La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Pude escuchar numerosas leyendas que afirmaban que muchos de estos condenados alcanzaron en el exterior una gran fama y poder, quizá aguijoneados por el enturbiado recuerdo de las riquezas y la felicidad que una vez disfrutaron en Apeiron; y que muchos de ellos se convirtieron en generales victoriosos o en despiadados tiranos.
5
Al concluir la asamblea, Nyayam y Neléis me pidieron que les acompañara.
Descendimos por una escalera metálica, que se doblaba en espiral sobre sí misma, hasta un amplio piso inferior, donde me vi rodeado por una maravillosa maquinaria que trabajaba incesantemente entre nubes de vapor. Grandes ruedas dentadas, haces de finísimas varillas metálicas que transmitían, rítmicamente, fuerzas y movimientos, engranajes, correas transmisoras. Todas estas piezas eran sencillas y hermosas a la vez como el mecanismo de un reloj, pero mucho más preciso y limpio.
Un grupo de hombres y mujeres, ataviados con largos blusones grises, se ocupaban del mantenimiento de aquella maquinaria. Algunos llevaban recipientes con grasa que aplicaban a los engranajes en movimiento. Concentrados en su trabajo, apenas levantaron la mirada a nuestro paso.
Caminamos hasta la pared del fondo, en la que había un artilugio extraordinario.
Me acerqué a él y rocé las teclas y manivelas de bronce con los dedos. Parecía el órgano de una iglesia, pero su aspecto era mucho más complejo que cualquier otra cosa que yo hubiera visto nunca. Unos tubos y conducciones que surgían del suelo se incrustaban en el aparato y exudaban vapor. El lugar que en un órgano correspondería a las teclas y a los botones de registro contenía también un gran número de teclas, pero de forma redonda, con símbolos numéricos y caracteres griegos grabados en ellas.
Al acercarme, un ruidoso repiqueteo surgió de un extremo del órgano y un mazo de láminas de cartón cayó sobre una bandeja. Neléis cogió una y me la mostró; parecía un gran naipe lleno de perforaciones rectangulares. Me explicó que, si la Sala de la Asamblea era el corazón de Apeiron, esta máquina era su cerebro; la inteligencia que mantenía unida la ciudad: las guías de los transportes voladores, el suministro de agua a las casas, la iluminación nocturna…
– Esta máquina analítica es capaz de realizar los cálculos necesarios para dirigir toda esa actividad -dijo la consejera.
– ¡Una máquina capaz de ayudar a la mente humana! -exclamé.
– Exacto -dijo ella, sorprendida de que yo hubiera captado tan rápidamente la idea. No sabía que yo llevaba toda mi vida trabajando en algo similar-, por eso queríamos que la vieras funcionar. De alguna forma, representa nuestro esfuerzo continuado por mantener el orden en este apartado lugar del mundo.
Yo estaba más interesado por saber cómo funcionaba.
– Con vapor -explicó Neléis-, como el resto de la ciudad. Todo este edificio, desde el sótano hasta este piso, está en su mayor parte ocupado por toda su compleja maquinaria. Éste es también un lugar simbólico para nosotros, por ese motivo se reúne aquí la Asamblea.
– Todo esto es maravilloso -dije-; como caminar por el interior de una mente.
Nyayam sonrió y dijo.
– No tanto, amigo mío. Es sólo una máquina capaz de hacer cálculos a gran velocidad, y de guardar una memoria de ellos; pero resulta muy útil para nosotros, sin ella no podríamos mantener Apeiron en funcionamiento. Tú lo has dicho antes: «una máquina para auxiliar a la mente humana». Sólo eso.
– Sólo eso -dije pensativo-. Yo también intenté construir algo así; pero no contaba con vuestros medios. Tampoco entiendo completamente las razones matemáticas que hacen posible esta máquina, pero creo que buscaba lo mismo que vosotros.
– ¿Y cuál era tu búsqueda? -me preguntó el anciano.
