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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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– ¡La humanidad, ahora, soy yo! -gritaba Sinan desde lo alto de su fortaleza de Masyaf, con los brazos levantados en dirección al crepúsculo, dedicando sus victorias a los Siete Silenciosos (los siete principales imanes de los ismailíes) y a su soberano, Ta-wil at'Umr (el Señor de las Llaves y de las Puertas).

»¡Vengaré tu muerte, Alí! -gritaba al norte, antes de añadir, mirando al sur-: ¡La tuya también, Ismail! -Luego hacia el este-: ¡Y la tuya, Mahoma! -Y al oeste-: ¡La tuya también, Jesús!

Sinan sostenía dos largas espadas escarlata, que rasgaban el cielo y acuchillaban el horizonte con trazos rojizos entre los que se ponía el sol. Cruzaba sus hojas formando oscuras figuras que supuestamente debían resucitar las fuerzas del día y de la noche, unir lo turbio y lo claro, el sentido y el sinsentido, dar a los hombres la revelación, la explicación del universo.

Pero no ocurría nada. Solo, bajo las nubes, un halcón describía grandes círculos perfectos.

Extenuado, Sinan dejó caer los brazos. Le pareció que descendía de nuevo del cielo para posarse sobre el torreón de su fortaleza, que, paradójicamente, era un pozo cavado en la cima de la montaña más alta del Yebel Ansariya, de picos escarpados eternamente cubiertos de nieve. Sus hombres habían dispuesto allí toda una red de galerías y de salas.

Sinan volvió a sus aposentos. Las ventanas, talladas en la roca, daban al desierto de Samiya, de donde había surgido, en 1176, el ejército de Saladino para ir a sitiarlo, en vano, por primera vez.

Cortinas de lana blanca tapaban las aberturas y permitían que la habitación conservara una temperatura, si no agradable, al menos adecuada para un hombre habituado a los rigores del clima.

Con humor sombrío, Sinan se sirvió un vaso de un vino denso, brillante y rojo como la sangre de un recién nacido, y llamó con voz seca a dos de sus sirvientes. Quería una mujer. Que fueran, pues, a buscársela a su harén. Una mujer soberbia de sangre mezclada, con la piel cubierta de tatuajes, acababa de ser conducida allí. Tenía ganas de verla y de acostarse con ella. Decían que era rebelde a toda autoridad, salvaje y, sobre todo, de una belleza de piedra preciosa…

Todo poder engendra su contrapoder, todo remedio su mal, todo mal su remedio. Saladino procuraba, como los asesinos, no hacerse notar. Si se distinguía, no era -al contrario que sus predecesores o sus contemporáneos del mismo rango- por los excesos palaciegos, los harenes y las orgías, sino, a la inversa, por un rigor extremo y una gran piedad, y por su menosprecio de las riquezas. Era tan piadoso, tan devoto, tan fervoroso en sus creencias, se sentía hasta tal punto consagrado a su misión, que el contraste dejaba en mal lugar a sus iguales y superiores, encantando al mismo tiempo a las multitudes.

Saladino no se preocupaba por eso, por más que complacer al pueblo y chocar a una casta dirigente que él calificaba de «decadente» no era algo que pudiera disgustarle. Creía que tenía el derecho de su parte, sentía que la mano de Alá lo ayudaba en su yihad, y cuando -en la duda- rogaba a Mahoma o a Gabriel que lo iluminaran, un sueño en la noche le aconsejaba qué camino seguir, qué decisiones tomar.

Saladino se equivocaba raramente, y, si se equivocaba, era por un bien mayor que aquel al que aspiraba. Así, cuando se enteró de que Morgennes había escapado, lanzó un profundo suspiro acompañado por un gesto de la mano que significaba: «¿Y qué queréis que haga? Si es así, Dios lo ha querido».

En la plaza del mercado, el doctor al-Waqqar levantó una ceja y tronó de indignación por los daños causados por las bombas incendiarias que habían lanzado en su huida los asesinos, aquellos hombres de mantos grises.

Ahora todos estaban convencidos: aquella matanza, aunque hubiera sido agravada por los soldados del atabek, había sido causada por los asesinos. Al-Waqqar se secó con la manga el sudor que perlaba su frente y volvió al trabajo. Se inclinó sobre un joven cuyas piernas habían sido alcanzadas por pez inflamada. El líquido se había pegado a sus miembros inferiores, quemados desde los pies hasta la pelvis. El desgraciado todavía respiraba. Entre dos sollozos abrió la boca para tragar aire, pero no consiguió hablar ni lanzar el menor grito. Estaba como apagado. Al-Waqqar le pasó un paño húmedo por el rostro. También sus cejas se habían quemado. La carne se había fundido sobre los huesos dándole un aspecto de esqueleto. Al-Waqqar le deseó una muerte rápida.

El doctor estaba perdido en sus pensamientos, cuando se oyó un estruendo proveniente de la ciudad baja: la eminencia gris de Saladino, el cadí Ibn Abi Asrun, subía con su cortejo de ujieres, escribas, oficiales y ulemas para asumir la dirección de la investigación. Saladino no había esperado a recibir el informe del gordo atabek Shams al-Dawla Turansha para hacerse cargo del asunto: Ibn Abi Asrun resolvería aquello mejor que nadie.

Todos los testimonios coincidían. Habían visto a una media docena de hombres vestidos de gris, posiblemente asesinos, así como a dos hombres con mantos blancos, de los que se sabía que eran templarios (u hospitalarios disfrazados) llegados para comprar a Morgennes. También se había informado de la presencia de desertores del ejército de Saladino. Según se deducía de los primeros elementos de la investigación, se trataba de bandidos de la tribu de los maraykhát.

Bajo la dirección del cadí Ibn Abi Asrun, los ulemas se apresuraron a interrogar a los heridos más graves antes de que entregaran su alma. Los escribas tomaban sus gritos por escrito.

La investigación seguía su curso, pero ya algunos elementos permitían afirmar que el asunto no era sencillo, y que diferentes partes -aparentemente contrapuestas- se encontraban mezcladas en él.

Al-Waqqar cerró los ojos del desgraciado joven al que había lavado la cara y se reprochó no haber acudido a atender a otra víctima que ahora ya debía de estar muerta. Se había entretenido demasiado. Hizo una mueca, se levantó y se dirigió hacia un nuevo herido con la esperanza de salvarlo. No lejos de allí, unos soldados tiraban cadáveres a una carreta para llevarlos fuera de la ciudad. Temían que pudiera desencadenarse una epidemia, y había que retirar a los muertos lo más deprisa posible. Las familias irían a reconocer a los suyos al exterior de los muros de Damasco, si es que había algo que reconocer; si no, los restos irían a la fosa común.

El cuerpo al que al-Waqqar se acercó tenía una talla desmesurada, casi inhumana. Al menos eso fue lo que se dijo al verlo tendido sobre dos o tres cadáveres a los que casi cubría por completo. Su mano se agitaba espasmódicamente y su mirada buscaba la del médico. El pecho del hombre se elevaba a sacudidas, y cada vez que espiraba se oían unos ruidos extraños, como pequeñas burbujas de aire que reventaran en la superficie de una ciénaga. No podía durar mucho.

Al-Waqqar se arrodilló a su lado y le cogió la mano. Era tan enorme que le costó sostenerla entre las suyas. El hombre volvió la cabeza hacia él y clavó los ojos en los suyos. En su mirada no había miedo ni odio; solo la espera de un largo sueño. Trató de abrir la boca, pero al-Waqqar le puso un dedo en los labios.

– No digáis nada -murmuró.

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