La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– ¿Qué es esto? -pregunté observando la armilla-. ¿Es un juego?
Neléis quiso saber por qué decía esto, y yo tomé la armilla entre mis manos.
– Sólo existen seis planetas -dije-, contando la Tierra que debería estar situada en el centro. ¿De dónde han salido esos otros nombres? Rea, Océano y Tártaro… Esos nombres no pueden corresponder a planetas.
– ¿Por qué pareces tan seguro de eso? -me preguntó Neléis.
– He estudiado los cielos durante toda mi vida -dije-, y jamás vi más que cinco planetas, además del Sol y la Luna, moviéndose por los cielos.
En realidad, recordé, los pitagóricos afirmaban que los astros del Universo deberían completar el número mágico de diez, y como sea que sólo conocían nueve: Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Estrellas-fijas, tuvieron la osadía de añadir la Antitierra.
Nyayam se acercó a la esfera armilar, y la hizo girar levemente.
– ¿Y si esos otros mundos fueran invisibles para los ojos desnudos, y sólo se descubrieran al hacerlo con potentes instrumentos ópticos? ¿Cambiaría eso tu concepción del mundo? Y si esos mismos instrumentos te demostraran que, efectivamente, la Tierra no ocupa el centro del mundo, ¿lo creerías? ¿Aceptarías lo que esos instrumentos te dicen o en cambio los destruirías afirmando que son obras del demonio?
De nuevo Roger Bacon, el doctor admirable, acudió a mi mente. ¡Qué feliz se habría sentido aquel franciscano inglés de haber llegado a una ciudad como aquélla, y ver todos sus sueños realizados! Su pasión era el conocimiento de la naturaleza, tanto en relación con el contenido de las ciencias como en cuanto al método para investigarlas. Y, como hijo de San Francisco, Bacon transformó su amor hacia las creaturas en observación científica. Tenía una fe exuberante, no sólo en Dios, sino también en la naturaleza, en los hombres, y en sí mismo. Sentía el universo rico de infinitos secretos:
«Ve, observa, experimenta, aplica». El saber para él era acción y sentía la necesidad de los hechos y de las pruebas. Nunca le asustó la Verdad. ¿A mí sí?
– No lo sé -reconocí-; no sé lo que haría, lo que creería, si tuviera que enfrentarme a una realidad distinta de la que creo. -Alcé los ojos y miré desafiante al anciano consejero-. Pero sé que siempre intentaría guiarme por la razón y la lógica, que nunca utilizaría argumentos irracionales o fanáticos para defender a ultranza mis creencias.
La sonrisa de Nyayam se amplió.
– Estupendo, amigo mío, porque si es así, sin duda que nuestra relación será fructífera. Eres una persona de gran importancia para nosotros.
– No entiendo por qué -dije-. Es evidente que podéis aprender muy pocas cosas de mí, siendo como son vuestros conocimientos tan vastos.
– Hay dos grandes motivos por los que tu presencia entre nosotros es tan importante -me explicó Neléis-; el primero es que estamos viviendo tiempos de crisis; nuestra ciudad está amenazada por el mismo Mal que intentó poseerte. Se avecina un gran enfrentamiento y tus amigos guerreros bien podrían ser el grano de arena que decidiera la balanza a nuestro favor. Pero no confiamos en los mercenarios y carecemos de experiencia en tratar con ellos. Preferimos hablar con un hombre de ciencia como tú; por quien, sorprendentemente, el líder de los mercenarios parece sentir un profundo respeto. Es una situación muy afortunada para nosotros.
– ¿Y el segundo motivo? -pregunté.
– Yo no nací en esta ciudad -dijo Nyayam-; mi origen está en la remota India, y durante una parte de mi vida mis creencias, y mí concepción del mundo, fueron muy diferentes a los que ahora profeso. Me encontré en mi juventud con unos exploradores de Apeiron y me uní a ellos. Una decisión que jamás lamenté; esta ciudad siempre ha tenido sus puertas abiertas, para todo aquel cuya mente esté también abierta, pues ella misma se alimenta y engrandece gracias a la sangre nueva que llega a sus venas. Tener una única visión del mundo es casi peor que ser completamente ciego, y Apeiron necesita nuevas mentes del Mundo Exterior que nos recuerden constantemente que nuestra realidad no es la única posible o deseable.
– Soy viejo -dije-, y también tengo experiencia en eso de cambiar de vida y de creencias y -añadí en un tono que era casi de súplica-… quiero aprender. Quiero comprender el mundo y todas las obras de Dios. Quiero conocer todas las realidades y empaparme de toda vuestra sabiduría.
