El Secreto del Inquisidor
- Автор: Jinks Catherine
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Secreto del Inquisidor». Краткое содержание книги:
Todas las cabezas se han vuelto.
– ¿Seguro que… -ha murmurado Berengaria, agarrándome el brazo- no os ha seguido nadie? ¿Desde vuestra casa?
– No. -De eso estaba seguro, ya que no de otra cosa-. Lo habría visto.
– Es Berengar Blanchi -ha dicho Blaise con voz segura-. Lo conozco por su forma de llamar.
¿Berengar Blanchi? He acogido en silencio la inesperada noticia, mientras a mi alrededor los beguinos manifestaban sus dudas y su consternación con. voz ahogada. Blaise ha salido de la cocina. Mi anfitriona se ha puesto de pie, presa de una evidente confusión. Tenía el libro en una mano y el documento falso que yo había traído en la otra.
– Tal vez deberíais esconderlos -ha aconsejado Guillelma.
Yo no quería perder de vista mi carta. -No -he dicho, arrancándola de la mano laxa de Berengaria-. Me la han enviado a mí. La puedo necesitar. Pero Guillelma ha movido negativamente la cabeza.
– No, si os vais de la ciudad -ha dicho; después se ha vuelto hacia Berengaria-. Tiene que marcharse. Tiene que dejar Narbona.
– Es Berengar Blanchi -ha anunciado Guillaume, que se había quedado junto a la puerta que daba a la tienda-. Sin embargo, no quiere entrar, ignoro por qué razón.
– Esperad. ¡Silencio! Dejadme pensar.
Na Berengaria ha fruncido el ceño y ha dejado el libro sobre la mesa. Ha permanecido un momento en actitud de profunda concentración, la frente ceñuda y la boca cerrada. Por mi parte, no creía haberme perdido nada importante. Había tomado nota mentalmente de la expresión desconcertada de Perrin y de cómo Guillelma se retorcía las delicadas manos. Y había observado la mirada extraviada de Guillaume mientras tragaba saliva repetidas veces. Ni en los ojos ni en los movimientos de ninguno de los presentes se detectaba rastro alguno de cálculo.
Guillelma me ha dicho:
– ¿Qué dice la carta? Leédmela.
Lo he hecho, aunque habría preferido no hacerlo. Con los ojos clavados en el texto, me sentía vulnerable al ataque, si bien durante la breve lectura no se ha movido nadie de su sitio. Y cuando he terminado, el silencio -la quietud- me ha hecho retener el aliento.
Berengaria ha emergido por fin del ensueño en que estaba perdida.
– ¿No será vuestro amigo, el herrero, el responsable de todo esto? -ha inquirido
Con esto he quedado convencido sin sombra de duda de que era inocente de cualquier duplicidad. Ni siquiera yo habría podido tener una reacción tan convincente ni exponer tan perfecta indecisión.
Ha supuesto para mí un inmenso alivio, naturalmente. Aunque también una gran tristeza.
– ¿Queréis decir que podría ser… un informante? -he preguntado.
Berengaria ha dado un respingo, así como sus tres compañeros. Quizá no estaban acostumbrados a dar nombre a sus temores de forma tan abrupta.
Ya empezaba a preguntarme qué le había ocurrido a Blaise.
– Vos, ¿qué pensáis? -ha dicho Berengaria dirigiéndose a mí-. ¿Lo entendéis?
– No -he dicho ciñéndome a la verdad-. No entiendo la razón de todo esto.
– ¿Os habrán reconocido? ¿Tal vez alguien de Carcasona?
– Tal vez.
– Tendríais que marcharos -ha reiterado Guillelma-. No esperéis a que os detengan. ¡Tiene que irse de Narbona!
– Ssss… -Berengaria se ha dado cuenta de la inquietud de su joven amiga, ha visto cómo se retorcía las manos y ha tratado de tranquilizarla sujetándola suavemente con la mano-. Son decisiones que no se pueden tomar de forma precipitada. Hay que sopesarlas con mucho tiento.
– ¡Ha pasado algo! -ha dicho Guillaume.
