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La verdad sobre el caso Savolta

Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:

«Le tengo un gran cariño porque recuerdo su elaboración como una época especialmente intensa de mi vida literaria, llena de ilusiones, de esfuerzos angustiosos y resultados sorprendentes, de decisiones que en mi inexperiencia eran trascendentales. Podría decir que me jugaba el todo por el todo, o que puse toda la carne en el asador, dos frases hechas cuyo significado no acabo de entender muy bien.» Eduardo Mendoza En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.
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– Te lo prometo -dijo Lepprince con un hilo de voz.

Nemesio Cabra Gómez tenía hambre. Llevaba una hora vagando por las calles silenciosas y el frío se le había metido hasta los huesos. Pasó por delante de una tasca y se paró a fisgar a través de los cristales empañados de la puerta. Casi no se veía el interior a causa de la grasa y el vaho, pero se adivinaba el bullicio propio de la festividad. Era la noche de San Silvestre, la víspera de Año Nuevo. Contó el dinero que le quedaba y calculó que aún podía pagarse una cena discreta. La puerta se abrió para dar paso a un hombre tripudo y endomingado que salió con paso vacilante llevando del brazo a una mujer joven, de carnes frescas y abundantes y perfume incisivo. Nemesio Cabra Gómez se hizo a un lado y se ocultó en la sombra. Esfuerzo innecesario, pues el hombre no le habría visto aunque se hubiese arrojado a sus pies, ocupado como andaba en tenerse sobre sus piernas y en manosear a la mujer, que procuraba escurrir el cuerpo a las torpes caricias del cliente sin dejar de sonreír y fingir alegría. Pero lo que Nemesio no pudo evitar fue que la visión de la mujer le inundase los ojos y que su nariz se viese asaltada por el perfume sensual y el olor a pescado frito que salía de la tasca.

Aquellas tentaciones pudieron más que su reserva. Empujó la puerta y entró. La tasca era una olla de grillos. Todo el mundo hablaba a la vez, los borrachos cantaban, cada cual a su aire y a pleno pulmón, con la pretensión de hacerse oír y la tenacidad propia del borracho. Nemesio contempló el espectáculo desde la entrada: nadie pareció advertir su presencia, las cosas se presentaban bien. Pero pronto los hechos vinieron a contradecir su optimismo. Las voces fueron atenuándose poco a poco, callaron los borrachos y en cuestión de segundos el silencio más absoluto se adueñó del local. Más aun: los parroquianos, que se apiñaban en torno a la barra, fueron apartándose a uno y otro lado del establecimiento hasta dejar una calle flanqueada de rostros expectantes, a un extremo de la cual estaba Nemesio y al otro un tipo barbudo y musculoso, vestido con una sucia zamarra y boina vasca.

Nemesio Cabra Gómez no necesitó más datos para deducir que su situación no era la deseada. Dio media vuelta, abrió la puerta y apretó a correr. El hombre de la zamarra y la boina salió tras él.

– ¡Nemesio! -aulló con un vozarrón que parecía un cañonazo-. ¡Nemesio, no escapes!

Nemesio galopaba por las calles sorteando viandantes y saltando obstáculos, sin volver la cabeza, seguro de que le perseguía el de la zamarra y de que le perseguiría hasta ponerle la mano encima. Forzó la marcha, recibió un cubo de agua sucia arrojado desde una ventana, perdió un zapato. Las fuerzas le abandonaban, los pulmones le ardían. Oyó de nuevo el vozarrón.

– ¡Nemesio! ¡Es inútil que corras, te atraparé!

Aún dio media docena de zancadas, se le nubló la vista, se agarró a un poyo y resbaló lentamente hasta sentarse en el suelo. El hombrachón de la zamarra llegó a su lado resoplando, lo agarró por los hombros y tiró de él hasta ponerlo en pie.

– ¿Te querías escapar, eh?

Cada vez que le soltaba se le arrugaban las piernas y se caía. El coloso de la boina se sentó en el poyo y esperó a que Nemesio recobrase el aliento. Mientras esperaba se abrió la zamarra para sacar un pañuelo de hierbas con el que enjugarse el sudor, y al hacerlo dejó entrever la culata negra de un pistolón.

– Yo no hice nada, lo juro por la Santísima Trinidad -resollaba Nemesio abrazado al poyo-. No tengo nada de qué avergonzarme.

– ¿Ah, no? ¿Y por qué corrías? -espetó el de la zamarra.

Nemesio aspiró una bocanada de aire y encogió los hombros.

