El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
– ¿Lo conocéis? -ha preguntado Blaise, agitando prácticamente en el aire a su cautivo ante mis narices como si fuera un pollo desplumado-. Decid, ¿sabéis quién es?
Ha sido un momento terrible. Uno de los peores de mi vida. Quería por encima de todo preservar el anonimato de Martin. Era básico que nadie descubriese su nombre porque, una vez identificado, podía ser (y sería) traicionado. Yo lo veía claro. Preveía el desastre que se desplegaba ante mis ojos: las detenciones, los interrogatorios, la denuncia desesperada de los que nos conocían de lejos. «Es un niño… Dice que es creyente…»
Los inquisidores tienen buena memoria.
– ¡Maestro! -Al pobre chico se le ha roto la voz.
Al verme a mí, mudo o paralizado, como se quiera, se ha vuelto a Na Berengaria con las manos unidas en una súplica.
– ¡Soy Martin Moresi! ¡Su aprendiz! Lo creo todo…, lo he leído. ¡A Pierre Jean Olivi! ¡El decía la verdad!
Sería difícil decir qué he sentido al oír esas palabras. Pese a todo, me he limitado a bajar la cabeza y a cerrar los ojos. No he protestado. No me he mesado los cabellos ni me he golpeado las sienes con los puños cerrados. Mi sensatez y mi experiencia no me han abandonado.
Tras una profunda aspiración, he hablado con toda la calma que me ha sido posible.
– Es mi aprendiz -he confirmado-. Seguramente, me ha seguido hasta aquí. -Después he fijado la mirada en Martin, la mirada más coercitiva y disuasoria que nunca he dirigido a nadie en la vida. Le he dicho en tono taxativo-. Y ahora, deja quieta la lengua, si no quieres que te la arranque.
Pero el aviso ha llegado demasiado tarde.
XIX
He tenido que parar. Es por pura debilidad. La mano me ha empezado a temblar y me he sentido incapaz de seguir escribiendo. He despuntado la pluma y he hecho un borrón en la página.
Que Dios me conceda fuerzas.
Hoy las he agotado todas, encerrado en aquella desastrada cocina. Es curioso ver cómo trabaja la mente en momentos de gran tensión, cuando todas las facultades de la persona están ya sobrecargadas de por sí y encima deben esforzarse en ofrecer una apariencia de tranquilidad. Jamás había tenido tan despierta la atención, y eso que normalmente se me escapan muy pocas cosas. He observado la mancha de vino en la manga de Guillelma y el lunar en la frente de Perrin. He observado las fibras que Na Berengaria llevaba adheridas al dobladillo del vestido. He confiado a mi memoria cosas tan extrañas como el brillo de sudor en la papada de Guillaume y un haz de venillas rojas en el globo ocular de Blaise. Como si pensase que debía prepararme para una posible amenaza que me llegaría desde la dirección más impensada, pero sin que pareciera al mismo tiempo que estaba en guardia.
No era una decisión consciente. Me guiaba el instinto, como me sucede a menudo. El instinto y la experiencia.
– Así pues, ¿es vuestro aprendiz? -ha preguntado Na Berengaria, en cuanto he silenciado a Martin-. ¿Dice la verdad?
– Sí.
– Me acuerdo de él -ha exclamado de pronto Guillelma-. Nos vigilaba desde la ventana del piso de arriba al salir de vuestra tienda, maestro Helié. Recuerdo que miré para arriba y lo vi.
– No lo dudo.
– Pero ¿por qué espiaba? -ha preguntado Blaise, quien ha proseguido para detallar las circunstancias de la aprehensión de Martin.
Parece que, cuando Blaise ha abierto la puerta principal para dejar entrar a Berengar Blanchi, ha descubierto a mi aprendiz atisbando junto a la casa. Martin, al ver al sastre, se ha escabullido por la callejuela desde la cual estaba espiando, lo que ha inducido a los dos beguinos a perseguir a aquella persona que observaba un comportamiento tan sospechoso. Lo han atrapado junto a la puerta que da entrada al patio de los Donas.
