La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
Abrió la portezuela y empujó sin miramientos a Nemesio, que dio varios traspiés para no perder el equilibrio. Los almacenes El Siglo cerraban sus puertas en aquel momento. El coche había dado vueltas a la manzana. Nemesio intentó seguirlo, pero el gentío le envolvió impidiéndole avanzar con rapidez. Contó el dinero que le había dado el caballero, se lo guardó en el interior de los pantalones y se abrió paso a codazos.
El abogado señor Cortabanyes se había metido dos croquetas de pollo en la boca y sus mofletes emprendieron un enérgico vaivén. Buscó con la mirada una servilleta con la que limpiarse los dedos y una vez localizado el objeto de su búsqueda en el extremo de una larga mesa se dirigió hacia él con la mano extendida, procurando no manchar a nadie. Un caballero enjuto, de pelo blanco y nariz bulbosa, que llevaba en el pecho una banda de alguna encomienda desconocida para el abogado, se interpuso en su camino. Le tendió la mano y el abogado retiró la suya. El caballero de la encomienda quedó perplejo y el abogado, al ir a darle una explicación, expelió mínimas bolitas de croqueta que fueron a pegarse en la banda del caballero.
– Usted perdone -masculló Cortabanyes.
– ¿Cómo dice?
Cortabanyes señaló sus carrillos abultados.
– ¡Coma usted tranquilo, mi querido Cortabanyes! -exclamó el de la encomienda haciéndose cargo de la situación-. Coma usted tranquilo. La prisa es el mal de nuestro tiempo.
Cortabanyes alcanzó el lugar donde se hallaban apiladas las servilletas, tomó la primera del montón, la desplegó, se limpió los dedos y los labios y engulló los últimos restos de croqueta. El de la encomienda le palmeó la espalda.
– ¡Buen provecho l
– Gracias, muchas gracias. No recuerdo su nombre, ya me perdonará.
Cortabanyes disfrutaba en las fiestas multitudinarias. En la cortesía superficial y el formalismo se sentía seguro de sí, a salvo de las preguntas directas, de las consultas profesionales, de las propuestas insidiosas. Le gustaba emprender una conversación ligera, interrumpirla, picotear en todas las tertulias, intercalar una broma, un comentario frívolo. Le gustaba observar, deducir, adivinar, descubrir caras nuevas, sopesar figuras en alza, poderes en decadencia, pactos tácitos, traiciones de salón, crímenes sociales.
– Casabona, Augusto Casabona, para servirle -dijo el de la encomienda señalándose con el pulgar.
Cortabanyes le dio la mano y ambos se quedaron cortados, sin saber qué decirse.
– ¿Qué me dice usted -barbotó por fin el de la encomienda-, qué me dice usted, amigo Cortabanyes, del último rumor que corre por ahí?
– Nunca diga el último rumor, amigo Casabona, porque ya no lo debe de ser.
– Je, je, qué ingenio, amigo Cortabanyes -rió el de la encomienda, y luego se puso serio como un sentenciado-. Me refiero al rumor de que nuestro amigo Lepprince será el próximo alcalde de Barcelona.
Cortabanyes agitó su obesa estructura en silenciosas carcajadas.
– ¡Hay tantos rumores, amigo Casabona!
– Sí, pero alguno será cierto.
– Eso mismo me digo cuando juego a la lotería: algún número ha de salir. Y nunca es el mío, ya ve usted.
– Vaya, amigo Cortabanyes, barrunto que escurre usted el bulto y eso es señal de que hay gato encerrado. A mí no me la pega, no, señor.
– Amigo Casabona, si algo supiera, se lo diría. Pero la pura verdad es que nada sé. Ha llegado a mis oídos ese rumor, no quiero mentirle, pero no le presté más atención de la que presto a todos los rumores, es decir, bien poca.
– Sin embargo, reconozca usted, amigo Cortabanyes, que la noticia, de confirmarse, sería una bomba.
En las fiestas Cortabanyes no temía la indiscreción ajena. No cobraba por contestar y podía dar la callada por respuesta. No obstante, decidió hacer sufrir al premioso Casabona.
– ¿Una bomba, dice usted? Le advierto, en confianza, que me parece un símil poco afortunado.
