El club De la buena Estrella
- Автор: Тан Эми
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
«¡Deténgala!», gritó mi madre.
Intenté huir, pero el viejo señor Chou me persiguió, gritando:
«¡Mira lo que sucede cuando no escuchas a tu madre!» y yo me quedé paralizada, demasiado asustada para moverme en cualquier dirección.
A la mañana siguiente le conté a mi madre lo que había sucedido, y ella se rió y dijo:
– No hagas caso al viejo señor Chou. No es más que un sueño. Sólo tienes que escucharme a mí.
– Pero el viejo señor Chou también te escucha -repliqué llorando.
Más de treinta años después mi madre seguía intentando que la escuchara. Al mes de que le dijera que Ted y yo íbamos a divorciamos, me reuní con ella en la iglesia, para el funeral de China Mary, una maravillosa anciana de noventa y dos años que había sido la madrina de todos los niños que cruzaron las puertas de la Primera Iglesia Bautista China.
– Estás adelgazando mucho -me dijo en tono quejumbroso cuando me senté a su lado-. Tienes que comer más.
– Estoy bien -le aseguré, sonriéndole para demostrárselo-. Y además, ¿no eras tú quien decía que la ropa siempre me iba demasiado ceñida?
– Come más -insistió ella, y me dio unos golpecitos con un pequeño cuaderno en cuya tapa, escrito a mano, figuraba el título: «Cocina al estilo chino por China Mary Chan». Los vendían de puerta en puerta, a sólo cinco dólares el ejemplar, a fin de recaudar dinero para el Fondo de Becas a Refugiados.
Cesó la música de órgano y el oficiante se aclaró la garganta. No era el pastor habitual, sino Wing, un muchacho que de pequeño robaba cromos de equipos de béisbol con mi hermano Luke. Más adelante fue al seminario gracias a China Mary, y Luke acabó en la cárcel por vender radios de coches robadas.
– Aún oigo su voz -dijo Wing a los asistentes al funeral-. Me dijo que Dios me había hecho con todos los ingredientes adecuados, por lo que sería una lástima que ardiera en el infierno.
– Ya incinerada -susurró mi madre en tono neutro, indicando con la cabeza el altar, donde había una foto de China Mary en color, enmarcada. Me llevé un dedo a los labios, como hacen los bibliotecarios, pero ella no me entendió-. Ese lo hemos comprado nosotros -dijo señalando un gran ramo de crisantemos amarillos y rosas rojas-. Treinta y cuatro dólares. Todo artificial, así que durará eternamente. Puedes pagarme más tarde. Janice y Matthew también contribuyen. ¿Tienes dinero?
– Sí, Ted me envió un cheque.
Entonces el oficiante pidió a los fieles que se recogieran para orar. Mi madre calló por fin y se llevó un Kleenex a la nariz mientras el sacerdote seguía hablando.
– Puedo verla ahora mismo, embelesando a los ángeles con su cocina china y su actitud fervorosa.
Los fieles alzaron la cabeza después de orar, se levantaron y entonaron el himno número 335, el favorito de China Mary: «Puedes ser un ángel cada día sobre la tierra…».
Pero mi madre no cantaba: me estaba mirando.
– ¿Por qué te ha enviado un cheque?
Yo seguí con la vista en el libro de himnos y cantando:
– Enviando rayos de sol, lleno de alegría desde el nacimiento.
Como no le respondía, ella misma lo hizo:
– Se dedica a las malas mañas con algún otro.
¿A las malas mañas? ¿Ted? Me entraron ganas de reír, por su elección de las palabras, pero también por la idea [5]. El frío, silencioso y lampiño Ted, cuya respiración no se alteraba lo más mínimo ni siquiera en el apogeo de la pasión.
Me lo imaginé gruñendo mientras se rascaba los sobacos, chillando y saltando sobre el colchón, tratando de agarrarme una teta.
– No, no lo creo -le dije.
– ¿Por qué no?
– No es éste el lugar más adecuado para hablar de Ted.
– ¿Por qué puedes hablar de esto con un sique-átrico y no con tu madre?
– Psiquiatra.
– Siqui-átrico -se corrigió-. Una madre es mejor. Una madre sabe lo que hay dentro de ti. -Alzó la voz para hacerse oír por encima de las voces que cantaban-. El siqui-átrico sólo te volverá hulihudu, te hará ver heimongmong.
