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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Lunetta no pudo reprimir la risa. Brogan le lanzó tal mirada que la risa murió al instante. Al darse cuenta de que su sonrisa había desaparecido, con un supremo esfuerzo Tobias Brogan logró curvar ligeramente los labios.

— Sin duda se designará un nuevo rey. Así funciona nuestro país. Somos una monarquía. Era al nuevo rey a quien pensaba transmitir vuestro mensaje, lord Rahl.

— Puesto que cualquier nuevo rey sin duda será una marioneta de la Sangre de la Virtud, el viaje es innecesario. Permaneceréis en vuestro palacio hasta que decidáis aceptar mis condiciones y os rindáis.

— Como deseéis, lord Rahl —repuso Brogan, sonriendo, e hizo ademán de desenvainar el cuchillo que llevaba al cinto. Instantáneamente se encontró con un agiel a escasos centímetros de su cara. Brogan se quedó paralizado.

El hombre alzó la mirada hasta los azules ojos de la mord-sith, temeroso de moverse.

— Es una costumbre de mi país, lord Rahl. No pretendía amenazaros. Iba a entregaros mi cuchillo como símbolo de que acataré vuestras órdenes y permaneceremos en palacio. Era un modo de dar mi palabra, un símbolo de mi sinceridad. ¿Permitís que os lo entregue?

La mord-sith no le quitaba el ojo de encima.

— Está bien, Berdine —le dijo lord Rahl.

La mord-sith se retiró a regañadientes, con una mirada cargada de veneno. Lentamente Brogan sacó el cuchillo y lo dejó con suavidad al borde de la mesa con el mango apuntando hacia lord Rahl. Éste lo cogió y lo colocó a un lado.

— Gracias, general. —Brogan extendía hacia él la palma de la mano—. ¿Y ahora?

— Es la costumbre, lord Rahl. En Nicobarese cuando uno entrega su cuchillo, para evitar el deshonor la persona que lo recibe entrega a cambio una moneda. Plata contra plata; es un acto simbólico de buena voluntad y paz.

Lord Rahl, sin apartar sus ojos de Brogan, reflexionó brevemente y, al fin, se recostó en la silla, sacó una moneda de plata del bolsillo y la deslizó sobre la mesa. Brogan extendió una mano, la tomó y se la metió en un bolsillo de la chaqueta no sin antes echarle un vistazo. Había sido acuñada en el Palacio de los Profetas.

— Gracias por respetar mis costumbres, lord Rahl —Brogan humilló la cabeza—. Si no deseáis nada más, nos retiraremos para meditar en vuestras palabras.

— De hecho sí hay una cosa más. He oído que la Sangre de la Virtud abomina de la magia. Si es así, ¿por qué viajáis con una hechicera? —preguntó, inclinándose hacia adelante.

Brogan lanzó una ojeada a la mujer bajita que le flanqueaba.

— ¿Os referís a Lunetta? Lunetta es mi hermana, lord Rahl y me acompaña a todas partes. La amo profundamente, pese al don. En vuestro lugar yo no daría mucho crédito a las palabras de la duquesa Lumholtz. Es kelta, y he oído que los keltas y la Orden Imperial son uña y carne.

— Lo mismo he oído yo referido a otros países.

Brogan se encogió de hombros. Si pudiera poner las manos encima a esa maldita cocinera, le cortaría su indiscreta lengua.

— Antes nos habéis pedido que os juzguemos por vuestras acciones y no por lo que otros dicen de vos. ¿Me negaréis a mí lo mismo? Yo no puedo controlar las cosas que llegan a vuestros oídos, pero mi hermana posee el don y la quiero tal como es.

Lord Rahl se reclinó de nuevo en la silla y lo escrutó con ojos de halcón.

— Había miembros de la Sangre de la Virtud en el ejército de la Orden Imperial que pasó Ebinissia a sangre y fuego.

— Y también d’haranianos. Todos los atacantes de Ebinissia están muertos. Habéis dicho que no habría represalias para quienes se rindieran. Vuestra oferta de luchar por la paz vale para todos, ¿no es así?

Lord Rahl asintió lentamente.

— Una cosa más, lord general. He combatido contra los sicarios del Custodio y seguiré haciéndolo. Mientras luchaba contra ellos he descubierto que no necesitan sombras tras las que ocultarse. La última persona que uno se imagina puede ser un servidor del Custodio y, lo que es peor, alguien puede estar sirviéndolo sin siquiera saberlo.

