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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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»Ese ejército de más de cien mil hombres atacó Ebinissia, la capital de Galea. La Orden Imperial pidió a todos los habitantes de la ciudad que se unieran a ellos y se sometieran a la Orden. Es decir, se les pedía que traicionaran a la Tierra Central y renegaran de su compromiso con la unidad y la defensa común que representaba la Tierra Central. Pero los valientes habitantes de Ebinissia se negaron.

El duque abrió la boca para decir algo, pero por primera vez la voz de lord Rahl adoptó un tono amenazador que lo dejó sin palabras.

— El ejército de Galea defendió la ciudad hasta el último hombre. El hechicero usó su poder para abrir una brecha en las murallas de la ciudad por la que la Orden Imperial irrumpió. Tras eliminar a los defensores galeanos, muy inferiores en número, la Orden Imperial no ocupó la ciudad sino que la recorrió como una manada de animales salvajes, violando, torturando y asesinando a pobres inocentes.

Con la mandíbula tensa, lord Rahl se inclinó sobre el escritorio y señaló con un dedo al duque Lumholtz.

— La Orden masacró a todos los seres vivos de Ebinissia: viejos, jóvenes y recién nacidos. Empalaron a pobres mujeres embarazadas para matar tanto a la madre como al hijo por nacer.

Con la cara roja de rabia, dio un puñetazo en la mesa que sobresaltó a todos los presentes.

— ¡Con ese acto, la Orden Imperial demostró que todo lo que dice son mentiras! Ha perdido el derecho de predicar a los demás qué está bien y qué está mal. Son depravados. Los mueve un único objetivo: vencer y someter. Masacraron a la gente de Ebinissia para demostrar qué les sucedería a todos lo que no se rindieran.

»No se detendrán por fronteras ni por argumentos. ¿Qué ética se puede esperar de hombres que han manchado sus espadas con la sangre de recién nacidos? Que nadie ose plantarse ante mí y tratar de convencerme de lo contrario; la Orden Imperial no tiene perdón. Ha mostrado los colmillos que oculta detrás de sus sonrisas, ¡y por los espíritus que han perdido el derecho de hablar como si poseyeran la verdad!

Lord Rahl inspiró hondo para tranquilizarse y se enderezó.

— Tanto los inocentes que murieron a espada como quienes empuñaban esas espadas perdieron mucho ese día. Unos perdieron la vida y los otros perdieron su humanidad y el derecho de ser escuchados, y mucho menos de ser creídos. Ellos, y cualquiera que se una a ellos, son mis enemigos.

— ¿Y quiénes eran esas tropas? —preguntó alguien—. Vos mismo habéis admitido que la mayoría eran d’haranianos. Vos sois el líder de los d’haranianos. Cuando el Límite cayó, la primavera pasada, los d’haranianos atacaron y cometieron atrocidades muy similares a las que habéis expuesto. Aunque Aydindril se ahorró sus crueldades, muchas otras ciudades y pueblos sufrieron el mismo destino que Ebinissia pero a manos de D’Hara. ¿Y ahora nos pedís que creamos en vos? No sois mejor que la Orden.

Lord Rahl asintió.

— Lo que decís sobre D’Hara es cierto. Entonces D’Hara estaba gobernada por Rahl el Oscuro, mi padre, aunque yo no lo conocía. Rahl el Oscuro no me crió, ni me educó en su maldad. Sus propósitos eran muy parecidos a los de la Orden Imperiaclass="underline" conquistar todas las tierras y gobernar sobre todo el mundo. Pero mientras que la Orden es una causa monolítica, la suya era una empresa personal. Además de usar la fuerza bruta, también usaba la magia, como la Orden.

»Yo me opongo a todo lo que Rahl el Oscuro representaba. Él no se detenía ante ninguna maldad para lograr lo que quería: torturó y mató a un número incontable de inocentes y eliminó la magia para que no pudiera usarse contra él, como la Orden pretende hacer.

— En ese caso, sois igual que él.

