La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– Es lo que digo, aquí se desprecia la cultura por mor de una hombría mal entendida, lo mismo que ocurre, y no se ofenda usted, con la higiene.
– Dos de nuestras más gloriosas figuras, Cervantes y Quevedo, conocieron días de dolor en la cárcel -apuntó uno de los jovenzuelos imberbes.
– La aristocracia española ha perdido la oportunidad de alcanzar renombre universal. En cambio la Iglesia ha sido, en este aspecto, mucho más inteligente: Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Góngora y Gracián se acogieron al beneficio del estado clerical -señalo la señora Van Peltz.
– Una lección histórica que debían tomar en consideración los nuevos ricos -apunto Pere Parells con una sonrisa torcida.
– Bah -exclamó el poeta-, con ésos no hay que contar. Van a roncar al Liceo porque hay que lucir las joyas y adquieren cuadros valiosos para darse tono, pero no distinguen una ópera de Wagner de una revista del Paralelo.
– Bueno, no hay que exagerar -dijo Pere Parells recordando para sus adentros algunos títulos de revista que le habían complacido especialmente-. Cada cosa tiene su momento.
– Y así -prosiguió la señora Van Peltz, que no estaba dispuesta a tolerar disgresiones frívolas-, los artistas se han vuelto contra la aristocracia y han creado ese naturalismo que padecemos y que no es más que afán de echarse en brazos del pueblo halagando sus instintos.
Pere Parells, poco adicto a semejantes conversaciones, se despegó del grupo y buscó refugio junto a unos industriales a los que conocía superficialmente. Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.
– ¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! -exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.
– Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela -replicaba el banquero sin perder la sonrisa- Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero Propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.
– ¡Puñetas! -bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…
– ¡Y a estrujar! -terció su compañero.
– …y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…
– ¡De culo, de culo!
– …y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.
– Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes -respondió el banquero-. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.
– ¡Puñetas! Especulan con la crisis.
– También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.
– ¡Ah, Parells -dijo uno de los industriales advirtiendo la presencia de su amigo-, venga y rompa su lanza en esta lid! ¿Qué opina usted de la banca?
– Noble institución -contemporaneizó Pere Parells-, aunque sus ataduras, respetables de todo punto de vista, le impiden actuar con la decisión y osadía que nosotros desearíamos.
– ¿Pero no cree usted que se han puesto de culo?
– Hombre, de culo, lo que se dice de culo…, no sé. Tal vez dan esa impresión.
– Parells, usted quiere escurrir el bulto.
– Pues sí, la verdad -asintió el financiero sintiéndose mortalmente cansado y deseoso de verse al margen de toda contienda.
– No se nos raje, coño. ¿Es verdad que la empresa Savolta se viene a pique? -azuzó el primer industrial para reanimar lo que, a todas luces, era para él una conversación amena.
– ¿Quién lo dice? -atajó Parells con tal celeridad que no le dio tiempo a echar un velo de ironía a sus palabras.
– Ya sabe, se comenta por ahí.
– ¿De veras? ¿Y qué se comenta, si me puedo enterar?
– No se haga el ingenuo.
– ¿Es verdad que salen las acciones a cotización?
– ¿A cotización? No, que yo sepa.
– Dicen que Lepprince se quiere deshacer del paquete que su mujer heredó de Savolta, ¿es verdad? Se habla incluso de cierta empresa de Bilbao, interesada en la compra…
– Señores, ustedes ven visiones.
– ¿Y es verdad que un Banco de Madrid ha rechazado papel librado por ustedes?
– Pregúntenselo a ese banco. Yo no sé de qué me hablan.
– Bah, esos lechuguinos no nos dirán nada.
– Es verdad -dijo Pere Parells guiñando el ojo al banquero-, olvidaba que siempre les presentan el culo.
