La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Tan sólo unas horas después, los catalanes se encontraban allí como en casa; habían plantado sus tiendas en el rico humus cultivable, aplastando al hacerlo los macizos de flores, y reorganizando el terreno de aquel jardín. Los árboles fueron rápidamente despojados de sus frutos y sus troncos convertidos en leña. Alrededor de la fuente central se habían establecido los comedores y las tiendas de cocina.
Uno de los ciudadanos de Apeiron se había aventurado hasta el campamento almogávar y admiraba asombrado el marcial desastre que los extranjeros habían establecido en lo que había sido un precioso jardín hasta su llegada. Yo lo había visto dar vueltas por el campamento, desorientado, hasta que Joanot le salió al paso.
– ¿Joanot? -preguntó el ciudadano, mirando al joven caballero con los ojos entrecerrados como si no estuviera seguro de reconocerle-. ¿Joanot de Curial?
El hombre era de escasa estatura, y la piel de su rostro era oscura y muy curtida, con profundas arrugas en torno a los ojos. Su barba era negra, así como los escasos cabellos de su ancha cabeza. Vestía como los apeironitas, con una corta y ligera túnica de tejido blanquísimo, pero al hablar lo hizo en lengua italiana.
– Joanot de Curial -dijo-; no puedo creer lo que ven mis ojos.
El adalid se volvió hacia él, y su rostro expresó la misma sorpresa que parecía embargar a aquel hombre. Ambos se abrazaron llenos de alegría, y luego Joanot nos lo presentó. Era Vadinio Vivaldi; uno de los dos hermanos que habían comandado, doce años antes, la expedición de Tesidio Doria a la búsqueda del reino del Preste Juan.
– Luego lo conseguisteis -dijo Joanot.
El hombre bajó los ojos con pesar, y dijo:
– Sólo yo. Mi hermano Ugolino no sobrevivió al viaje.
Nos contó cómo la nave en la que había viajado su hermano naufragó en las costas del mediodía ethiope, y cómo perdió la vida en ese desastre. Parte de la tripulación de la nave siniestrada se acomodó en la otra nave, y el resto quedó en aquellas tierras.
Vadinio prosiguió entonces su viaje y, tras innumerables aventuras por mar y por tierra, que serían muy largas de relatar aquí, llegó hasta la ciudad de Apeiron.
Joanot se extrañó de que no se hubieran decidido a regresar, a pesar de los años transcurridos. Vadinio sonrió y dijo:
– No conoces esta ciudad -respondió enigmáticamente-, o no te sorprenderías de eso. Ni siquiera mantengo contacto con mi antigua tripulación; a muchos de ellos no los he visto desde hace años.
– ¿Es éste, entonces, el reino del Preste Juan? -le preguntó Joanot.
Vadinio asintió.
– Así lo denominamos en Occidente -explicó-; pero estas gentes llaman «Apeiron» a su ciudad, que significa algo así como el principio fundamental del que derivan todas las cosas. Es un lugar verdaderamente mágico, pero habéis llegado a él en un momento difícil. -Se volvió hacia las tropas de Joanot, y señalándolas preguntó-: ¿Son almogávares?
– Así es -le respondió Joanot.
– Buenos guerreros -dijo.
– Los mejores -replicó Joanot.
– Pues van a ser muy apreciados por aquí -concluyó Vadinio-. Vuestra llegada puede haber sido providencial para estas gentes.
Joanot quiso saber a qué se refería, pero Vadinio contestó nuevamente de una forma enigmática y dijo que pronto lo averiguaríamos.
Esa misma tarde recibimos la visita de la consejera Neléis, comunicándonos que la Asamblea que dirigía la ciudad iba a reunirse de forma extraordinaria, y que Joanot y yo estábamos invitados a la reunión.
– Veo que no habéis tenido problemas para instalaros -dijo después.
– Este es un lugar extraño -le respondí-. Al poco tiempo de estar en él es fácil sentirse seguro, a pesar de estar rodeado por toda esa muchedumbre; pero es casi imposible dormir por las noches con toda esa luz y todo ese ruido.
– Hemos despejado un gran estadio deportivo cubierto, en el lado norte de la ciudad; sin duda allí estaríais más cómodos y el ruido os llegaría más amortiguado.
