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La verdad sobre el caso Savolta

Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:

«Le tengo un gran cariño porque recuerdo su elaboración como una época especialmente intensa de mi vida literaria, llena de ilusiones, de esfuerzos angustiosos y resultados sorprendentes, de decisiones que en mi inexperiencia eran trascendentales. Podría decir que me jugaba el todo por el todo, o que puse toda la carne en el asador, dos frases hechas cuyo significado no acabo de entender muy bien.» Eduardo Mendoza En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.
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– Es lo que digo, aquí se desprecia la cultura por mor de una hombría mal entendida, lo mismo que ocurre, y no se ofenda usted, con la higiene.

– Dos de nuestras más gloriosas figuras, Cervantes y Quevedo, conocieron días de dolor en la cárcel -apuntó uno de los jovenzuelos imberbes.

– La aristocracia española ha perdido la oportunidad de alcanzar renombre universal. En cambio la Iglesia ha sido, en este aspecto, mucho más inteligente: Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Góngora y Gracián se acogieron al beneficio del estado clerical -señalo la señora Van Peltz.

– Una lección histórica que debían tomar en consideración los nuevos ricos -apunto Pere Parells con una sonrisa torcida.

– Bah -exclamó el poeta-, con ésos no hay que contar. Van a roncar al Liceo porque hay que lucir las joyas y adquieren cuadros valiosos para darse tono, pero no distinguen una ópera de Wagner de una revista del Paralelo.

– Bueno, no hay que exagerar -dijo Pere Parells recordando para sus adentros algunos títulos de revista que le habían complacido especialmente-. Cada cosa tiene su momento.

– Y así -prosiguió la señora Van Peltz, que no estaba dispuesta a tolerar disgresiones frívolas-, los artistas se han vuelto contra la aristocracia y han creado ese naturalismo que padecemos y que no es más que afán de echarse en brazos del pueblo halagando sus instintos.

Pere Parells, poco adicto a semejantes conversaciones, se despegó del grupo y buscó refugio junto a unos industriales a los que conocía superficialmente. Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.

– ¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! -exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.

– Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela -replicaba el banquero sin perder la sonrisa- Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero Propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.

– ¡Puñetas! -bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…

– ¡Y a estrujar! -terció su compañero.

– …y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…

– ¡De culo, de culo!

– …y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.

– Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes -respondió el banquero-. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.

– ¡Puñetas! Especulan con la crisis.

– También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.

– ¡Ah, Parells -dijo uno de los industriales advirtiendo la presencia de su amigo-, venga y rompa su lanza en esta lid! ¿Qué opina usted de la banca?

– Noble institución -contemporaneizó Pere Parells-, aunque sus ataduras, respetables de todo punto de vista, le impiden actuar con la decisión y osadía que nosotros desearíamos.

– ¿Pero no cree usted que se han puesto de culo?

– Hombre, de culo, lo que se dice de culo…, no sé. Tal vez dan esa impresión.

– Parells, usted quiere escurrir el bulto.

– Pues sí, la verdad -asintió el financiero sintiéndose mortalmente cansado y deseoso de verse al margen de toda contienda.

– No se nos raje, coño. ¿Es verdad que la empresa Savolta se viene a pique? -azuzó el primer industrial para reanimar lo que, a todas luces, era para él una conversación amena.

– ¿Quién lo dice? -atajó Parells con tal celeridad que no le dio tiempo a echar un velo de ironía a sus palabras.

– Ya sabe, se comenta por ahí.

– ¿De veras? ¿Y qué se comenta, si me puedo enterar?

– No se haga el ingenuo.

– ¿Es verdad que salen las acciones a cotización?

– ¿A cotización? No, que yo sepa.

– Dicen que Lepprince se quiere deshacer del paquete que su mujer heredó de Savolta, ¿es verdad? Se habla incluso de cierta empresa de Bilbao, interesada en la compra…

– Señores, ustedes ven visiones.

– ¿Y es verdad que un Banco de Madrid ha rechazado papel librado por ustedes?

– Pregúntenselo a ese banco. Yo no sé de qué me hablan.

– Bah, esos lechuguinos no nos dirán nada.