— Yo también lo he oído —repuso Brogan.

— Aseguraos que esa sombra que perseguís no es la vuestra propia.

Brogan frunció el entrecejo. Había oído muchas cosas de boca de lord Rahl con las que no estaba de acuerdo, pero ésa era la primera que no entendía.

— Estoy totalmente seguro del mal que persigo, lord Rahl. No temáis por mí.

Ya empezaba a darse media vuelta cuando se detuvo.

— Por cierto, os felicito por vuestro compromiso con la reina de Galea… Realmente debo de estar perdiendo la memoria porque tampoco recuerdo su nombre. Perdonadme. ¿Cómo se llama?

— Reina Kahlan Amnell.

Brogan inclinó la cabeza.

— Por supuesto, Kahlan Amnell. No lo olvidaré.

14

Richard se quedó mirando las altas puertas de madera de caoba que acababan de cerrarse. Era refrescante ver a una persona tan cándida como para acudir al Palacio de las Confesoras, entre tantas personalidades elegantemente vestidas, cubierta con harapientos retales de diferentes colores. Seguramente todos los asistentes la habían tomado por una chiflada. Richard contempló sus sencillas y sucias ropas y se preguntó si también a él lo habían tomado por chiflado. Tal vez sí se había vuelto loco.

— ¿Lord Rahl, cómo habéis sabido que era una hechicera? —preguntó Cara.

— La envolvía su han. ¿No pudiste verlo en sus ojos?

Se oyó el crujir del cuero cuando la mord-sith apoyó una cadera en el escritorio, junto a Richard.

— Nosotras nos damos cuenta de si una mujer es una hechicera cuando trata de usar su poder, pero no antes. ¿Qué es el han?

Richard se pasó una mano por la cara y bostezó.

— Su poder interior, su fuerza vitaclass="underline" su magia.

— Vos os habéis dado cuenta porque también poseéis magia. Nosotras no podemos.

Richard gruñó mientras acariciaba con el pulgar la empuñadura de su espada. Con el tiempo, sin darse cuenta, había aprendido a captar el lado mágico de una persona; normalmente, si usaba su magia lo notaba en los ojos. Aunque en cada persona era distinto, o tal vez lo que cambiaba era la naturaleza específica de su magia, había rasgos comunes que Richard reconocía. Tal vez, como Cara había dicho, era porque él también poseía el don por haber visto esa inconfundible mirada intemporal en los ojos de tantas personas con poderes mágicos: Kahlan, Adie —la mujer de los huesos—, Shota —la bruja—, Du Chaillu —la chamán de los baka ban mana—, Rahl el Oscuro, la Hermana Verna, la prelada Annalina y tantas otras Hermanas de la Luz.

Las Hermanas de la Luz eran hechiceras, y muchas veces Richard había contemplado en sus ojos esa mirada vidriosa, intensa y tan peculiar cuando tocaban su han. A veces, cuando estaban envueltas en un velo de magia, incluso le parecía ver que el aire a su alrededor crepitaba. Algunas Hermanas irradiaban tal aura de poder que cuando pasaba junto a ellas se le erizaban los pelillos de la nuca.

Richard había captado esa misma mirada en los ojos de Lunetta. La envolvía su han. Lo que no comprendía era por qué, por qué estaba allí sin hacer nada pero tocando su han. Por lo general, las hechiceras no se envolvían en su han a no ser que tuvieran un propósito, del mismo modo que él no desenvainaba la Espada de la Verdad sin razón. Tal vez, del mismo modo que le gustaba ir vestida con harapos de colores, a su infantil personalidad le complacía envolverse en el han. Pero Richard no creía que fuese por eso.

Le preocupaba que Lunetta estuviera tratando de comprobar si decía la verdad. Pese a que no sabía lo suficiente sobre magia como para estar seguro de que tal cosa era posible, de algún modo las hechiceras siempre parecían darse cuenta de si era sincero o no. Cuando les mentía, se daban cuenta tan rápidamente como si su cabello se inflamara de repente. Para no arriesgarse había sido muy cauto en no mentir frente a Lunetta, en especial en lo referente a la muerte de Kahlan.

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