El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
A la salida de la reunión me siguió hasta mi casa. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a Guillaume o a Perrin o a Blaise? Porque yo era una cara nueva, quizá.
Es muy posible que alguien más haya estado vigilando a los amigos de Na Berengaria. Alguien que emplee a Loup como espía. Alguien que además, muy probablemente, lo utilice como portador de cartas falsas.
No es Jean de Beaune, eso ya lo he decidido. Tampoco es Bernard Gui.
¿Quién, entonces?
Es evidente que tenía que descubrirlo. También tenía que descubrir si Sejan Alegre me había mencionado a su primo Berengar Blanchi. Tal vez no. Si lo hubiera hecho, ¿por qué iba Berengar a ocultárselo a Na Berengaria? Pese a todo, me sentía inquieto. No me gustan las coincidencias. No me gusta que Berengar Blanchi haya ido a consultar a Sejan después de visitar la tienda de los Donas. Me parece que todo esto huele a conspiración.
He continuado mis paseos de un lado para otro maldiciendo mi ignorancia. No veía la forma de interrogar a los sospechosos sin delatarme un poco. El soborno ha sido siempre un riesgo terrible. Si yo abordara a Loup y le pagase la información, ¿qué le impediría informar del hecho a su amo? Nada, a no ser que yo me sirviese también de la extorsión. Y según mis noticias, él era tan virtuoso como santa Catalina.
De pronto se me han abierto los ojos. ¡El portero simpático! Me he precipitado inmediatamente sobre este diario y he retrocedido unas cuantas entradas hasta llegar a la descripción del portero gordo y jovial que me franqueó la entrada en el hospital de San Justo.
En un momento de imprevisión había empleado la expresión «palo torcido». Sus palabras exactas, según las había registrado en el diario, eran: «Pasad, pasad. Sentaos y poneos cómodo. Entre nuestros hermanos no encontraréis ningún palo torcido, ya que nos encanta recibir con los brazos abiertos a todo aquel que llama a nuestra puerta».
Ahora bien, en este contexto, un «palo torcido» significa una persona amenazadora. No es expresión corriente, por lo menos en estas latitudes, pero la he oído entre los cataros de mi tierra. Cuando un creyente entra en una casa catara, su primera expresión acostumbra a ser: «¿Hay aquí algún palo torcido?», como queriendo preguntar si puede hablar con entera libertad. A lo que se le responde, en caso de que esté en ambiente seguro: «Haced lo que os plazca». O, si no es seguro: «Podéis sentaros».
Es evidente, pues, que el portero del hospital de San Justo había sido cátaro o se había mezclado con cataros en algún momento de su vida. También he entendido que podía haber empleado, sin conocer su verdadero significado, el término «palo torcido». He pensado, con todo, que sería sensato desafiarlo. Si no lo conocía, yo no arriesgaba nada. Y si podía doblegarlo a mi voluntad, sería una fuente de información perfecta en lo tocante a los visitantes de Loup.
Con el fin de protegerme, he bajado a la bodega a buscar la carta de recomendación de Bernard Gui. Pero no me he encaminado directamente a la plaza Caularia. Había hecho mi visita anterior a última hora del día; no quería aparecer por San Justo para encontrarme con que mi portero no estaba en su puesto por algún motivo litúrgico. Así pues, me he entretenido poniendo al corriente este diario hasta que las campanas de San Sebastián me han indicado que ya podía acercarme al hospital con todas las garantías de que encontraría a mi presa custodiando la puerta.
Camino del hospital, he vigilado que no me siguiera nadie, he vuelto varias veces sobre mis pasos y he dado vueltas por todo el barrio de los canónigos antes de regresar al hospital. Incluso me he colado en Belén y, subrepticiamente, he vuelto mi capa del otro lado. Pese a no haber visto a nadie sospechoso, observo muchísimas precauciones. Por algo he decidido proceder como si estuviera en pleno corazón de la montaña, con herejes y asesinos acechándome detrás de cada peñasco.
Al llamar a la puerta del hospital, la ha abierto el hombre cuya cooperación estaba buscando. Me ha reconocido y me ha acogido con una gran sonrisa:
– ¡Ah, nuestro bienhechor! -ha exclamado.
