La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– No faltaría más, señor -respondió el viejo con la condescendencia del que, no habiendo cedido en lo más, se complace en ceder en lo menos-, aquí tiene.
El recepcionista se alejó unos pasos y yo llamé a Cortabanyes para pedirle la dirección o el teléfono de Lepprince. Dudaba que me lo diera, pero estaba dispuesto a obligarle como fuera, si bien ignoraba qué tipo de presión podía yo ejercer sobre el abogado. Mis propósitos, en cualquier caso, resultaron vanos, porque nadie respondió. Colgué, saludé y salí a la calle. Lo primero que se me ocurrió fue ir directamente al cabaret. ¿Para qué? ¿Qué haría una vez localizase a María Coral? Lo pensé, pero no perdí el tiempo buscando respuestas a lo que no las tenía. Caminé unos pasos. Un automóvil se puso a mi lado y una voz conocida me llamó.
– Señor, eh, señor.
Me volví: era el chauffeur de Lepprince y me hacía señas desde la ventanilla del vehículo. Las cortinas de la limousine estaban echadas, por lo cual supuse que su dueño iba dentro. Me detuve.
– Suba, señor -me indicó el chauffeur.
Así lo hice y me encontré sentado en una lujosa caja de piel granate, iluminada por una lamparilla a cuya luz oscilante distinguí el rostro sonriente y la elegante figura de Lepprince. El automóvil se había puesto en marcha de nuevo.
– ¿Qué ha sido de María Coral? -pregunté.
– Hola, Javier. Éste no es modo de empezar una conversación entre amigos, ¿no te parece? -me reconvino el francés con su sempiterna sonrisa benévola.
Nemesio Cabra Gómez empezó a caminar seguido del coloso de la boina, que no le quitaba los ojos de encima. Se internaron por callejas oscuras que Nemesio, habituado a los bajos fondos, reconocía sin dificultad. Aquello le inquietó, pues significaba que a su raptor no le importaba que más adelante Nemesio pudiera rehacer el camino y localizar el sitio al que le conducía, y ello sólo podía tener una justificación: que no pensaba darle semejante oportunidad.
Buscó con la mirada un reloj: las calles por las que transitaban no estaban concurridas, pero se oía ruido de fiestas en figones y patios. Si dieran las doce, la gente inundaría la calzada para felicitarse, beber y celebrar el Año Nuevo. Aquella sería una hipotética posibilidad de fuga. ¿Dónde diablos había un reloj? Pasaron junto a una iglesia y Nemesio alzó los ojos: en la torre del campanario resaltaba la esfera blanca con números romanos. Las saetas señalaban las once. Este detalle habría de servirle más adelante en sus deducciones. El coloso de la boina le dio un empujón.
– Ya rezarás cuando sea el momento -le dijo.
Nemesio ramoneaba para ganar tiempo a riesgo de recibir más empellones, pero sus esfuerzos se revelaron inútiles. Llegados delante de un establecimiento a la sazón cerrado, el coloso le ordenó:
– Llama: dos golpes, una pausa y otros tres.
– Escucha, Julián, estás en un error. Todo esto se debe a un malentendido. Yo no soy lo que pensáis.
– Llama.
– Piensa que vas a echar un lastre sobre tu conciencia si no atiendes a razones. ¿Quieres ser un Caifás?
– Si no llamas, llamaré yo usando tu cabeza como picaporte.
– ¿No me quieres escuchar?
– No.
Nemesio Cabra Gómez llamó como su raptor le había indicado y a poco se alzó una cortina de hule, un rostro ceñudo indagó la identidad de los recién llegados y 1a puerta se abrió haciendo tintinear unas esquilas que pendían del dintel. Nemesio se encontró en lo que parecía el estudio de un fotógrafo. En un extremo del local había una máquina de fuelle colocada sobre un trípode. De la máquina colgaba una manga negra y una pera suspendida de un cable. Al otro extremo del estudio se distinguía una silla majestuosa, una columna dorada, unas palomas disecadas y varios manojos de flores de papel. De las paredes colgaban retratos que la oscuridad no permitían ver con precisión, pero que sugerían parejas de novios y niños de primera comunión. Los tres hombres no hablaron. El que había respondido a la llamada dejó caer la cortina, encendió una cerilla y condujo a los recién llegados a una escalera estrecha oculta al público por un corto mostrador. Descendieron por la escalera, se apagó la cerilla, continuaron á tientas y desembocaron en una estancia que hacía las veces de laboratorio fotográfico a juzgar por las jofainas llenas de líquidos turbios y otros utensilios propios de la profesión. A una mesa sobre la que brillaba una lámpara de petróleo se sentaban dos hombres, los mismos que diez días antes habían sostenido con Nemesio Cabra Gómez una misteriosa conversación en la trastienda de una taberna. Nemesio les conocía y ellos le conocían a él. El coloso de la boina, a quien todos llamaban Julián, empujó a Nemesio hasta la mesa y se sentó junto a sus compañeros. El que les había franqueado la entrada ocupó también su asiento. Los cuatro miraban al prisionero y nadie decía una palabra. Nemesio perdió la sangre fría.