– Te buscaremos un alojamiento más adecuado -dijo Neléis, asintiendo complacida-; y te procuraremos un sirviente que se ocupe de ti y que responda tus preguntas.
– No es un camino fácil -concluyó el anciano Nyayam-; hay un gran abismo entre tu pueblo y el mío, pero tu voluntad, y tu sincero deseo de saber, pueden colmar ese abismo y descubrir la auténtica riqueza del mundo que supera las más locas especulaciones y fantasías del hombre.
6
Yo estaba seguro de haber despertado en el Paraíso.
Me había trasladado inmediatamente a una vivienda, cercana al edificio de la Asamblea, cuyas paredes estaban llenas de estantes repletos de libros.
Nunca en mi vida he visto tantos libros juntos, ni creo volver a verlos.
Y me sumergí en la lectura de aquellos volúmenes que fui amontonando, poco a poco, a mi alrededor. Era como un niño incapaz de decidir qué comer, perdido en una tienda de golosinas. Tomaba uno de aquellos libros de su anaquel, lo ojeaba pasando rápidamente las páginas, lo dejaba a un lado, tomaba otro y repetía la operación. Mi cabeza giraba de un lado a otro, y mi hambre de conocimientos se estaba transformando rápidamente en una especie de gula incontrolada.
Aquellos libros, por ejemplo, eran muy extraños; y, como objetos, eran tan maravillosos como las maravillas de las que hablaban. Durante horas, estudié los pequeños y precisos caracteres que los llenaban. No había duda, en un libro determinado, la letra «a» era siempre igual, así como la «e» y cualquier otra letra. Ninguna mano humana sería capaz de caligrafiar con tanta precisión, y la única explicación que pude encontrar era que aquellos libros habían sido realizados con alguna especie de sello o impronta para cada uno de los caracteres. Las posibilidades de ese sistema de reproducir los libros, cautivaron rápidamente mi imaginación; sin duda el primer libro sería muy costoso de elaborar, pero a partir de ahí, las cosas se precipitarían; podrían hacerse miles de copias y hacerlas llegar hasta el más humilde de los hombres.
La incultura y la ignorancia, simplemente, desaparecerían.
Pero esto era sólo una pequeña maravilla entre las muchas que llenaban aquella ciudad. Había tantas a mi alrededor que la mente saltaba de una a otra, incapaz de repartir adecuadamente su capacidad de asombro. La misma máquina analítica era algo cuya existencia apenas había vislumbrado como posible mientras trabajaba en el diseño de mis discos. Dediqué muchas horas a hacer croquis de los mecanismos de la máquina, y al complicado entramado de palancas y ruedas dentadas, perfectamente ajustadas que formaban los diferenciales, el alma de las unidades de cálculo; unos ingeniosos mecanismos que enlazaban entre sí conjuntos de engranajes móviles, imponiendo entre sus velocidades simultáneas la condición de que cada una de ellas fuera proporcional a la suma o a la diferencia de las otras. Pura magia matemática.
Todas mis mañanas en aquel fantástico lugar empezaban de la misma forma; al amanecer llegaba Ácalo, el sirviente de la consejera Neléis; un joven delgado, de pelo negro rizado y rasgos inteligentes; y me despertaba con suavidad. Después me conducía a una habitación contigua que estaba revestida completamente de una porosa piedra blanca, y allí recibía un baño de vapor. Ácalo me entregaba una rasqueta de madera para que frotara con ella mi piel, y él mismo me ayudaba frotando en aquellas partes del cuerpo a las que yo no llegaba bien. A continuación me llevaba a una estrecha cabina, y tras girar una pequeña rueda pegada a una de las paredes, una suave y continua lluvia de agua se derramaba sobre mi cuerpo. Así de sencillo; giraba una pequeña llave, y el agua fluía, la giraba en dirección contraria, y el chorro cesaba. Junto a Ácalo, realicé largos paseos por las plataformas y terrazas de Apeiron, mezclándome entre aquellas gentes y aprendiendo sus costumbres, y había visto trozos de tubo con llaves como aquélla repartidos por todas partes en la ciudad, y todos daban agua al girar las manivelas. Para los apeironitas aquello parecía natural, pero yo me quedaba mirando asombrado cada vez que esto sucedía. Lo que más me admiraba no era lo extraño de aquel artilugio, cuyo funcionamiento podía comprender mucho mejor que el de los balones voladores o la máquina analítica, sino la naturalidad con la que los ciudadanos se tomaban aquel incesante fluir de agua en medio de un desierto.