– Es verdad -dijo Pere Parells guiñando el ojo al banquero-, olvidaba que siempre les presentan el culo.

Repartió palmadas a los industriales, dirigió una sonrisa de complicidad al risueño banquero y volvió a deambular por la sala. Tenía ganas de irse a casa, enfundarse en su bata y sus pantuflas y reposar en su butaca. Al fondo de la sala, junto a la puerta de la biblioteca, distinguió a Lepprince, que daba órdenes a un camarero. Se dirigió hacia allí con paso resuelto y esperó a que el camarero se hubiera ido.

– Lepprince, tengo que hablar contigo urgentemente -dijo.

– Señor, dígame la dirección de su casa y yo le llevo -insistió Nemesio Cabra Gómez-. Ya verá cómo mañana se encuentra mejor. El beodo se había quedado adormilado abrazado a una farola. Nemesio le sacudió con toda su alma y el beodo abrió los ojos y bizqueó.

– ¿Qué hora es? Nemesio buscó un reloj público sin encontrarlo.

– Muy tarde. Y hace un frío que pela.

– Aún es pronto. Venga, tengo que hacer un recado.

– ¿A estas horas? Señor, está todo cerrado.

– Lo que yo busco, no. Es un buzón. Vamos a Correos.

– ¿Está camino de su casa?

– Sí.

– Entonces, vamos.

Hizo que el beodo pasara el brazo por encima de sus hombros y cargó con él. Nemesio era un individuo débil de constitución y la pareja daba bandazos y traspiés de los que se recuperaba por puro milagro. Una campana dio tres toques.

– ¡Las cinco! -exclamó el beodo-. Aún es pronto, ¿qué le decía?

– ¿No podríamos dejar ese recado para mañana?

– Mañana puede ser demasiado tarde. Lo que tengo que hacer es sencillo, ¿sabe usted? Echar una carta a un buzón. Aquí llevo la carta. Es un simple trozo de papel escrito, pero ¡ah! ¡Ah, mi querido amigo! Muchas cabezas rodarán cuando llegue a su destino. Y, si no, al tiempo. ¿Qué hora es?

– No lo sé, señor. Tenga cuidado con ese bordillo.

Siguieron caminando hasta llegar a Correos, operación que les llevó más de media hora, a pesar de hallarse a doscientos metros escasos. En varias ocasiones Nemesio tuvo que detenerse a recobrar el aliento y descansar sentado en el escalón de un soportal. El beodo, en estas pausas, aprovechaba para cantar a plena voz y mear en el centro de la calle. Una vez ante el edificio, buscaron un buzón. El beodo tanteaba los muros y pretendía introducir la carta por cualquier intersticio de las piedras. Al fin Nemesio halló lo que buscaban.

– Déme la carta, señor. Yo la echaré.

– ¡Ni hablar! No debe usted ver a quién va dirigida.

– No miraré.

– Hay que desconfiar. Esta carta es muy importante. ¿Dónde está el buzón?

– Aquí, pero levante la trampilla.

Ayudó al beodo a introducir la carta por la ranura e intentó leer el nombre del destinatario, pero el sobre había sufrido mucho y las arrugas y los lamparones dificultaban su lectura. Sólo pudo advertir que iba dirigida a alguien que vivía en la propia ciudad. Finalizada la proeza, el beodo pareció más tranquilo.

– He cumplido con mi deber -afirmó solemnemente.

– Pues vamos a su casa -propuso Nemesio.

– Sí, vámonos. ¿Qué hora es?

Un poco más ligeros anduvieron hacia las Ramblas. Empezó a lloviznar, pero cesó al cabo de unos instantes. La temperatura era más suave y el viento se había calmado. En los bancos de las Ramblas dormían borrachos y vagabundos. Pasaban carros tirados por percherones, cargados de verduras, camino del Borne. Un perro ladró entre las piernas de Nemesio, que tuvo que encaramarse a un banco para evitar las mordeduras del animal. Fue un recorrido, en suma, sin incidentes dignos de mención. Al llegar a la esquina de las Ramblas y la calle de la Unión, el beodo se despidió de Nemesio.

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