algún comercio y la atmósfera general era menos aplastada, menos deprimida, más optimista que la de muchas otras ciudades latinoamericanas. Los chilenos que vi por casualidad, y fueron varios, me dieron la impresión de que estaban a gusto. Me hablaron de sus frecuentes viajes a Arica y Santiago, de sus jóvenes empresas, de sus proyectos. Ese país que desde lejos parece un paréntesis de la geografía, una abstracción, quizás un caso perdido, resultaba muy diferente mirado de cerca. Tenía un dinamismo y una atracción indudables. A la vuelta de una esquina, en la parte baja de la ciudad, se vislumbraba el siglo XXI. Y arriba, después de recorrer unos pocos kilómetros, se encontraba el gran lago mitológico, el Titicaca con sus nieblas, con sus islotes, con sus barcazas de hace siglos. En las faldas de los cerros había grupos vestidos con mantas rojas y verdes, con gorros de todos colores, y que parecían practicar algún rito, alguna ceremonia. Algo sin duda anterior y ajeno a nuestras festividades republicanas. Algo que tenia que ver con ese aire, con los mitos nacidos en esos parajes.

Los problemas diplomáticos casi siempre son intrincados, complejos. Si se pretende andar un poco más rápido, lo más probable es que se retroceda. En esta etapa, da la impresión de que Chile y Bolivia pueden acercarse bastante sin necesidad de restablecer las relaciones diplomáticas formales. El comercio está en plena expansión y hay proyectos interesantes de inversiones chilenas en el altiplano. El tema de la salida al mar, sin embargo, es ultrasensible, irrenunciable para Bolivia y endiabladamente complicado para nosotros, puesto que también entran en juego nuestras relaciones e incluso nuestros tratados con el Perú. ¿Tenemos que seguir entrampados, sin embargo, en las secuelas de una guerra del siglo XIX, en un anacronismo?

La visión de los escritores sirve a veces para ayudar a cortar los nudos gordianos. Sospecho que el Ministerio de hoy, con todos sus "expertos’, lo ignora. En la literatura chilena hay momentos frecuentes de fascinación con los enigmas de la vida boliviana. Ramón Sotomayor Valdés se quedó con la boca abierta, entre deslumbrado y espantado, frente a los delirios del dictador Melgarejo, definido por los historiadores de su país como el gran "caudillo bárbaro". La historia de su misión en Bolivia es uno de los mejores libros de nuestro siglo XIX. Uno de sus secretarios, que también describió ese periodo de convulsiones terribles, fue Carlos Walker Martínez. Otro que vivió en Bolivia en su juventud, como secretario de la legación, y que dejó un diario de su residencia todavía inédito fue Ventura Blanco Viel. Esos chilenos tenían prejuicios de todo orden, pero observaban con vivacidad, con los ojos muy abiertos, con auténtico asombro. Era un mundillo en que los señorones se enviaban platos de una casa a la otra, con acompañamiento de versos alusivos, y en que las fiestas de carnaval duraban una semana. Para uno de esos carnavales, el presidente Hilarión Daza se había encargado a Europa un traje de arlequín en seda, lo que se llamaba entonces un domino. Al comenzar la fiesta, después de la segunda o tercera copa de ponche a la romana, recibió un telegrama que le comunicaba que las tropas chilenas habían ocupado Antofagasta, el principal puerto boliviano de esos años, hoy chileno. Se lo echó al bolsillo y lo sacó a relucir en su consejo de gabinete una semana después. Depois do carnaval, como dice la samba. ¡No se podía perder el dominó llegado de Europa! Ellos, los bolivianos, tenían la euforia, el sentido de la celebración y del rito, quizás la alegría de vivir. Nosotros, la astucia, la ambición, la mirada fría. Ambos, y con nosotros toda la comunidad de países hispánicos, ganaríamos si nos entendiéramos mejor, si alcanzáramos alguna forma de síntesis, alguna influencia recíproca.