– Es posible -dije-; pero dudo que Joanot acepte cambiar de lugar.
La consejera hizo un gesto de indiferencia; aquel tema ya no parecía preocuparle demasiado. Pero no era lógico; para cualquier nación los almogávares eran un ejército pequeño pero muy bien armado y con un evidente espíritu combativo. Al abrirles las puertas de su ciudad, los apeironitas, habían demostrado una confianza extraordinaria en aquellos bárbaros extranjeros. Una confianza que podría parecer temeraria.
– No sois el enemigo -dijo Neléis cuando yo le expresé estos pensamientos-; conocemos a nuestro Adversario, y no podríamos confundirlo con vosotros.
– ¿Cómo podéis estar tan seguros de nuestras buenas intenciones, de que no somos aliados de vuestros oponentes? -le pregunté.
La mujer dijo entonces que el enemigo de la ciudad no es un hombre como nosotros, aunque podía servirse de hombres para sus fines.
– He visto algunas señales -le confié entonces-; los ejércitos gog, y el fuego y el humo surgiendo del abismo; y a las langostas cabalgar como jinetes diabólicos. Y esta ciudad de luz y cristal, brillando como una novia engalanada. Vuestro enemigo es, por tanto, el adversario de todo hombre.
– Es una forma de ver las cosas -dijo la mujer dudando-. Pero no es del todo correcta. Nuestro enemigo es una criatura muy poderosa, mucho más de lo que podáis imaginar, pero no hay nada de sobrenatural en él; nada que la ciencia y las armas no sean capaces de derrotar y destruir.
Cuando se hubo marchado la consejera, Ibn-Abdalá se acercó a mí. Era evidente que había estado escuchando nuestra conversación porque dijo:
– Se saben superiores a nosotros y confían en que, llegado el caso, podrían aplastarnos como a moscas.
Me resultaba difícil creer esto.
– Parecen muy pacíficos, y nos han ayudado.
– ¿Piensas que te ayudaron al librarte del Mal? -preguntó el sarraceno.
– Sí -afirmé.
– ¿Y cómo puedes tener la certeza de que eso es así?
– ¿Qué quieres decir? -pregunté extrañado. Desde que había llegado a la ciudad, Ibn-Abdalá tenía aquella extraña actitud. Era evidente que aquel lugar le asustaba, pero era incapaz de enfrentarse a ese miedo o de compartirlo con alguien; también era evidente que el sarraceno ya no confiaba en mí; nuestra buena relación se había enfriado.
– Nunca he visto a nadie sobrevivir al Mal. ¿Cómo sabes que ellos te lo han sacado de dentro?
– Lo vi con mis propios ojos; en el interior de un vaso hermético.
– Viste lo que ellos te enseñaron; pero debes confiar en su palabra. Y vuestra confianza es excesiva. La tuya, y la de tus amigos guerreros. -Ibn-Abdalá bajó el tono de su voz antes de seguir hablando-. Para vosotros este lugar es el Paraíso, para mí se parece mucho al Infierno. Hay cosas que vosotros, los ponentinos, desconocéis. ¿Acaso no habéis oído hablar del anciano que habita en las montañas? Rapta a jóvenes muchachos y los lleva a su ciudad maravillosa donde les hace experimentar los más delicados placeres. Luego, un día, los duerme y los saca de la ciudad; les hace creer que han visitado el Paraíso, al que sólo podrán regresar si mueren sirviéndole fielmente. Los convierte así en esclavos suyos de cuerpo y alma, y los utiliza para sus más oscuros fines.
– ¿Y crees que éste es ese mismo lugar?
– No. Pero hay muchos lugares oscuros y temibles en el mundo; obras de Satán ocultas bajo una fachada engañosa. Y hay muchas maneras de poseer el alma de un hombre. La magia que nos rodea es poderosa, pero todos habéis aceptado sin discusión que se trata de una magia beneficiosa. ¿Por qué?
A mi pesar, y mientras me dirigía a bordo de uno de aquellos aparatos voladores hacia la sala de la Asamblea, no podía apartar las palabras del cadí de mi mente.