Casabona enrojeció.
– No quise decir… Usted es buen entendedor, amigo Cortabanyes. Le consta la profunda simpatía que siento por nuestro común amigo Lepprince. Precisamente…, precisamente saqué el tema a colación porque deseaba recabar del señor Lepprince un pequeño favor, nada de importancia. Por si él tuviese a bien…
Cortabanyes paladeaba la turbación del de la encomienda.
– Y dígame, amigo Casabona, ¿a qué se dedica usted?
– Oh, tengo una filatelia en la calle Fernando, usted habrá pasado mil veces por delante. Si es aficionado a los sellos, la tiene que conocer. Modestia aparte, me precio de haber tenido en mis manos los más valiosos ejemplares, por no hablar de mi clientela, entre la que se cuenta lo mejor, no ya de Barcelona, sino de Europa entera.
– Disculpe mi desinterés, amigo Casabona, pero mis escasos medios no me permiten aficionarme a otros sellos que los sellos móviles.
– ¿Sellos móviles? -exclamó el de la encomienda palideciendo y forzando una risotada para congraciarse con el abogado-. ¡Ja, ja! Qué ingenio, amigo Cortabanyes. Nunca se me habría ocurrido, palabra de honor, nunca se me habría ocurrido. Sellos móviles, ¿eh? Tengo que contárselo a mi mujer -se inclinó-. Con permiso -y se fue riendo por lo bajo.
Cortabanyes lo vio desaparecer entre los grupos que charlaban en un intervalo de la orquesta. Los músicos bebían champán y alzaban las copas en señal de agradecimiento, ora en dirección a Lepprince, ora en dirección a María Rosa Savolta, que les devolvía el cumplido con una grácil inclinación y una sonrisa pletórica. Junto a ella, la señora de Pere Parells también sonreía y se inclinaba, partícipe parasitario del homenaje tributado a su anfitriona. Cortabanyes buscó las croquetas con la mirada. La cena se hacía esperar. En vez de descubrir las croquetas, su mirada topó con la de Lepprince, que desde la puerta de la biblioteca le hacía señas para que se reuniera con él. A causa de la distancia y de la vista cansada, el abogado no pudo apreciar si el rostro de Lepprince exteriorizaba satisfacción o contrariedad.
La limousine se detuvo en la calle Princesa, cerca del salón de San Juan, ante un edificio nuevo de tres plantas y altas ventanas de guillotina. La puerta de la calle, de cristal emplomado color caramelo, revelaba una luz en el vestíbulo. Sobre la puerta y perpendicular a la pared, un letrero decía:
Hotel Mérida
Confort
Lepprince y Max bajaron del automóvil y el francés tiró del pomo que asomaba por un orificio del dintel. En el interior repiqueteó una campanilla y a poco se oyó el siseo de unas zapatillas que se aproximaban. Una voz ronca repetía: «Ya va, ya va»; luego se descorrió un pestillo y la puerta de cristal se abrió hasta el limite que le permitía una cadenita. Lepprince y Max intercambiaron una mirada irónica. Medio rostro soñoliento les observaba a través de la rendija.
– ¿Qué desean, señores? -preguntó el medio rostro.
– Soy monsieur Lepprince, ¿se acuerda de mí?
El ojo entrecerrado del medio rostro recuperó súbitamente su tamaño normal.
– ¡Ah, monsieur Lepprince, perdóneme, no le había reconocido! Estaba dormido, ¿sabe usted?, y tengo un despertar muy torpe. Le abro en un santiamén.
La puerta se cerró, hubo un ruido de cerrojo que se descorre y la puerta quedó franca. El recepcionista del hotel llevaba una bata de lana gris sobre un traje arrugado.
– Pasen ustedes y perdonen que les reciba con esta bata. No creí que viniese nadie a estas horas y había dejado apagar la estufa, pero en un momento la enciendo de nuevo. Hace una noche muy traicionera, ¿verdad?
– Tenemos una invitada, Carlos, usted ya la conoce.
Carlos juntó las manos y alzó los ojos al techo.
– ¡Oh, ha vuelto la señorita! Qué alegría, monsieur.