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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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Intentó televisarle algunas preguntas. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué quieres? ¿Por qué te propones hacer daño a Julie?

Repentinamente, la «cosa malévola» empezó a atraerle hacia sí como un enorme imán. No había sentido nunca nada semejante. Cuando intentaba enviar sus pensamientos a Bobby y Julie ninguno de los dos le captaba ni le atraía hacia sí como aquella «cosa malévola».

Una parte de su mente pareció desenrollarse como una madeja, y el cabo suelto se dirigió hacia la noche, hacia la oscuridad, hasta encontrar a la «cosa malévola». Súbitamente, Thomas estuvo muy cerca de la «cosa malévola», demasiado cerca. Ella le rodeaba por completo, enorme, fea y tan extraña que Thomas se sintió como si hubiese caído en una piscina llena de hielo y cuchillas de afeitar. No sabía si era un hombre, no podía ver su forma, sólo sentirla, tal vez fuera bonita por fuera pero.su interior era palpitante, lóbrego y de una profunda malevolencia. El notó que la «cosa malévola» estaba comiendo. Su alimento estaba todavía vivo y se debatía. Thomas se asustó mucho e inmediatamente intentó desligarse, pero por un momento la horrenda cosa le retuvo y él logró escapar imaginando que el cordel mental que él había desenrollado se enrollaba de nuevo por sí solo hasta formar de nuevo la madeja.

Cuando el cordel mental estuvo todo enrollado, Thomas se apartó de la ventana jadeando. Oía los martillazos de su corazón. Notaba un sabor nauseabundo en la boca. El mismo sabor que tenía cuando se mordía la lengua sin querer, y también cuando el dentista le hurgaba adrede los dientes. Sangre.

Mareado y asustado, se sentó en la cama y encendió sin tardanza la lámpara. Cogió un pañuelo de papel de la caja que había en la mesilla de noche y escupió en él. Miró para ver si había sangre. No la había. Sólo saliva.

Probó otra vez. Nada de sangre.

Thomas supo lo que eso significaba. Había estado demasiado cerca de la «cosa malévola». Quizás incluso dentro de ella, sólo por un instante. El desagradable sabor no era el mismo que la «cosa malévola» paladeaba rasgando con sus dientes un alimento vivo, palpitante. El no tenía sangre en la boca, sólo sabor a sangre. Pero eso era una mala señal; ahora no se trataba de morderse la lengua ni de sufrir la extracción de un diente, porque cuando lo saboreó no era su propia sangre.

Aunque hacía bastante calor en la habitación, Thomas empezó a temblar y no pudo dejar de hacerlo.

Candy merodeaba por los desfiladeros presa de una necesidad apremiante, haciendo salir a diversos animales silvestres de sus madrigueras y nidos. Estaba arrodillado en el barro junto a un inmenso roble sufriendo los embates de la lluvia mientras chupaba la sangre de la garganta desgarrada de un conejo, cuando sintió que alguien le ponía una mano sobre la cabeza.

Arrojó el conejo al suelo y se levantó de un salto dando media vuelta. Allí no había nadie. Sólo dos de los gatos más negros de sus hermanas, visibles únicamente porque sus ojos eran luminosos en las tinieblas; ambos le habían seguido desde que había abandonado la casa. Aparte de eso estaba solo.

Durante un segundo o dos sintió todavía la mano sobre su cabeza, aunque no había tal cosa. Luego, la sensación pasó.

Escudriñó las sombras por todas partes y escuchó la lluvia que aporreaba las hojas del roble.

Por fin, se encogió de hombros, e impulsado por su intensa necesidad reanudó la marcha hacia el este, andando cuesta arriba. Sobre el fondo del desfiladero se había formado un arroyo de unos setenta centímetros de anchura pero no era lo bastante profundo para dificultar su avance.

Los gatos, calados hasta los huesos, le siguieron. Él no los quería a su lado pero sabía por experiencia que no podría ahuyentarlos. Los animales no solían acompañarle, pero cuando se empeñaban en seguir su pista no había fuerza humana que los disuadiera.

