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El Secreto del Inquisidor

Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:

El padre Bernard Peyre de la abadía de Lezet, -el inquisidor del título-es el narrador de este bien construido suspense situado en la Francia el siglo XIV, en el que uno de sus superiores, el padre Agustín, es brutalmente asesinado y descuartizado junto con su guardaespaldas. La investigación que inicia el padre Bernard debe desenmascarar al verdadero asesino y revelar las razones de su crimen para salvar a una inocente que ha sido acusada de manera injusta. El Inquisidor, una novela que en ocasiones roza la sátira al hablar de la corrupción eclesiástica y las maquinaciones del clero en la Edad Media, está en la línea del suspense y rigor histórico de El nombre de la rosa. La australiana Catherine Jinks ha conseguido con El Inquisidor dotar de vida, acción y humor una de las épocas más oscuras de la historia francesa y europea.
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– Tiene los ojos grises -he continuado-, quemaduras en las manos y lleva el cabello hasta aquí…

– ¡Sí, sí! ¡Conozco a Loup! ¿Qué pasa con Loup?

He aspirado profundamente para tratar de situarme. Sabía que, al revelar al portero lo que yo quería, le facilitaba una preciosa información sobre mi persona.

Si él lo hubiera sabido (y hubiera sabido qué hacer con ella), la podía utilizar en beneficio propio.

– Dime quién viene aquí a preguntar por Loup -le he dicho-. Dime quién viene a verlo.

– ¿Quién visita a Loup?

– Sí.

El portero se ha sorprendido. Peor, se ha quedado vacilante. Durante un instante terrible, he esperado que me respondiera que Loup no recibía nunca visitas.

Por fortuna, el instante ha pasado.

– Viene su amigo Leonet -ha dicho, y al hablar le han temblado las mejillas-. Leonet es un mercenario. Un mal tipo.

– ¿Alguien más?

– Loup no tiene familia. Lo sabes, ¿verdad?

– ¿ Quién más?

– Los curas a veces se sirven de él. Cuando necesitan llevar algo de aquí para allá, trasladar alguna cosa, suelen venir por aquí.

– ¿Qué curas? -He tragado saliva debido a la excitación-. Descríbeme a esos curas.

– ¿Que los describa? -Si le hubiera dicho que los matara no habría aparecido reflejada en su cara tanta desesperación mezclada con un sentimiento de incredulidad-. A mí todos los curas me parecen iguales -ha protestado-. Los que viven al otro lado de la calle, en el claustro.

– ¿Sabes nombres?

– Padre Sejan Alegre. Padre Etiennet Cuissard. Pero el padre Etiennet murió -ha añadido el portero-. Una gran pérdida para San Justo.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo murió?

– El año pasado. Hace mucho tiempo. Creo que fue el Día de la Ascensión.

– ¿Algún otro cura? ¿Y monjes? ¿Y frailes? -No.

– ¿Cuándo estuvo aquí el padre Sejan por última vez?

El portero ha parpadeado.

– Esta mañana -ha dicho-. ¿Por qué?

– ¿Y Leonet, el mercenario?

– No sé… ¿La semana pasada?

– Gracias -ha sido mi respuesta-. Puedes estar tranquilo, guardaré el secreto -le he asegurado mientras daba media vuelta para marcharme. Su sorpresa era manifiesta.

– ¿Eso es todo? -ha preguntado.

– Sí.

– ¿Y juras que no se lo dirás a nadie? Me he parado en el umbral y mi mano ha planeado sobre el cerrojo.

– Juro en nombre de la santa Virgen que nada de lo que yo diga permitirá acusarte de herejía. -Esa ha sido mi promesa.

Me curaba en salud, porque no se puede condenar a ningún hereje en virtud tan sólo de la acusación jurada de un solo testigo. Pero en todo caso mi misión se reduce a cazar beguinos activos. Bernard Gui no me manifestó gran interés por los cataros arrepentidos.

No obstante, si él me preguntara, no le mentiría. Hasta entonces, sin embargo, quiero olvidar los antiguos pecados del portero. Son mucho más importantes las actuales transgresiones de Sejan Alegre.

Aquel cura es ubicuo. Habló con Berengar Blanchi. Está al corriente de mi interés por Jacques Bonet. Confió a Loup la carta falsificada, aunque él no la falsificó, de eso estoy seguro.

Es posible que incluso diera instrucciones a Loup para que me siguiera hasta mi casa el Domingo de Ramos. Y ahora que lo pienso, el Domingo de Ramos fue dos días después de que Sejan Alegre viniera por primera vez a mi tienda con el pedido de los pergaminos. Si entonces encargó el pergamino, debió de ser porque el informe del arzobispo ya estaba preparado para serme enviado.

