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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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—Gracias, Majestad —.dije.

—Vuestro pequeño Robert me ha entusiasmado. Nunca he visto un niño tan maravilloso.

—Sé que vos, Majestad, le habéis entusiasmado a él —contesté—. Temo que olvidó, en la emoción de estar a vuestro lado, el hecho de que sois su Reina.

—Me gustó mucho su actitud conmigo, Lettice —contestó suavemente—. A veces, es bueno disfrutar de la sencillez de un niño. Y no hay en ella ningún subterfugio, ningún engaño…

Me sentí inquieta. ¿Sospecharía lo del otro Robert?

Había un melancólico anhelo en sus ojos, y supuse que lamentaba su actitud obstinada y pensaba que ojalá hubiese sido tiempo atrás lo bastante decidida para casarse con Robert Dudley. Podría haber tenido entonces una familia como la mía. Pero, claro está, podría haber perdido también la corona…

Cuando terminó la visita y la Reina dejó Chartley, yo me quedé allí un tiempo. Mis hijos no hablaban de otra cosa que de la visita de la Reina. No sé a quién admiraban más, si a la Reina o al Conde de Leicester. Creo que quizás a este último, porque, pese a que la Reina había dejado a un lado su realeza para tratar con ellos, Leicester parecía más humano. Según Robert, el Conde le había prometido que le enseñaría trucos y habilidades con los caballos… dar vueltas, girar y saltar y cómo llegar a ser el mejor jinete del mundo.

—¿Y cuándo creéis que volveréis a ver al Conde de Leicester? —pregunté—. ¿No sabéis que está en la Corte y que debe estar al constante servicio de la Reina?

—Oh, él dijo que estaría conmigo muy pronto. Dijo que nos haríamos grandes amigos.

¡Así que le había dicho aquello al joven Robert! No había duda pues… se había ganado ya el afecto y la admiración de mi familia.

Debía volver a la Corte y pensé que ya que Penélope y Dorothy eran mayores, no debían quedarse en el campo. Las llevaría conmigo a Londres y viviríamos en Durham House, que quedaba lo bastante cerca de Windsor Hampton, Greenwich o Nonsuch como para que yo estuviese en la Corte y de vez en cuando con mis hijas. Además, significaría para ellas relacionarse con los círculos cortesanos como no podrían hacerlo en el campo.

Durham House tenía un interés especial para mí porque Robert la había ocupado en tiempos. Ahora, por supuesto, vivía en Leicester House, mucho más grande y mejor, y situada junto al río, cerca de Durham House. Las dos mansiones estaban situadas en el Strand, y las separaba muy poca distancia. Preveía muchas oportunidades de ver a Robert, lejos de los ojos de águila de la Reina.

Las niñas estaban emocionadas ante tal perspectiva, pues habían saboreado ya lo que podría significar estar cerca de la Corte, y no derramaron ni una lágrima cuando dejamos las incomodidades de Chartley por la casa de Londres.

Robert y yo nos vimos con frecuencia durante el mes siguiente. A él le resultaba fácil coger una embarcación en las escaleras de Leicester House, disfrazado en ocasiones con la ropa de uno de sus criados, y venir en secreto a Durham House. Esto revelaba que nuestra mutua pasión no disminuía sino que aumentaba cuando podíamos vernos todos los días. Robert hablaba continuamente de matrimonio (como si Walter no existiera) y suspiraba siempre por el hogar que tendríamos con mis hijos (a los que ya quería) y los que tuviésemos los dos.

Los dos soñábamos con esto que, en momentos más realistas, parecía imposible, pero Robert estaba tan seguro de que un día llegaría a suceder que también yo empezaba a creerlo.

También Phillip Sidney visitaba con frecuencia Durham House. Todos le teníamos en gran estima, y yo seguía pensando en él como posible marido de Penèlope. Venía también Sir Francis Walsingham. Era uno de los ministros más influyentes de la Reina, pero aunque fuese excepcionalmente diestro en el arte de la diplomacia, no lo era tanto en el de la adulación, por lo que, aunque la Reina apreciaba sus méritos, nunca había llegado a ser uno de sus favoritos. Tenía dos hijas. Frances, que era muy bella, de abundante cabellera oscura y ojos negros, y varios años mayor que Penélope, y María que, comparada con su hermana, resultaba insignificante.