— No, no lo soy. Yo no ansío el poder. Si empuño una espada es únicamente para luchar contra la opresión. Combatí del lado de la Tierra Central contra mi padre y no me quedó más remedio que matarlo por sus crímenes. Pero luego, con su perversas artes mágicas, logró regresar del inframundo y yo tuve que usar magia para detenerlo y devolver su espíritu al Custodio. Usé de nuevo la magia para cerrar una puerta por la que el Custodio enviaba a sus sicarios a este mundo.

Brogan hizo rechinar los dientes. Sabía por experiencia que los poseídos muchas veces trataban de ocultar su verdadera naturaleza vanagloriándose del valor con que habían luchado contra el Custodio y sus sicarios. Había oído tantas historias falsas que había aprendido a reconocerlas como un modo de enmascarar la verdadera maldad del corazón. Los seguidores del Custodio eran demasiado cobardes para mostrarse realmente como eran y se ocultaban detrás de alardes y cuentos inventados.

De hecho, hubiese llegado antes a Aydindril de no haberse topado con tantos focos de perversidad en el mismo Nicobarese. Ciudades y pueblos en los que todo el mundo parecía llevar una vida piadosa resultaron estar corrompidos por el mal. Cuando fueron interrogados como es debido, algunos de los más ardientes defensores de la virtud se confesaron blasfemos y revelaron los nombres de las streganicha y los poseídos que vivían en el vecindario y que los habían pervertido con su magia.

Se imponía la purificación. Había sido necesario purificar con el fuego ciudades enteras hasta no dejar ni siquiera un letrero que condujera hasta esas guaridas del Custodio. La Sangre de la Virtud había cumplido la voluntad del Creador, aunque para ello necesitó tiempo y esfuerzo.

Furioso, Brogan prestó de nuevo atención a las palabras de lord Rahl.

— Si asumo este reto es solamente porque me ha sido confiada la espada. Os pido que me juzguéis no por quien fue mi padre sino por mis actos. Yo no asesino a inocentes indefensos; la Orden Imperial, sí. Hasta que no viole la confianza de las personas honestas, tengo el derecho de que se me juzgue también con honestidad.

»No puedo presenciar de brazos cruzados la victoria de esos hombres malvados; pienso luchar con todos los medios a mi alcance, lo cual incluye la magia. Quien se alíe con los asesinos, no encontrará clemencia bajo mi espada.

— Nosotros sólo queremos la paz —gritó alguien.

Lord Rahl asintió.

— Ojalá reinara la paz y pudiera regresar a mi hogar, a mis amados bosques y llevar una vida sencilla. Pero no puedo, del mismo modo que tampoco podemos regresar a la inocencia de nuestra infancia. Me ha sido impuesta una responsabilidad. Quien dé la espalda a los inocentes que necesitan ayuda se convierte en cómplice de los atacantes. Es en nombre de los inocentes y los desamparados que empuño esta espada y libro esta batalla.

Lord Rahl apoyó de nuevo el brazo en la silla del centro.

— Ésta es la silla de la Madre Confesora. Durante miles de años las Madres Confesoras gobernaron la Tierra Central con mano benevolente y lucharon por mantener la unidad, para que los diferentes pueblos de la Tierra Central vivieran en paz como buenos vecinos, gozando de libertad y sin temer las amenazas externas. —Lord Rahl observó todos aquellos ojos clavados en él—. El consejo trató de romper la unidad y la paz que representan esta sala, este palacio y esta ciudad; esa unidad y esa paz que recordáis con nostalgia. Unánimemente la condenaron a muerte y la ejecutaron.

Lentamente lord Rahl desenvainó la espada y la dejó sobre la mesa, donde todos pudieran verla.

— Como ya os he dicho, se me conoce con diferentes nombres, uno de los cuales es Buscador de la Verdad, título que me fue impuesto por el Primer Mago. Llevo la Espada de la Verdad por derecho. Anoche, ejecuté al consejo por traición.

»Vosotros sois los representantes de los pueblos que componen la Tierra Central. La Madre Confesora os brindó la oportunidad de permanecer unidos pero vosotros la rechazasteis y le disteis la espalda.

Un hombre al que Tobias no podía ver rompió el gélido silencio.

— Ninguno de nosotros aprobó lo que hizo el consejo. Muchos deseábamos que la Tierra Central resistiera. La Tierra Central volverá a unirse y será de nuevo fuerte para la lucha.

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