– Hay mucha mala fe en estos tiempos.

– Ya nos lo contarás más tarde. Ahora levántate y ven conmigo. Ah, y cuidado con hacer tonterías. La próxima vez que intentes escapar te descerrajo un tiro. Ya lo sabes.

III

Lepprince estaba en lo cierto: la primavera se anunciaba insuflando en el aire esa fragancia que tiene algo del vértigo placentero de la locura. Durante dos días (ahora, en el recuerdo, los más bellos de mi vida) acudí al hotel de la calle Princesa a visitar a María Coral. El primer día le llevé flores. Me río ahora al recordar cuántas dudas, cuántas vacilaciones tuve que vencer, cuánta osadía tuve que reunir para comprar aquel modesto ramillete y con qué rubor se lo entregué, temeroso de parecer almibarado y cursi, de que las flores no fueran de su agrado, de que suscitaran en ella un mal recuerdo contraproducente, de que hubiera recibido ya otro ramo mayor, más caro (de Lepprince, naturalmente), y mi obsequio sólo sirviera para evidenciar mi pobreza, mi subordinación. Y se me hace un nudo en la garganta reviviendo la escena de la entrega, rememorando la gravedad con que lo recibió, sin burla ni encono, con una sencilla gratitud que se revelaba no tanto en sus palabras como en sus ojos grandes, luminosos, y en sus manos, que cogieron el ramo y lo acercaron a su rostro y luego, posándolo en la cama, tomaron las mías y las estrecharon breve pero expresivamente. Hablamos poco; nada o demasiado tenia que decirle para sobrellevar una conversación; me fui, estuve paseando hasta muy tarde. Recuerdo que estaba triste, que maldije mi suerte, que era feliz.

Volví al día siguiente. Mis flores, en un tarro de cristal, presidían un bargueño. María Coral tenía buen aspecto y estaba muy animada. Me contó que le habían prohibido tener las flores en el cuarto desde el atardecer hasta la madrugada, porque las flores, en la oscuridad, se comen el oxígeno del aire. Yo ya lo sabía, pero se lo dejé contar con todo lujo de detalles. Le traía unos bombones. Protestó de que hiciera tanto gasto, abrió la caja, me ofreció, comí uno. Llegó el doctor Ramírez y se zampó tres en un instante. Con la boca llena de chocolate tomó el pulso a la enferma, sonrió.

– Estás mejor que yo, criatura.

Le dijo que se incorporase y se abriera el camisón para auscultarla. Salí al pasillo y aguardé al médico, que me confirmó el diagnóstico: María Coral estaba bien, podía dejar la cama cuando quisiera, llevar vida normal, volver al trabajo, si era su deseo. Aquellas palabras, lejos de alegrarme, se me clavaron como puñales. Abrevié la visita y volví a mi casa, pues quería pensar, pero mi cabeza era un torbellino. Hice mil proyectos descabellados sin abordar el núcleo de la cuestión. Dormí poco, mal y fragmentariamente. Por la mañana el pesimismo teñía mis ideas. Como suele suceder cuando se ha pasado una noche intranquila. En el trabajo me comporté como un patán: entendía las cosas al revés, perdía los papeles, tropezaba con los muebles. Cortabanyes era el único que no parecía darse cuenta de mi trastorno. Los demás me miraban con curiosidad, pero, escarmentados, callaban y enmendaban mis estropicios. Apenas acabó la jornada corrí al hotel. El viejo recepcionista me detuvo en el vestíbulo.

– Si viene a ver a la señorita enferma, no suba. Se marchó al mediodía.

– ¿Que se ha ido? ¿Está usted seguro?

– Claro, señor -exclamó el recepcionista simulando que mis dudas le ofendían-, no le diría una cosa por otra.

– ¿Y no ha dejado una nota para mí? Me llamo Miranda, Javier Miranda.

– La señorita no ha dejado recado para nadie.

– Pero, dígame, ¿se fue sola? ¿Vino alguien a buscarla? ¿Dejó dicho dónde iba?

El recepcionista hizo gesto de disculpa.

– Perdone, señor, pero no estoy autorizado a revelar nada que concierna a los clientes del hotel.

– Es que… este caso es distinto, puede ser importante, hágame el favor.

– Lo siento, señor, ya le he dicho que la señorita no dejó ningún recado -repitió con una cazurrería que me resultó sospechosa.

Reflexioné aprisa, sin saber muy bien sobre qué reflexionaba.

– ¿Puedo hacer una llamada telefónica? -dije por fin.

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