Después de recorrer unos ochenta metros, se dejó caer de rodillas otra vez, extendió las manos delante de sí e hizo que el poder brotara una vez más. Una luz titilante de color zafiro iluminó la noche. La maleza se agitó, las ramas de los árboles temblaron y las piedras chocaron unas con otras.

Manadas de animales buscaron refugio despavoridas y algunos de ellos corrieron hacia Candy. Echó mano a un conejo y falló, pero apresó una ardilla. El animal intentó morderle pero él lo agarró por una pata y sacudió su cabeza contra el suelo fangoso, atontándolo.

Violet estaba en la cocina con Verbina. Ambas se habían sentado sobre las mantas con veintitrés de sus veinticinco gatos.

Una parte del pensamiento de Violet y otra del de su hermana estaban en Cinder y Lamia, los gatos negros por medio de los cuales ellas acompañaban a su hermano. Cuando vieron que Candy apresaba y destruía su presa, Cinder y Lamia se excitaron, y a Violet le ocurrió lo mismo. Quedó electrizada.

La húmeda noche de enero era profunda, sólo la iluminaba la luz ambiental de las urbanizaciones concentradas hacia el oeste, que se reflejaba en los vientres de las nubes bajas. Entre los animales silvestres, Candy era la criatura más silvestre de todas, un depredador feroz, poderoso y despiadado, que se deslizaba raudo y silencioso por los escabrosos desfiladeros, apoderándose de lo que necesitaba y quería. Era tan fuerte y ágil que parecía flotar por el desfiladero como si no fuera un hombre de carne y hueso sino una criatura voladora cerniéndose a gran altura sobre la tierra.

Cuando Candy apresó la ardilla y le machacó la cabeza contra el suelo, Violet dividió la parte de su mente que estaba con Cinder y Lamia y entró también en la ardilla. Ésta quedó atontada por el golpe, se debatió apenas y miró aterrorizada a Candy.

Las manos enormes y poderosas de Candy sujetaron la ardilla pero Violet pareció sentir que estaban también sobre ella recorriendo sus piernas desnudas y sus caderas, sus pechos y su vientre.

Candy le quebró la espina dorsal contra la rodilla doblada.

Violet se estremeció. Verbina gimió y se agarró a su hermana.

La ardilla perdió toda sensibilidad en sus extremidades.

Con un gruñido hondo, Candy mordió la garganta del animal. Le desgarró la piel rajando los vasos sanguíneos.

Violet notó que la sangre caliente brotaba de la ardilla, notó que la boca de Candy se adhería hambrienta a la herida. Casi le pareció que no había ningún intermediario entre ellos, que los labios de él se apretaban contra su garganta como si fuera su propia sangre la que fluía en su boca. Deseó entrar en la mente de Candy y ser a la vez donante y receptor de sangre, pero eso sólo le era posible con los animales.

No tuvo ya fuerzas para permanecer sentada. Se dejó caer de espaldas sobre las mantas y casi sin darse cuanta entonó una monótona letanía:

– Sí, sí, sí, sí…

Verbina rodó sobre sí misma hasta quedar encima de su hermana. A su alrededor, los gatos dieron volteretas formando una masa viva de pieles, colas y caras bigotudas.

Thomas lo intentó otra vez. Por Julie. Alargó la mano hacia la mente fría y refulgente de la «cosa malévola». E inmediatamente la «cosa malévola» lo atrajo hacia sí. Él dejó que su mente se desovillara como una gran madeja. Ésta atravesó la ventana, zumbó en la noche y estableció contacto.

Televisó sus preguntas: ¿quién eres? ¿De dónde provienes? ¿Qué quieres? ¿Por qué te propones hacer daño a Julie?

Justo cuando Candy arrojaba lejos de sí la ardilla muerta y se levantaba, sintió otra vez la mano sobre su cabeza. Se revolvió y sacudió con ambos puños la oscuridad.

No había nadie detrás de él. Con ojos ambarinos y radiantes, los gatos le observaban vigilantes desde una distancia de seis metros, borrones oscuros en el pálido légamo. Entretanto, toda la vida silvestre de la vecindad inmediata había huido. Si alguien le estuviera espiando, el intruso se ocultaría por el desfiladero en la maleza o en algún nicho de sus paredes, indudablemente no lo bastante cerca para tocarlo.

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