A lo que yo he replicado.
– ¿Qué podemos hacer para ser mejores?
Era una prueba y la ha fallado. Ya he dicho que este saludo es una especie de contraseña mediante la cual los creyentes y perfecti cataros se reconocen mutuamente. Sin duda el portero lo sabía. Pero, cogido por sorpresa, ha sido incapaz de ocultar su horror. Su expresión ha cambiado. Han desaparecido los hoyuelos de sus mejillas. Por instinto, ha tratado de cerrar de un portazo.
Pero yo se lo he impedido lanzándome contra los paneles de roble.
– Dejadme entrar -he murmurado, y me he introducido a través de la rendija que se esforzaba en eliminar- y no sufriréis daño alguno.
Hay que atacar sin previo aviso, sobre todo si uno es hombre de baja estatura; de ese modo confunde al contrincante y no le da tiempo a recurrir a su ingenio. Confundido y asustado, el portero no ha tenido más remedio que franquearme la entrada. Ha dado un paso atrás y he entrado.
Después he cerrado la puerta.
– ¿ Se puede saber qué es esta locura? -me ha escupido, en un débil intento de recuperar el terreno perdido. Tenía el rostro rojo y rubicundo empapado de sudor-. ¿Qué daño me puede sobrevenir, hombrecillo?
– Ya sabes -le he dicho con voz tranquila.
– ¡No lo sé!
– Lo sabes -he insistido-. ¿De dónde eres? -Me había parecido detectar el rastro de un determinado acento-. ¿De Albi? Estás lejos de tu casa. Como yo. ¿Acaso te escondes?
– ¡Sal de aquí!
– Saldré, pero antes tienes que contestar una pregunta. -Estás… cometiendo una locura. -Ha mirado a su alrededor, temeroso de que alguien pudiera oírnos y, con este proceder, se ha delatado como el cobarde que es (a pesar de su envergadura)-. ¡O te vas o te echo!
– Si me echas, esperaré hasta que venga alguien. Tal vez será Bongratia. Y le diré lo que sé.
– ¡Tú no sabes nada! -se ha quejado el portero.
– Sé lo suficiente para despertar el interés de Germain d'Alanh. Seguro que ha de interesarle una persona que habla de palos torcidos.
Al portero se le ha descolgado la mandíbula, pero su boca no ha proferido sonido alguno. Parecía muy afectado. Consciente de que podían interrumpirnos en el momento más impensado, no le he dejado margen de maniobra.
– Si hubiera querido perjudicarte, ya lo habría hecho. Puedes estar seguro. Y también de que podría destruirte. Hace tiempo que pagué mis deudas. Si quieres, te enseño las cicatrices.
El portero ha rezongado. Se ha llevado las manos regordetas a la cara mientras yo seguía, implacable.
– Fui castigado y me arrepentí. Igual que te arrepentiste tú. Porque tú te has arrepentido, ¿verdad?
– ¡Sí! ¡Claro que sí! -ha gritado.
– Eso me figuraba. Ningún cátaro practicante puede pasar inadvertido en la misma puerta del palacio del arzobispo.
– ¡Por favor! -Se ha descubierto la cara y ha dejado ver unos ojillos húmedos y frenéticos-. ¡Estoy arrepentido! ¡Ahora soy un buen hijo de la Iglesia! Todo eso ocurrió hace muchos años… Yo era un niño entonces…
– Los inquisidores tienen buena memoria.
– ¿Qué quieres de mí? -Su voz iba subiendo de forma incontrolable; en su rostro se ha dibujado una mueca antes de que pudiera seguir hablando en un ronco murmullo-. Yo no tengo nada mío. ¡Ya lo ves!
– Lo único que quiero es que contestes a mi pregunta.
– Le he hablado con calma, pero con toda la energía que me ha sido posible-. Si me contestas, me iré y te dejaré en paz.
– ¿Qué pregunta? ¿Sobre qué? -Sobre Loup.
– ¿Loup?
– Lo conoces. Vive aquí.
El portero me ha mirado fijamente, pero estaba completamente desorientado.