El Tatuaje De La Concubina
- Автор: Rowlands Laura Joh
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:
El miembro del sogún entró en Ichiteru. Embistió adelante y atrás entre gemidos. Ella fue cobrando esperanzas. Al año siguiente por aquellas fechas tal vez fuera la consorte oficial de Tokugawa Tsunayoshi. Lo convencería de que devolviese a la corte imperial su esplendor de antaño, con lo cual alcanzaría la meta de su familia y los endeudaría para siempre con ella. Aferrándose a aquella visión del futuro, aguantó las acometidas del sogún. ¡Y pensar en lo cerca que había estado de perderlo todo!
Harume, joven, fresca y adorable. Harume, con su robusto encanto de campesina. Harume, cargada de la promesa que un día ofreciera Ichiteru. Pronto fue Harume a quien más a menudo invitaba Tokugawa Tsunayoshi a su alcoba. Después de doce años de hacer de puta y el calvario de dos partos, Ichiteru era olvidada; pero no estaba dispuesta a aceptar la derrota. Empezó a planear la caída de Harume. Comenzó por difundir crueles rumores y desairar a la chica, animando a sus amigas a que hicieran lo mismo, con la esperanza de que Harume languideciera y perdiera la salud y la belleza. Pero la estratagema fracasó. Harume le cayó en gracia a la dama Keisho-in, que la promovió ante el sogún como su mejor candidata para un heredero. Llena de odio hacia su rival, deseándole la muerte, Ichiteru había recurrido a medios más expeditivos. Aun así, nada surtió efecto.
Entonces, dos meses atrás, Ichiteru había notado que Harume no comía; en el comedor se limitaba a juguetear con los alimentos. Su piel perdió la lozanía. Tres mañanas seguidas la descubrió vomitando en el lavabo. El peor temor de Ichiteru se hacía realidad: su rival estaba embarazada. Ichiteru se desesperó. Tenía que evitar que Harume la venciera en su empeño común por convertirse en madre del próximo dictador. No podía limitarse a esperar de brazos cruzados a que la criatura fuese niña o no sobreviviera. No quería pasar el resto de su vida como funcionaria de palacio explotada, y ningún hombre con el que valiera la pena casarse aceptaría por esposa a una concubina fracasada. Tampoco quería volver a Kioto en desgracia. Con los ánimos redoblados, buscó un modo de destruir a su rival.
Harume había secundado imprudentemente los designios de Ichiteru al no informar de su condición. Quizá, en su infantil ignorancia, no lo reconocía como embarazo. Siempre atenta, Ichiteru la espió y le vio robar de la cesta donde las mujeres tiraban los paños ensangrentados. Se figuró que se los ponía para que el doctor Kitano no descubriera que su periodo se había interrumpido. A lo mejor pensaba que estaba enferma y que la desterrarían del castillo si alguien se enteraba. Pero también se le ocurría una explicación mejor: el niño no era de Tokugawa Tsunayoshi. Ichiteru la había visto escabullirse durante las excursiones fuera del castillo de Edo. ¿Temía que la castigaran por verse con otro hombre? Fisgando en la habitación de su rival en busca de pruebas acerca de su identidad, había descubierto un lujoso frasco de tinta y una carta del caballero Miyagi. Pero, fuera cual fuese la razón de la reserva de Harume, a Ichiteru le dio la oportunidad de albergar esperanzas y de conspirar.
Y ahora Harume estaba muerta. Y como ninguna de las otras concubinas sabía excitar lo bastante al sogún, Ichiteru recuperó su lugar como acompañante femenina preferida. Disponía de otra oportunidad para darle un heredero antes de retirarse. Restaba un problema: tenía que convencer al sosakan-sama de que ella no era la culpable del asesinato de Harume. Tenía que vivir para recoger los frutos de trece años de trabajo.
De golpe Tokugawa Tsunayoshi se reblandeció en su interior. Se derrumbó sobre el futón con un grito de consternación.
– Ah, querida, me temo que no puedo continuar.
Ichiteru se sentó sobre sus talones, a punto de llorar de desengaño y frustración, pero ocultó sus emociones.
– Lo siento, mi señor -dijo contrita-. ¿Tal vez si os ayudara…?