Una vez en casa, pensé en lo que me había dicho, y era cierto. Últimamente me había sentido hulihudu y todo lo que me rodeaba parecía ser heimongmong. Nunca había pensado en los equivalentes ingleses de esos términos. Supongo que los significados más exactos serían «confuso» y «niebla oscura».
Pero, en realidad, las palabras significan mucho más. Tal vez no sea posible traducirlas fácilmente porque se refieren a una sensación que sólo experimentan los chinos, como si uno se cayera de cabeza a través de la puerta del viejo señor Chou y luego tratara de encontrar el camino de regreso, pero estuviera tan asustado que no pudiera abrir los ojos y anduviera a gatas en la oscuridad, tanteando, el oído atento a posibles voces que le indiquen el camino a seguir.
Había hablado con mucha gente, con mis amigos, con todo el mundo al parecer, excepto con Ted, ya cada persona le contaba una historia diferente. Sin embargo, cada una de las versiones era cierta, estaba segura de ello, por lo menos en el momento en que la contaba.
A mi amiga Waverly le dije que no había sabido cuánto amaba a Ted antes de notar hasta qué punto podía herirme. Sentía un intenso dolor, un dolor literalmente físico, como si me hubieran arrancado los brazos sin anestesia y sin ensamblarlos y coserlos luego.
– ¿Te los han arrancado alguna vez con anestesia? -inquirió Waverly-. ¡Dios mío! Jamás te había visto tan histérica. Si te interesa mi opinión, estás mucho mejor sin él. Te sientes dolida porque has tardado quince años en darte cuenta de lo débil que es en el aspecto emocional. Oye, sé lo que se siente.
A mi amiga Lena le dije que estaba mejor sin Ted. Tras la conmoción inicial, me di cuenta de que no le echaba en absoluto de menos. Lo único que añoraba era lo que sentía cuando estaba con él.
Lena se quedó boquiabierta.
– ¿Y qué era eso? Estabas deprimida. Te manipuló haciéndote creer que no eras nada a su lado, y ahora crees que no eres nada sin él. Yo, en tu lugar, me buscaría un buen abogado y procuraría sacar la mejor tajada posible, para compensar.
A mi psiquiatra le dije que me obsesionaba la venganza. Soñaba con llamar a Ted e invitarle a cenar en uno de esos sitios lujosos, donde va la gente importante, como el Café Majestic o Rosalie's. Y cuando él hubiera empezado a tomar el primer plato y estuviera tranquilo y relajado, le diría: «No es tan sencillo, Ted». Sacaría del bolso un muñeco de vudú, préstamo de Lena y procedente de su almacén de utilería teatral. Dirigiría el tenedor especial para caracoles hacia un punto estratégico en el muñeco y diría alzando la voz, ante todos los elegantes clientes: «Ted, no eres más que un cabrón impotente y voy a asegurarme de que sigas así». Y izas!
Al confesar estas cosas, me embargó la sensación de haber llegado a un momento de cambio radical en mi vida, a un nuevo yo sólo dos semanas después de haber iniciado la psicoterapia. Pero mi psiquiatra parecía aburrido y seguía con la barbilla apoyada en la mano.
– Parece que está experimentando unas sensaciones muy intensas -me dijo con expresión somnolienta-. Creo que deberíamos pensar más en ello la próxima semana.
De modo que ya no supe qué pensar. Durante las semanas siguientes hice inventario de mi vida, e iba de una habitación a otra, tratando de recordar la historia de los objetos que llenaban la casa: los que yo acumulé antes de conocer a Ted (las copas de cristal soplado a mano, las colgaduras de macramé y el balancín que hice reparar); los que compramos inmediatamente después de la boda (la mayor parte de los muebles grandes); los que nos regalaron (el reloj bajo una campana de cristal y que ya no funcionaba, tres juegos de sake, cuatro teteras); las cosas que él se reservó (las litografías firmadas, ninguna de ellas más allá del número veinticinco en una serie de doscientas cincuenta, las fresas de cristal de Steuben) y las que me quedé porque no soportaba la idea de perderlas (los candeleros desempareja dos comprados en unas rebajas, una colcha antigua, agujereada, frascos de formas extrañas que en otro tiempo contuvieron ungüentos, especias y perfumes).
[5] En inglés monkey business, literalmente «ocupación de mono», que significa trampas, malas mañas. (N. del T.)