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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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Se puso en pie como pudo y se tambaleó mareado, sujetándose la cabeza.

– ¿Quién ha sido? -preguntó Sano.

– No lo he visto. Demasiado rápido.

El portón reforzado estaba abierto. Con la espada desenvainada, Sano se asomó al patio. No se distinguía ningún movimiento en la oscuridad. Indicó a Goro que lo siguiera, entró con cautela… y tropezó con los cuerpos inertes de sus guardias de patrulla. La puerta del recinto vallado interior estaba entornada.

– Ve a los barracones y despierta a los detectives -ordenó a Goro-. Diles que hay un intruso en la casa.

El guardia se apresuró a obedecer, y Sano se acercó al recinto. Aun consciente de que era posible que se dirigiera hacia una trampa, tenía que proteger a los suyos. No podía esperar a que llegara la ayuda. Ante él se cernía la mansión a oscuras. Subió sigiloso los escalones de madera. Hizo una pausa para escuchar a la sombra de los largos aleros de encima de la galería. En algún lugar de la colina relinchó un caballo, pero del interior de la casa no le llegó ningún sonido. Entró de puntillas por la puerta y cruzó el porche de entrada. Arma en ristre, avanzó sigilosamente por el pasillo. Al llegar a su despacho se detuvo. Todo su cuerpo se quedó inmóvil y en tensión.

La tenue luz de una lámpara extendía un resplandor amarillo por los paneles de papel de la pared. La puerta estaba cerrada. En aquel instante oyó un ruido de pasos en el interior, un cajón que se abría, el crujido del papel. Al parecer el intruso estaba registrando sus pertenencias. Sano puso dos dedos en el pestillo y empujó. El panel de madera se deslizó en silencio sobre su marco engrasado. En el hueco que albergaba el escritorio de Sano se erguía una figura ataviada con una capa negra de ceñida capucha. Estaba rebuscando en un armario, de espaldas a la puerta.

Sano irrumpió en la habitación y gritó:

– ¡Alto! ¡Date la vuelta!

17

El intruso se volvió. Era el teniente Kushida. Los libros y papeles de Sano estaban desparramados en derredor suyo. Ya había acabado con los estantes y estaba revolviendo el armario. Su arrugada cara de mono quedó flácida por el desaliento. Por un instante permaneció inmóvil. Su mirada de pánico pasó de Sano a las ventanas con barrotes, para después posarse en su naginata, que estaba apoyada en la pared de al lado.

– ¡No os mováis!

Con un ademán tan rápido que pareció que el arma saltara a su mano, Kushida agarró la lanza. Pasó como una exhalación por encima del escritorio, saltó desde la tarima elevada del hueco y avanzó hacia Sano. Sus ojos eran negros pozos de desesperación. El filo agudo y curvo de su arma relucía a la tenue luz de la lámpara.

– Ni se os ocurra -advirtió Sano, adoptando una postura defensiva acuclillado con la espada en alto-. Mis hombres llegarán en cualquier momento. -De la entrada de la mansión llegaba el sonido de gritos y pasos a la carrera-. Aunque me matéis, no podréis escapar. Soltad el arma. Rendíos.

El teniente Kushida cargó. Sano saltó a un lado y la hoja pasó a poca distancia de su pecho. Trazó un círculo y se preparó para contraatacar. El teniente trató de clavarle la lanza en la garganta. Sano paró el golpe. El choque de los filos lo desplazó de lado. Un contundente golpe lo alcanzó en la cadera: Kushida había hecho uso del asta de la lanza, como debía de haber hecho con los centinelas. Sano dio un traspié, jadeando de dolor. Recobró el equilibrio y arremetió con la espada.

Pero Kushida esquivó con destreza todas sus estocadas. Enseñando los dientes en una mueca feroz, estaba en todas partes y en ninguna, como un guerrero fantasma que atravesara el espacio a velocidad sobrehumana. La hoja de la naginata aporreaba la espada de Sano. La contera de metal de su extremo lo golpeaba en las piernas y la espalda. Con un alcance más corto, Sano no podía acercarse lo bastante para asestarle un corte. Kushida lo acosaba a tajos y lanzadas por toda la habitación. Sano saltó hacia atrás por encima de un cofre de hierro. Se empotró contra un biombo pintado y después fintó un revés. Kushida inclinó la lanza para bloquearlo. Sano cambió la dirección del golpe con rapidez. Lo hirió en el brazo, pero el teniente sostuvo su asalto incansable y llevó a Sano contra la pared.