El sogún descartó la posibilidad con un gesto, se tapó con la manta y cerró los ojos.
– En otra ocasión. Ahora estoy demasiado cansado para intentarlo.
– Sí, excelencia.
Ichiteru se levantó y alisó sus alborotadas vestiduras. Al cruzar la habitación, su resolución se reforzó en su fuero interno como pedernal en los huesos y el corazón. La próxima vez triunfaría. Y hasta tener asegurado su futuro, debía cerciorarse de que su crimen jamás saliera a la luz.
Se deslizó por la puerta y la cerró tras de sí. El recuerdo y la necesidad coincidieron en su cabeza con la repentina precisión de un resorte. Sonrió con malévola inspiración. Sabía el modo exacto de evitar la calamidad de unos cargos de asesinato y mejorar de posición.
19
Tras unas pocas horas de sueño y un desayuno a base de pescado y arroz, Sano salió de su mansión a primera hora de la mañana del día siguiente. Dentro Reiko aún dormía; los criados limpiaban el desorden de su despacho. El cuerpo de detectives había dejado recado de que Kushida estaba a buen recaudo en su domicilio familiar. Hirata ya había dejado el castillo de Edo para verificar alguna pista sobre el mercader ambulante de drogas antes de completar su entrevista con la dama Ichiteru. Y Sano iba a viajar atrás en el tiempo.
Una niebla otoñal había llegado del río al amparo de la noche. Una bruma blanca velaba la ciudad y escondía las colinas lejanas y los baluartes superiores del castillo de Edo. El sol era un círculo pálido que flotaba en un mar de leche. Mientras Sano se encaminaba hacia el palacio, los centinelas de patrulla emergían de la niebla sólo para volver a desaparecer en ella. Los muros de piedra de los pasajes rezumaban humedad que luego hacía resbaladizos los caminos. Los débiles gritos de los cuervos en lo alto y los tambores que convocaban a los espectadores a un torneo de sumo sonaban amortiguados, como si tuvieran que atravesar una malla de algodón. El olor a piedras, hojas y tierra mojadas humedecía las vaharadas de carbón. En esos días en que se difuminaban los nítidos contornos de la realidad, el mundo espiritual presentaba para Sano una consistencia casi palpable. La senda fantasmal hacia su pasado lo llamaba. ¿Qué mejor momento que aquél para seguirla hasta las verdades ocultas sobre el asesinato de la dama Harume?
Encontró a Chizuru en su despacho, una minúscula habitación del Interior Grande. De la pared colgaban placas de madera con los nombres de las funcionarias y criadas de servicio. Una ventana dominaba el patio del lavadero, donde las doncellas hervían la ropa de cama sucia en tinajas humeantes. El áspero olor de la lejía se colaba por la celosía. Chizuru, vestida con su uniforme gris, estaba de rodillas tras su escritorio y revisaba los libros de contabilidad doméstica.
– Señora Chizuru, ¿puedo hablaros un momento? -preguntó Sano desde el umbral.
– Sí, por supuesto.
La otoshiyori dejó a un lado su trabajo e indicó a Sano que se sentara frente a ella. Después cruzó las manos y esperó con un rictus impasible en su cara masculina.
– ¿Qué podéis contarme de los orígenes de la dama Harume? -preguntó Sano.
Creía de un modo instintivo que la vida de la concubina ofrecería indicios valiosos sobre su muerte. De dónde venía y quién había sido eran preguntas cuya respuesta podía arrojar más luz sobre el crimen que los testigos, sospechosos y pruebas que tenía hasta el momento.
– Los expedientes de la casa de su excelencia son confidenciales -dijo Chizuru tras unos instantes de vacilación-. Necesito un permiso especial para conceder cualquier detalle.
– Puedo obtener permiso del sogún y volver más tarde -señaló Sano. Aunque lo irritaban las trabas de Chizuru, respetaba su adhesión a las reglas: si más gente las obedeciera, habría menos delincuencia-. Podríais ahorrarnos quebraderos de cabeza a los dos y contármelo ahora. ¿Y qué importancia tiene la confidencialidad ahora que Harume ha muerto?
– Muy bien -concedió la señora Chizuru bajando los ojos por un momento-. La dama Harume nació en Fukagawa. Su madre se llama Manzana Azul; es un ave nocturna.