– Si de verdad es seguidor de los Pobres Hermanos, ¿por qué no se limita a juntarse con nosotros? -ha refunfuñado Blaise agarrando a Martin por el cuello de la ropa-. ¿Por qué se dedica a escuchar debajo de las ventanas?
– ¡Oh, maestro Helié! -ha dicho Na Berengaria, en tono preocupado-. A buen seguro que este chico no puede ser la razón que se oculta detrás de la citación que habéis recibido. ¿Creéis que puede ser un agente de Bernard Gui?
– ¡No! -ha sido mi respuesta inmediata, que ha sobresaltado a todos por lo estentórea-. No, no -he proseguido, ya en tono más tranquilo-. Es imposible.
– ¿Por qué? -ha preguntado Blaise, que no estaba dispuesto a echarse atrás-. ¿Qué otra razón puede inducirlo a seguiros en secreto?
Ya me disponía a ilustrarlo un poco sobre los chicos y sus juegos, cuando Martin ha respondido por mí desafiando con ello mi deseo de que mantuviera quieta la lengua.
– El maestro Helié es siempre muy precavido -ha soltado el pequeño imbécil-. Tiene miedo de decir que viene aquí, incluso a mí. He pensado que se enfadaría conmigo si descubría que lo espiaba.
Cuando ha vuelto su rostro hacia mí, he visto que me miraba con tal devoción que por un momento me ha dejado sin habla ni fuerzas para reprenderlo.
– Pero yo creo lo mismo que vos, maestro -ha continuado el chico-. Creo que…, que los pobres franciscanos son los verdaderos apóstoles de Cristo, que los herejes son los curas que los persiguen. Yo creo esto. Y yo no os traicionaré.
Entre tanto, mientras oía a mi aprendiz condenándose con sus propias palabras, he observado algunas características que hasta entonces me habían pasado inadvertidas: el leve polvillo de yeso que cubre sus ropas, ese vello que le está creciendo sobre el labio superior, los cercos oscuros debajo de los ojos. Martin de vez en cuando cecea al articular las letras «ts» y tiene un colmillo torcido. Con el tiempo será alto y fuerte. Lo veo por la notable anchura de sus hombros y el tamaño relativamente grande de sus manos y de sus pies.
Ahora, sin embargo, todavía es pequeño y delgado. Aún es vulnerable. No es más que un niño. ¿Qué voy a hacer?
– Así pues, ¿sabes quién es el bienaventurado Pierre Olivi? -le ha preguntado en tono afable Na Berengaria-. ¿Acaso tu maestro te ha hablado de su doctrina?
– No. Quiero decir sí, pero… -La mirada de Martin ha saltado del rostro de ella al mío y de nuevo al de ella-. Pero he leído sus libros. Perdonadme, maestro, los descubrí. En el escondrijo donde los guardáis. Los encontré y los leí.
– ¿Y por eso eres creyente? -ha dicho la matrona.
– Sí, yo creo, igual que cree mi maestro. -Otra mirada suplicante-. Mi maestro es un hombre bueno, piadoso, inteligente. Él tiene siempre razón. Sabe qué es la verdadera fe.
Me parece que éste ha sido el golpe más contundente. Al escuchar el panegírico de Martin, he comprendido que Hugues no había contaminado a su hijo con opiniones heréticas y que toda la culpa recaía en mí. Era yo quien había conducido a mi aprendiz al error. Primeramente había conseguido su fidelidad. Después le había inculcado el arte de la vigilancia. Finalmente, había despertado en él la curiosidad con mi conducta secreta.
De haber querido corromperlo desde el principio, no habría obrado con más eficiencia.
Casi se me ha escapado un lamento en voz alta ante la horrible ironía de la situación. Reprimir la emoción me ha dejado la garganta seca, incluso ahora me duelen los músculos del cuello. En aquel momento me ha sido imposible hablar, pese a que todos esperaban que dijese algo. Al final, después de una larga pausa, Na Berengaria ha dicho a Blaise:
– Deja que se vaya. ¿Cómo quieres que hable si lo atosigas de esa manera?
El sastre se ha apresurado a soltar a Martin (aunque de mala gana) y nuestra anfitriona ha acompañado al confuso muchacho hasta un banco. Allí ha procedido a interrogarlo de manera amable acerca de sus creencias religiosas.