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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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«¿Debería recitar las oraciones yo también? —se preguntó Davos—. ¿Tanto le debo a Stannis? Y este dios llameante, ¿es su dios?» Apretó los muñones de los dedos.

Stannis se quitó el guante y lo dejó caer al suelo. Los dioses de la pira apenas si resultaban ya reconocibles. La cabeza del Herrero se desprendió con una nube de cenizas y brasas. Melisandre cantaba en la lengua de Asshai, su voz subía y bajaba como las mareas. Stannis se desató la capa de cuero chamuscada y escuchó en silencio. Portadora de Luz, clavada en el suelo, todavía brillaba al rojo, pero las llamas estaban menguando y muriendo.

Cuando terminó el cántico, de los dioses no quedaba más que madera carbonizada, y al rey se le había agotado la paciencia. Cogió a la reina por el codo y la acompañó de vuelta a Rocadragón, sin recoger a Portadora de Luz. La mujer roja se detuvo un instante para observar cómo Devan y Bryen Farring se arrodillaban y envolvían la espada quemada y ennegrecida en la capa de cuero del rey.

«La Espada Roja de los Héroes tiene pinta de chatarra», pensó Davos.

Un grupo de señores se quedó hablando en voz baja, apartado del calor del fuego. Al percatarse que Davos los observaba se quedaron en silencio.

«Si Stannis cayera, acabarían conmigo en un momento.» Tampoco estaba entre los hombres de la reina, el grupo de caballeros y señores menores llenos de ambición que se habían entregado a ese Señor de la Luz para ganarse el favor y la protección de Lady Selyse…

«No, de la reina Selyse, ¿recuerdas?»

Cuando Melisandre y los escuderos se marcharon con la preciada espada, el fuego estaba ya agonizando. Davos y sus hijos se unieron a la multitud que se dirigía hacia abajo, hacia la playa y los barcos que aguardaban.

—Devan lo ha hecho muy bien —dijo mientras caminaban.

—Sí, ha cogido el guante sin que se le cayera —respondió Dale. Allard asintió—. Ese dibujo que llevaba Devan en el jubón, el corazón llameante… ¿qué era? El blasón de los Baratheon es un venado coronado.

—Un señor puede tener más de un blasón —dijo Davos.

—¿Un barco negro y una cebolla, padre? —sonrió Dale.

Allard dio una patada a una piedra.

—Los Otros se lleven nuestra cebolla… y también ese corazón llameante. No ha estado bien quemar a los Siete.

—¿Desde cuándo eres tan devoto? —preguntó Davos—. ¿Qué sabe de dioses el hijo de un contrabandista?

—Soy hijo de un caballero, padre. Si tú no lo recuerdas, ¿cómo lo van a recordar los demás?

—Eres hijo de un caballero, pero no eres un caballero —replicó Davos—. Y nunca llegarás a serlo si te entrometes en asuntos que no son de tu incumbencia. Stannis es el soberano legítimo, no nos corresponde a nosotros cuestionar lo que haga. Nosotros dirigimos sus naves y cumplimos sus órdenes. Y nada más.

—Ya que hablamos de eso, padre —dijo Dale—, no me gustan los toneles de agua que me han dado para la Espectro. Son de pino verde. A poco largo que sea un viaje, el agua se estropea.

—Igual que los que me han dado para la Lady Marya —dijo Allard—. Los hombres de la reina se han quedado con toda la madera curada.

—Se lo diré al rey —prometió Davos.

Era preferible que la noticia le llegara a través de él y no de Allard. Sus hijos eran buenos guerreros y mejores marineros, pero no sabían cómo hablar con los señores.

«Son de baja cuna, igual que yo, pero ellos no lo quieren recordar. Cuando miran nuestro blasón ven sólo un barco negro con las velas al viento. Cierran los ojos para no ver la cebolla.»