Las voces masculinas fuera de la habitación se hicieron más sonoras, más cercanas. En el pasillo resonaban los pasos.

– ¡Aquí! -gritó Sano, que cada vez perdía más terreno frente a Kushida.

Una figura saltó por la puerta. ¡Ayuda, por fin! Sano miró al recién llegado. El alivio dio paso al horror.

Vestida con una bata de flores rosas y blancas, con la cabellera suelta hasta las rodillas, Reiko sostenía con sus dos manos una espada. Sus bellos ojos brillaban de emoción.

– ¡Reiko! ¿Qué crees que estás haciendo? -gritó Sano mientras esquivaba el filo letal de la naginata.

– ¡Defender mi hogar! -chilló Reiko como respuesta. Con sorprendente agilidad, arremetió contra Kushida, con el pelo y las faldas como estela. Lanzó un mandoble y asestó un sonoro golpe al asta de la lanza, que chocó contra una de sus anillas de metal.

Sano se quedó boquiabierto de la impresión. Un dedo más arriba o abajo, y habría partido el asta. Era un golpe digno de un experto. Pero Reiko era tan menuda, tan delicada… Sano fue presa del pánico. Se interpuso entre el teniente Kushida y su mujer, blandiendo la espada.

– Esto no es un juego, Reiko. ¡Sal antes de que te hagan daño!

– ¡Aparta! ¡Déjamelo!

El rostro de Reiko presentaba la expresión sublime que Sano había visto a los samuráis en liza. Atacó de nuevo a Kushida. Sus hojas chocaron. Reiko evitó con desenvoltura un contragolpe y lanzó una serie de golpes que obligaron al teniente a recular. Pero era imposible que aguantara contra un enemigo tan formidable. En aquel preciso instante, Sano decidió que nunca debía cederle ninguna parte de su trabajo. No tenía mesura. No sabría cuándo pararse.

Se situó junto a su mujer. Mientras mantenía a raya al teniente Kushida, estiró su mano libre y empujó a Reiko con todas sus fuerzas.

Salió disparada por la puerta con un grito de indignación. Sano oyó un golpe cuando su cuerpo topó con la pared del otro lado del pasillo. Estaba a salvo, pero el lapsus de atención le pasó factura. La lanza de Kushida cortó el aire hacia su corazón. Se apartó de un salto justo a tiempo; el filo le arañó las costillas. Una sonrisa maligna afloró a los labios del teniente mientras seguía blandiendo la naginata. Sano le asestó más cortes, pero no había manera de que parara.

Entonces un ejército de samuráis irrumpió en la habitación. Rodearon a Kushida con las espadas en ristre.

– ¡Suelta el arma! -ordenó Hirata.

Acorralado, Kushida se puso en tensión. Su feroz mirada recorrió las caras de los hombres de Sano. Dio un paso atrás y bajó su lanza una mínima fracción.

Y entonces se desató el caos cuando empezó a plantar batalla a los detectives. Las hojas chocaban con un ensordecedor martilleo de acero. Un torbellino humano pisoteaba las pertenencias de Sano. Se oían gritos. Sano se metió de lleno en la refriega, gritando: «¡No lo matéis! ¡Capturadlo vivo!» Tenía que descubrir por qué había ido a su casa el teniente.

Aunque eran diez contra uno, Kushida luchó con arrojo y desatendió las reiteradas órdenes de que se rindiera. En el transcurso de la batalla se rasgaron paredes de papel y los montantes saltaron en astillas. Inevitablemente, las hojas encontraron la carne y el tatami fue salpicándose de sangre. Al final, dos detectives asieron a Kushida por detrás. Hirata y tres más le arrancaron la lanza de las manos. Forcejearon hasta tumbarlo mientras él pateaba y se retorcía.

– ¡Quitadme las manos de encima! ¡Soltadme! -Eran las primeras palabras que pronunciaba.

Sano envainó la espada y tomó aliento.

– Atadlo y vendadle las heridas. Después llevádmelo al salón. Allí hablaré con él.

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