– Llegar a comprender la lógica de Dios -dije.
Sí, la lógica de Dios; si los astros y el mundo realizan complejos movimientos siguiendo la lógica matemática elaborada por Dios; si las mareas se suceden una tras otra siguiendo el influjo del Sol y de la Luna, tal y como Dios dispuso desde el principio; si las estaciones llegan una tras otra, año tras año, con perfecta regularidad, y si las cosas siempre caen hacia abajo, y el fuego siempre da calor al arder… si todas estas cosas han sido decididas e impulsadas por Dios, que es el gran relojero y arquitecto de esta maravillosa obra, ¿por qué el hombre creado por Él a su imagen, recorre caminos tan absurdos durante su permanencia en este mundo?
Concebí mis discos del Ars Magna para que me ayudaran a interpretar y a descifrar la mente de Dios, pues supuse que la pequeñez de la mente humana sería incapaz de hacerlo por sí sola. Necesitaba ayuda, y ésta sólo podía provenir de un ingenio creado por mi propia mente, pero que fuera capaz de multiplicar su capacidad, como una palanca es capaz de multiplicar la fuerza de un brazo.
Nyayam se interesó por saber si había logrado algún resultado. Ojalá lo supiera, pensé. Pero le dije:
– En parte sí. Pero nunca logré ir más allá de agotar todas las posibles combinaciones de los principios, y explorar así todas las posibles estructuras de la Verdad.
Neléis me preguntó si no era eso lo que había buscado desde el primer momento.
– Creía que era eso, pero ahora, al ver vuestra máquina, sé que estaba en un error. Cuando intenté aplicar mis círculos a problemas mundanos éstos me condujeron una y otra vez a demostraciones circulares, sin ninguna posibilidad de aplicación práctica. Comprendí que el error era más profundo de lo que yo creía, y que me faltaba algún tipo de herramienta matemática para fundar esta lógica. Pero ahora -extendí los brazos como si quisiera abarcar toda la maquinaria que me rodeaba- veo que el problema tiene una solución, y que vosotros habéis dado con ella, y doy gracias a Dios por haberme permitido visitar esta ciudad antes del día de mi muerte. Debo… es necesario para mí entender cómo funciona esta máquina.
Nyayam apoyó una mano sobre mi hombro y me pidió calma.
– Somos enanos subidos a las espaldas de gigantes -dijo-; no intentes comprenderlo todo inmediatamente, porque cada paso hacia adelante, cada avance tecnológico, lleva consigo una implacable lección de humildad.
Les miré confundido, sin entender completamente lo que querían decir. ¿Cómo podría el avance del conocimiento humano tener consecuencias negativas? Sólo la ignorancia puede ser mala, el conocimiento del mundo sólo nos hará mejores y más felices.
Nyayam y Neléis me miraron significativamente, durante un largo instante, antes de que la mujer dijera:
– ¿Y qué sucedería si ese conocimiento te demostrara que el mundo no es tal y como creías que era? Que es mucho más extraño y complejo de lo que imaginabas.
Me estremecí ante aquellas palabras, y sentí una especie de vértigo, como si mi alma estuviera colgando al borde de un abismo. Les aseguré que no sabía de qué estaban hablando, y ellos me condujeron hasta un extremo de aquella gran sala, donde estaba arrinconada una mesa de gruesa madera repleta de papeles. Sobre ella descansaba una compleja figura; nueve esferas de cobre estaban sujetas a una delicada armilla, y sobre cada una de estas esferas estaba grabado el nombre de un planeta.
– En ocasiones me gusta retirarme aquí para meditar -dijo Nyayam, sonriendo como si quisiera alejar aquella turbación de mi mente-. Sé que esto puede resultar sorprendente, rodeado por todo ese ruido, pero el chasquido de esos engranajes, su monótono repiqueteo, suele ayudarme a disciplinar mi mente. En otras ocasiones, debo advertirte, su efecto es el contrario.