Repartió palmadas a los industriales, dirigió una sonrisa de complicidad al risueño banquero y volvió a deambular por la sala. Tenía ganas de irse a casa, enfundarse en su bata y sus pantuflas y reposar en su butaca. Al fondo de la sala, junto a la puerta de la biblioteca, distinguió a Lepprince, que daba órdenes a un camarero. Se dirigió hacia allí con paso resuelto y esperó a que el camarero se hubiera ido.
– Lepprince, tengo que hablar contigo urgentemente -dijo.
– Señor, dígame la dirección de su casa y yo le llevo -insistió Nemesio Cabra Gómez-. Ya verá cómo mañana se encuentra mejor. El beodo se había quedado adormilado abrazado a una farola. Nemesio le sacudió con toda su alma y el beodo abrió los ojos y bizqueó.
– ¿Qué hora es? Nemesio buscó un reloj público sin encontrarlo.
– Muy tarde. Y hace un frío que pela.
– Aún es pronto. Venga, tengo que hacer un recado.
– ¿A estas horas? Señor, está todo cerrado.
– Lo que yo busco, no. Es un buzón. Vamos a Correos.
– ¿Está camino de su casa?
– Sí.
– Entonces, vamos.
Hizo que el beodo pasara el brazo por encima de sus hombros y cargó con él. Nemesio era un individuo débil de constitución y la pareja daba bandazos y traspiés de los que se recuperaba por puro milagro. Una campana dio tres toques.
– ¡Las cinco! -exclamó el beodo-. Aún es pronto, ¿qué le decía?
– ¿No podríamos dejar ese recado para mañana?
– Mañana puede ser demasiado tarde. Lo que tengo que hacer es sencillo, ¿sabe usted? Echar una carta a un buzón. Aquí llevo la carta. Es un simple trozo de papel escrito, pero ¡ah! ¡Ah, mi querido amigo! Muchas cabezas rodarán cuando llegue a su destino. Y, si no, al tiempo. ¿Qué hora es?
– No lo sé, señor. Tenga cuidado con ese bordillo.
Siguieron caminando hasta llegar a Correos, operación que les llevó más de media hora, a pesar de hallarse a doscientos metros escasos. En varias ocasiones Nemesio tuvo que detenerse a recobrar el aliento y descansar sentado en el escalón de un soportal. El beodo, en estas pausas, aprovechaba para cantar a plena voz y mear en el centro de la calle. Una vez ante el edificio, buscaron un buzón. El beodo tanteaba los muros y pretendía introducir la carta por cualquier intersticio de las piedras. Al fin Nemesio halló lo que buscaban.
– Déme la carta, señor. Yo la echaré.
– ¡Ni hablar! No debe usted ver a quién va dirigida.
– No miraré.
– Hay que desconfiar. Esta carta es muy importante. ¿Dónde está el buzón?
– Aquí, pero levante la trampilla.
Ayudó al beodo a introducir la carta por la ranura e intentó leer el nombre del destinatario, pero el sobre había sufrido mucho y las arrugas y los lamparones dificultaban su lectura. Sólo pudo advertir que iba dirigida a alguien que vivía en la propia ciudad. Finalizada la proeza, el beodo pareció más tranquilo.
– He cumplido con mi deber -afirmó solemnemente.
– Pues vamos a su casa -propuso Nemesio.
– Sí, vámonos. ¿Qué hora es?
Un poco más ligeros anduvieron hacia las Ramblas. Empezó a lloviznar, pero cesó al cabo de unos instantes. La temperatura era más suave y el viento se había calmado. En los bancos de las Ramblas dormían borrachos y vagabundos. Pasaban carros tirados por percherones, cargados de verduras, camino del Borne. Un perro ladró entre las piernas de Nemesio, que tuvo que encaramarse a un banco para evitar las mordeduras del animal. Fue un recorrido, en suma, sin incidentes dignos de mención. Al llegar a la esquina de las Ramblas y la calle de la Unión, el beodo se despidió de Nemesio.