Esta época de Durham House fue un período muy agradable, con estancias en la Corte en las que me resultaba fácil escapar de vez en cuando hasta mi hogar y mi familia. La vida de Londres se adaptaba muy bien a mi carácter. Me encantaba. Tenía la sensación de formar parte de la escena, y la gente que venía a casa eran hombres y mujeres muy próximos a la Reina.

Robert y yo nos veíamos desbordados por nuestra pasión. No debería habernos sorprendido, por tanto, que sucediese lo inevitable. Quedé embarazada.

Cuando se lo dije a Robert, sus sentimientos fueron contradictorios.

—Deberíamos estar casados —dijo—: Quiero a vuestro hijo, Lettice.

—Lo sé —contesté—. ¿Pero qué se puede hacer?

Ante mí se abría la perspectiva de verme desterrada en el campo, y de que me quitasen a mi hijo y lo criasen lejos de mí, en secreto. Pero no, yo no quería aquello.

Robert dijo que encontraría una salida.

—¿Pero qué salida? —pregunté—. Cuando vuelva Walter, que puede ser en cualquier momento, se enterará. No puedo decir que es suyo. ¿Y si se entera la Reina? Habrá problemas.

—Sí, desde luego —aceptó Robert—. La Reina no debe enterarse jamás.

—Desde luego, no le gustará nada si se enterase de que reconocíais a mí hijo. ¿Qué creéis que sucedería?

—Dios quiera que nunca lo sepa. Dejad esto de mi cuenta. Oh, Dios mío, cuánto daría por…

—¿Por no haber iniciado todo esto?

—No. Jamás podría desear eso. Lo que desearía es que no se interpusiese entre nosotros Essex. Si no fuese por él, me casaría con vos mañana mismo, Lettice.

—Es fácil decir lo que se sabe que no se puede hacer. Si yo estuviese libre y pudiese casarme, sería otro asunto.

Entonces él me estrechó entre sus brazos y gritó, con vehemencia:

—Os lo demostraré, Lettice. Por Dios os juro que os lo demostraré.

Se puso muy serio. Era como si hiciese un voto.

—De una cosa estoy seguro —continuó—. Vos sois la mujer destinada a mí y yo el hombre destinado a vos. ¿Comprendéis eso?

—También a mí se me había ocurrido que quizá fuese así.

—No bromeéis, Lettice. Esto es muy serio. He decidido que pese al hecho de existir el Conde de Essex por vuestra parte y la Reina por la mía, vos y yo debemos casarnos. Y tendremos hijos. Os lo prometo. Os lo prometo, sí.

—Es una idea muy agradable —dije—. Pero de momento tengo un marido y estoy embarazada de vos. Si Walter volviese, y con los líos que está organizando en Irlanda podría hacerlo en cualquier momento, nos veríamos en graves problemas.

—Yo haré algo.

—Vos no conocéis a Walter Devereux. Su ineficacia es indudable. Está condenado al fracaso, pero consideraría esto un ultraje a su honor. No le importaría la cólera de la Reina. Haría lo que considerase justo. Organizaría un escándalo tal por esto, que toda la Corte se enteraría de nuestra conducta.

—Sólo se puede hacer una cosa —dijo Robert—. Bien sabe Dios que me repugna hacerlo, pero es necesario. Tenemos que librarnos del niño.

—¡No! —grité acongojada.

—Sé cómo os sentís. Es nuestro hijo. Quizá sea el hijo que deseo… pero aún no ha llegado el momento. Habrá otro… pero todavía no, aún tengo que disponerlo todo.

—Entonces…

—Consultaré con el doctor Julio.

Protesté, pero me convenció de que no había otra salida. Si nacía el niño, sería imposible mantener el secreto. La Reina pondría los medios para que jamás volviéramos a vernos.

Me sentía deprimida. Era una mujer mundana, profundamente egoísta e inmoral, y, sin embargo, amaba a mis hijos y si podían producirme sentimientos tan profundos los hijos de Walter, cuánto más el de Robert.

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