También a mí me lo había parecido, hacía demasiado rato que no veíamos a Blaise. Un grito ahogado, truncado bruscamente, ha venido a confirmar mis aprensiones. Inmediatamente se ha producido una gran agitación. Guillaume ha desaparecido en el interior de la tienda. Berengaria ha soltado a Guillelma y se ha ido tras él después de cruzar la puerta. A continuación he oído un fuerte ruido que me ha puesto tenso y me ha preparado para enfrentarme a lo que pudiera sobrevenir. Puedo decir con toda sinceridad que no tenía ni la menor idea de cuál iba a ser mi reacción. ¿Trataría de satisfacer su curiosidad un hombre amenazado de reclusión? ¿Iría detrás de sus amigos o se quedaría escondido dentro?
Mientras veía salir apresuradamente a las dos mujeres, he comprendido una cosa: si alguien hubiera dudado de mis intenciones no me habría dejado solo con aquel ser tan fuera del mundo que era Perrin, quien al parecer había llegado a la conclusión de que allí no todo ocurría como era debido.
– ¿Qué…, qué pasa? -ha dicho en un tartamudeo, mirándome a la espera de una explicación-. ¿Es Bernard Gui? ¿Ha venido?
– Creo que no. -Han sido las palabras tajantes con que le he replicado.
Estaba considerando la posibilidad de sacar el cuchillo que llevaba en la bota para sujetármelo en el cinto cuando he oído algo terrible.
Era la voz de Martin.
Mi cuerpo ha reconocido el estruendoso vocerío antes que mi cerebro. Recuerdo perfectamente que la sangre se me ha subido a la cabeza mientras yo seguía ocupado en analizar e identificar el sonido. He permanecido un momento queriendo convencerme de que seguramente me equivocaba. Un gruñido airado había reemplazado el estridente plañido; desde un lugar cercano se hacían audibles forcejeos y quejas, lo que ha empujado al joven Perrin a atravesar la habitación en dirección a la puerta trasera.
Mientras descorría el cerrojo, se ha oído la voz ahogada de Martin procedente del patio.
– ¡Me conoce! ¡El me conoce! ¡Yo también soy creyente!
En ese punto, las rodillas me han traicionado y me he tambaleado como si acabase de pegarme un batacazo. Por fortuna, nadie se ha dado cuenta. Perrin tenía los ojos clavados en la puerta trasera, que se ha abierto de pronto de par en par para dar paso a una maraña de cuerpos. En el umbral había tres personas: Blaise Bouer, Berengar Blanchi y, entre los dos, mi desgraciado aprendiz.
Blaise lo tenía agarrado por un brazo y se lo retorcía. Y Berengar hundía los dedos en sus alborotados y negros cabellos. Entre empujones y zarandeos, los dos hombres han conducido a Martin a la habitación. Este se dejaba hacer entre muecas de dolor. Tenía los párpados fruncidos, la cabeza vencida para atrás, las rodillas dobladas.
Se ha oído un portazo. No me ha pasado por alto, pese a que me he quedado helado y sin habla.
– ¿Qué haces aquí? -La pregunta perentoria de Na Berengaria precedía sus pasos.
Seguramente acababa de cerrar la puerta principal y venía de la tienda, porque ha aparecido de pronto a mi lado, agitando mucho las manos.
– Y ése, ¿quién es?
– ¡Un espía! -ha espetado Blaise.
O tal vez haya sido Berengar Blanchi quien ha hablado, de eso no estoy seguro. Ha desviado mi atención en aquel momento ver a Martin en el suelo tras haber sido empujado con fuerza. Yo no me he movido del sitio. Me he quedado inmóvil. Mudo.
– ¿Un espía? -Guillelma, situada detrás de mí, ha repetido las palabras como un eco. Y nuestra anfitriona ha dicho: -Pero si es un niño…
– Estaba vigilando la puerta. Vigilaba y se escondía -ha puntualizado Berengar con voz agitada.
Martin, entre tanto, había levantado la cabeza. Y yo me he encontrado mirándolo fijamente a los ojos, grandes y dilatados.
– ¡Maestro! -ha gritado-. No tengo mala intención… Sólo temía por vos…
– ¿Maestro? -ha dicho Guillaume, que acababa de reaparecer.
– ¡Yo no soy ningún espía! -ha continuado Martin-. Creo en lo mismo que creéis vosotros. ¡Lo juro!
– ¡Cállate ya! -le ha soltado Blaise, que ha cogido a
Martin por el cuello del jubón y lo ha puesto de pie de una rápida y potente sacudida.