El viento negro de Valparaíso

Desde España me piden que escoja una ciudad, que escriba sobre cualquier ciudad. Pienso por un momento en Venecia, en Barcelona, en Río le Janeiro, y al final me quedo con Valparaíso. Aunque soy santiaguino por casi todos los costados, tengo recuerdos personales y familiares y conozco algo de la memoria colectiva de Valparaiso. La memoria colectiva y la invención literaria. Hay un Valparaíso de Edgar Allan Poe, que nunca anduvo por estos lados, y otro de Melville, que dejó un testimonio de Lima y que probablemente bajó hasta la costa chilena. Joseph Conrad menciona a Valparaíso en Nostromo su artefacto latinoamericano, y Pierre Loti paró en el puerto antes de seguir viaje a la Polinesia francesa. "El viento negro de Valparaíso" es un verso de Pablo Neruda. Valparaíso ha sido la ciudad del viento, la ciudad de las colinas, la ciudad de los fantasmas, el puerto de la nostalgia. Nous irons a Valparaisó… cantaba una vieja canción francesa. Hay bares con este nombre en Toulon, en barrios populares de París, en el Pireo, en San Francisco, en los sitios más inesperados y remotos. No sólo es la música del nombre. Recuerdo una fotografía de tiempos anteriores a la apertura del canal de Panamá: se divisa una verdadera selva de mástiles frente a los almacenes portuarios. Aquellos barcos se aprestaban a partir en busca del oro de California o de los tesoros escondidos en el océano Pacífico. En la repartición del botín, Chile consiguió quedarse con la isla de Pascua, "el ombligo del mar grande…"

Siento que la memoria histórica de Valparaíso es accidentada, sobresaltada: el bombardeo de la escuadra española de Méndez Núñez en 1866, el final de la guerra civil de 1891, el terremoto de 1906. Después de la derrota de las tropas de Balmaceda en la Placilla, detrás de los cerros del puerto, en esas tierras rojas, erosionadas, hubo actos de violencia y de brutalidad terribles. El general Orozimbo Barbosa fue matado a lanzazos, su cuerpo desnudo, ferozmente mutilado, fue expuesto después en el llamado "camino de cintura", sentado en una silla de paja. Goya, con sus desastres de la guerra, no andaba tan lejos. Los jefes políticos, que recibían las noticias de la batalla desde el edificio de la Intendencia, se subieron apresuradamente a los botes del muelle número uno, "la poza", y alcanzaron a refugiarse en un barco alemán. El botero que llevó a Claudio Vicuña, el candidato a la sucesión presidencial, y al ministro Julio Bañados Espinoza, no pudo acercarse después a la orilla. Las turbas antibalmacedistas lo habrían linchado. No le quedó más remedio que subir también al barco alemán y desembarcar en el Callao. Durante más de veinte años ejerció su oficio en el Perú. Don Claudio, de paso por Lima, conoció su historia y le dio un poco de dinero para que regresara a Chile. ¡Desastres de la guerra!

Alguna vez he utilizado en la novela historias de familia del gran terremoto de 1906. Uno de mis parientes cercanos nació en la plaza Victoria, cuando mi familia materna dormía a la intemperie para evitar que los muros, en cualquier remezón nuevo, se le cayeran encima. El episodio servía para explicar su carácter, sus costumbres "terremoteadas". El personaje murió en su ley en los años cincuenta o a comienzos de los sesenta, de cirrosis al hígado. En esos mismos años, o quizás poco antes, el puerto fue asolado por una implacable epidemia de tifus exantemático. Las crónicas de Joaquín Edwards Bello, el gran "inútil" de mi rama paterna, describían los ataúdes en unos amaneceres lúgubres, en las puertas de las casas de la calle Esmeralda o del barrio del Almendral. En todas sus primeras novelas, que en cada edición cambiaban de título, Joaquín acuñó una imagen de cerros escarpados y escalinatas, de viento, de aventureros y bandidos, de señoras pálidas, románticas, que de cuando en cuando tenían lo que se llamaba "la luna".

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