Así pues, entonces Sejan habría tenido motivos para sospechar.

No hay duda de que Sejan Alegre conoce a alguien en el priorato dominico, puesto que sólo una persona perteneciente al priorato pudo falsificar aquella carta. Y sólo alguien del priorato podía estar al corriente de mi encuentro con Bernard Gui. Sejan Alegre tiene que saber, por tanto, que yo soy el familiar de mi maestro.

¿Acaso explica eso la misteriosa convocatoria? A lo mejor el padre Sejan es un beguino secreto. A lo mejor quiere atraerme fuera del bullicio de las calles de Narbona para así poder asesinarme (con la colaboración de algún dominico simpatizante). Pero si me teme, ¿por qué no informa a los demás beguinos? Estoy seguro de que no los ha informado. Si lo hubiera hecho, Na Berengaria se habría horrorizado al indicarle yo que el Viernes Santo me acompañarían a visitarla a su casa cuatro fornidos herreros.

Puede haber otra explicación. Puede ser que Germain d'Alanh haya descubierto información vital para mis pesquisas y haya pedido a su escribiente, Sejan Alegre, que me la transmita de manera subrepticia. Es muy posible que el inquisidor arzobispal haya encargado al padre Sejan que me vigile. O incluso que se lo haya encargado Jean de Beaune.

Me queda hasta el lunes para decidir. Tres días. Para entonces debo tener pensada una estrategia.

XVIII

Viernes Santo

Que Dios me ayude. ¿Qué haré?

Lo tenía planeado todo muy cuidadosamente. Pero ahora…, ahora estoy completamente desorientado. Las cosas han ocurrido demasiado aprisa. Mi corazón me ha traicionado. ¡Qué loco he sido!

Esta mañana lo veía todo claro. Había tomado algunas decisiones. Se me había ocurrido que la carta falsificada podía ser una prueba… de que Sejan Alegre podía estar conchabado con todos los demás beguinos y quería descubrir el alcance de mi fidelidad. Pero ¿y si está preocupado, pero sigue inseguro? He pensado que si el lunes voy secretamente a la cita, demostraré sin lugar a dudas que soy un agente de Bernard Gui.

He decidido, pues, que desenmascararé al padre Sejan. Por suerte, la carta está redactada de forma ambigua. Aunque podría tratarse de una orden que un amo da a su criado, también podría estar justificado interpretarla como una convocatoria oficial. Y me brinda el medio perfecto de demostrar mi inocencia.

He llegado a la conclusión de que la reacción más natural de un verdadero beguino que hubiera recibido esta carta con esta convocatoria sería miedo, desaliento y un ferviente deseo de escapar. En las actuales circunstancias, lo más probable es que consultase con sus amigos beguinos. ¿Y qué mejor ocasión para hacerlo que en la reunión del Viernes Santo? Mi plan era el siguiente: llevaría la carta a casa de Na Berengaria, se la mostraría -mostrando al mismo tiempo todos los signos de un profundo pánico- y aprovecharía la circunstancia como excusa para comparecer solo. «Mis amigos, los herreros -diría-, no creo que se sintiesen inclinados a reunirse con nosotros al enterarse de esta convocatoria.»

Por supuesto que yo era consciente de los riesgos que comportaba mi plan. Si Germain d'Alanh se encontraba detrás de esta comunicación fraudulenta, se quedaría con la duda de si yo seguía siendo un católico fiel. Si Na Berengaria no lo sabía, tal vez se asustase y huyese de Narbona. En caso de seguir el camino que me había trazado, sería como la suelta proverbial de la fiera en la plaza del mercado: imposible predecir el resultado, pero el desaguisado sería importante.

El hecho es que no me quedaba otra opción. Y me he dicho que, si llegaba un momento en que me sentía amenazado de la forma que fuera, me iría. Haría un hatillo con mis cosas secretas y desaparecería. Bien sabe Dios que no sería la primera vez. Y siempre he encontrado refugio temporal en Tolosa, amparado en la protección de mi maestro.

Me resistía, con todo, a llevarle tan sólo la mitad de la historia. Seguía queriendo averiguar qué había sido de Jacques Bonet. Esta es una de las razones que explican por qué no lo he recogido todo y me he ido esta misma mañana. Tengo la intención de ver si puedo sonsacar alguna información más a Berengaria Donas, ya que es evidente que ella está mejor relacionada con Berengar Blanchi y, por tanto, también, quizá, con Imbert Rubei de lo que yo suponía al principio.

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