Davos nunca había visto el puerto más abarrotado que entonces. Cada uno de los muelles estaba lleno de marineros que cargaban provisiones, y en todas las posadas había soldados bebiendo, jugando a los dados o buscando prostitutas… en vano, ya que Stannis no permitía que trabajaran en su isla. A lo largo de la costa se alineaban las naves: galeras de combate y barcos de pesca, robustas carracas y cocas panzudas. Los mejores atracaderos los ocupaban los navíos más grandes: la nave insignia de Stannis, la Furia, se mecía entre la Lord Steffon y la Venado del mar; la embarcación con casco plateado de Lord Velaryon llamada Orgullo de Marcaderiva y sus tres hermanas, la ornamentada Zarpa roja de Lord Celtigar y la enorme Pez espada con su largo espolón de hierro. Anclada más lejos de la orilla se encontraba la gran Valyria de Salladhor Saan, entre los cascos a franjas de dos docenas de galeras lysenas más pequeñas.

Había una pequeña posada maltratada por los años y los vientos al final del muelle de piedra donde la Betha negra, la Espectro y la Lady Marya compartían espacio de amarre con otra media docena de galeras, de cien remos o menos. Davos tenía sed. Se despidió de sus hijos y se encaminó hacia la posada. En la entrada había una gárgola en posición acuclillada que le llegaba por la cintura. Estaba tan erosionada por la lluvia y la sal que de sus rasgos apenas si quedaba rastro. Pero era vieja amiga de Davos. Al pasar, dio una palmadita en la cabeza de piedra.

—Suerte —murmuró.

Al otro lado de la bulliciosa sala común se encontraba sentado Salladhor Saan, que comía uvas de un cuenco de madera. Al ver a Davos le hizo gestos para que se acercara.

—Venid a sentaros conmigo, Ser Caballero. Tomad una uva. Tomad dos. Su dulzura es increíble.

El lyseno era un hombre esbelto y sonriente, de una extravagancia en el vestir que era legendaria a ambos lados del mar Angosto. Aquel día sus ropas eran de hilo de plata, con mangas acampanadas tan largas que los extremos se arrastraban por el suelo. Los botones eran monos tallados en jade, y sobre los escasos rizos blancos del cabello lucía una alegre gorra verde decorada con un abanico de plumas de pavo real.

Davos rodeó varias mesas para llegar hasta la suya, y ocupó una silla. Antes de ser caballero a menudo había comprado cargamentos a Salladhor Saan. El lyseno también se dedicaba al contrabando, aunque al mismo tiempo era comerciante, banquero, pirata notorio y se había nombrado Príncipe del mar Angosto.

«Cuando un pirata se enriquece mucho, lo nombran príncipe.» Había sido el propio Davos quien viajó a Lys para reclutar al viejo granuja para la causa de Lord Stannis.

—¿No habéis ido a ver cómo quemaban a los dioses, mi señor? —preguntó.

—Los sacerdotes rojos tienen un templo muy grande en Lys. Siempre están quemando esto o quemando lo otro, y llamando a gritos a su R’hllor. Me tienen aburrido con tanto incendio. Y cabe esperar que el rey Stannis también se aburrirá pronto de ellos. —Por lo visto, no le importaba que alguien pudiera oírlo. Seguía comiendo uvas, se sacaba las pepitas hasta el labio con la lengua y se las quitaba con los dedos—. Mi Ave de mil colores llegó ayer, buen señor. No es una nave de guerra, nada de eso: es una nave mercante, e hizo una escala en Desembarco del Rey. ¿Seguro que no queréis una uva? Se dice que en la ciudad los niños están pasando hambre.

Movió las uvas ante Davos y sonrió.

—Lo que necesito es cerveza. Y noticias.

—Los hombres de Poniente, siempre con tantas prisas… —se quejó Salladhor Saan—. ¿Y qué ganáis?, digo yo. El que corre por la vida, corre hacia la muerte. —Eructó—. El señor de Roca Casterly ha enviado a su hijo enano para que se encargue de Desembarco del Rey. A lo mejor piensa que con lo feo que es espantará a los atacantes, ¿eh? O que nos moriremos de risa cuando el Gnomo empiece a dar volteretas en las almenas, yo qué sé. El enano se ha librado del patán que mandaba en los capas doradas, y en su lugar ha puesto a un caballero con una mano de hierro.

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