– No me miréis así. Sé lo que estáis pensando, pero no hay que fiarse de las apariencias.
– La gallina que canta es la que ha puesto el huevo -dijo uno de los hombres.
– Miradme bien, hace años que me conocéis -insistió Nemesio midiendo con los ojos el espacio que le separaba de la escalera (excesivo para salvarlo sin recibir antes un tiro)-,soy un muerto de hambre, un pobre de solemnidad. Mirad mis costillas -se levantó los andrajos y dejó ver un pellejo fláccido y un costillar prominente-, se pueden contar todos mis huesos, como dicen los Libros Sagrados del Señor. Y ahora, decidme, ¿viviría como vivo, pasaría el hambre que paso si fuera un confidente de la Patronal? ¿De qué me serviría granjearme vuestra enemistad, traicionar a los míos y atraer venganzas? ¿Qué han hecho ellos por mí? ¿Qué le debo a la policía?
– Cállate de una vez, cotorra -le dijo Julián-. No has venido a declamar, sino a contestar unas preguntas.
– Y a responder de tus actos -añadió otro que, por sus maneras, parecía el jefe.
Un sudor frío empapó el fláccido pellejo de Nemesio. Volvió a medir distancias, intentó reconstruir mentalmente los objetos diseminados por el estudio fotográfico y que, llegado el momento, podían entorpecer su huida, trató de recordar si al entrar habían cerrado con llave la puerta del establecimiento. Era demasiado aventurado y se dijo para sus adentros que no compensaba el riesgo.
– Cuéntanos qué sucedió -le dijeron-, pero no mientas ni ocultes nada…, ya sabes por qué.
– Juro por el Altísimo que lo que os dije era la verdad. No tengo nada que añadir salvo lo que ya sabéis: que lo mataron.
El hombre cuyo rostro cruzaba un chirlo dio un manotazo en la mesa que hizo bailar vasijas y jofainas.
– ¿Pero quién mató a Pajarito de Soto? -dijo.
Nemesio Cabra Gómez esbozó un gesto de disculpa.
– No lo sé.
– ¿Por qué viniste a preguntar por él?
– Un caballero de aspecto distinguido vino a mi encuentro hace aproximadamente dos semanas. Yo no le conocía, pero él a mí sí. No dijo quién era. Me aseguró que no tenía nada que temer, que no era policía ni enlace de la Patronal, que le repugnaba la violencia y que sólo quería evitar un acto execrable y desenmascarar a unos malvados.
– ¿Y tú le creíste?
– También vosotros me creísteis a mí.
– Eso es cierto -dijo el del chirlo, que parecía, con todo, el más ecuánime-. Continúa.
– El distinguido caballero me preguntó si conocía a Domingo Pajarito de Soto (que en paz descanse) y yo le respondí que no, pero que no era problema para mí averiguar su paradero. «En eso confío», dijo el distinguido caballero, y yo: «¿Para qué lo quiere?» «Tengo motivos fundados para creer que corre peligro.» «Pues, ¿qué ha hecho?» «Lo ignoro», dice él, «y eso es precisamente lo que tú tienes que averiguar». «¿Por qué yo precisamente?, ¿por qué no la policía?» «Yo soy el que hace las preguntas», dice él, «pero te diré que no tengo aún razones suficientes para acudir a la fuerza pública y, por otra parte…» «¿Qué?», le digo. «Nada.» Y guardó un sombrío silencio. Viendo que no proseguía, le pregunté: «¿Y qué tengo que hacer una vez localice a ese Pajarito de Soto?» «Nada.», repitió él. «Síguele a todas partes y mantenme informado de sus actividades.» «¿Y cómo me pondré en contacto con usted?» «El día de Nochebuena, a las seis y media, me esperas en la puerta de El Siglo. ¿Habrás tenido tiempo de dar con mi hombre?» «Descuide usted, señor.» Convinimos un precio, no muy alto, a decir verdad, y nos separamos.