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A cualquier precio [Saving Faith - es]

Электронная книга - «A cualquier precio [Saving Faith - es]». Краткое содержание книги:

David Buchanan aplica sucias presiones para financiar causas honrosas. Robert Thornhill, un alto cargo de la CIA, descubre el juego y empieza a chantajearle, pues quiere devolver a la CIA el prestigio perdido. Faith Lockhart, una tercera persona implicada en este asunto, opina que se ha ido demasiado lejos y decide confesarlo todo al FBI. Su vida a partir de entonces tiene un precio
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Ward levantó la mirada de la carta.

– ¿Traes algo interesante entre manos, Danny?

Ward tenía una voz profunda y sonora y un acento deliciosamente sureño, pues había perdido hacía tiempo todos los vestigios del característico acento áspero del Norte. Buchanan era capaz de sentarse a escucharlo durante horas. En realidad lo había hecho en muchas ocasiones.

– Lo de siempre, lo de siempre, ¿y tú? -respondió Buchanan.

– He asistido a una sesión importante esta mañana. El servicio de inteligencia del Senado. La CIA.

– ¿Ah, sí?

– ¿Alguna vez has oído hablar de un tal Thornhill, Robert Thornhill?

Buchanan ni se inmutó al oír el nombre.

– No me suena de nada. Háblame de él.

– Es una de las viejas glorias. Subdirector adjunto de operaciones. Inteligente, astuto, se rodea sólo de los mejores. No me inspira confianza.

– No me extraña.

– Sin embargo, tengo que reconocer su eficacia. Ha hecho una labor magnífica y ha durado más en el cargo que varios directores de la CIA. Ha servido al país extraordinariamente bien. De hecho, allí es toda una leyenda. Por eso le dejan hacer más o menos lo que quiere. No obstante, esa actitud es peligrosa.

– ¿De veras? Parece que es un buen patriota.

– Eso es lo que me preocupa. La gente que se considera patriota tiende a ser fanática. Y, en mi opinión, los fanáticos están a un sólo paso de la locura. La historia ya nos ha proporcionado suficientes ejemplos de ello. -Ward sonrió-. Hoy me ha venido con las sandeces de siempre. Se lo veía tan pagado de sí mismo que he decidido bajarle los humos.

Buchanan parecía muy interesado.

– ¿Y cómo lo has hecho?

– Pues le he preguntado sobre los escuadrones de la muerte. -Ward se calló y miró en torno a sí por unos momentos-. En el pasado ya habíamos tenido problemas con la CIA por esto. Financian esos pequeños grupos insurgentes, los visten y los entrenan, luego los sueltan como si fueran un perro sabueso. Pero, a diferencia de los sabuesos, hacen cosas que se supone que no deberían hacer. Por lo menos según las normas oficiales de la agencia.

– ¿Y qué ha contestado él?

– Bueno, lo que le dije no estaba en su guión. Ha consultado sus notas como si intentara librarse de una pequeña banda de hombres armados. -Ward soltó una carcajada-. Luego me ha salido con una jerigonza que en realidad no significaba nada. Ha dicho que la «nueva» CIA no hacía más que compilar y analizar información. Cuando le he preguntado si estaba reconociendo que algo iba mal con la «vieja» CIA, por poco se me echa encima. -Ward volvió a reír-. Lo de siempre, lo de siempre.

– ¿Y qué se trae ahora entre manos que te tiene tan enfadado?

Ward sonrió.

– ¿Pretendes que te haga confidencias?

– Por supuesto.

Ward volvió a echar un vistazo alrededor antes de inclinarse hacia adelante y empezar a hablar en voz queda.

– Estaba ocultando información, ¿qué si no? Ya conoces a los secretas, Danny, siempre quieren más fondos pero cuando empiezas a hacer preguntas sobre cómo gastan el dinero, cielos, es como si estuvieras matando a su madre. Pero ¿qué voy a hacer cuando me entreguen informes del inspector general de la CIA con tanta información confidencial que el papel parece negro? Así que se lo he hecho notar al señor Thornhill.

– ¿Y cómo ha reaccionado? ¿Se ha enfadado? ¿Se lo ha tomado con filosofía?

– ¿Por qué sientes tanta curiosidad por él?

– Tú has empezado, Rusty. No me culpes si tu trabajo me fascina.

– Bueno, me ha dicho que esos informes tienen que censurarse para proteger la identidad de las fuentes de información, que se trataba de un asunto muy delicado y que la CIA lo abordaba con el máximo cuidado. Le he replicado que era como cuando mi nieta juega a la rayuela. No puede saltar en todos los recuadros así que se salta algunos a propósito. Le he dicho que me hacía mucha gracia, pero sólo cuando lo hacen los niños pequeños. De todos modos, tengo que reconocer sus méritos. Lo que me ha contestado tenía sentido. Me ha dicho que es un error pensar que vamos a derribar a los dictadores mejor afianzados con unas sencillas fotos hechas por satélite y con módems de alta velocidad. Necesitamos medios antiguos sobre el terreno. Necesitamos agentes dentro de las organizaciones, dentro de sus propios círculos. Ésa es la única forma que tenemos de vencerlos. Pero la arrogancia de ese hombre me saca de mis casillas. Además, estoy convencido de que aunque Robert Thornhill no tuviera motivos para mentir tampoco diría la verdad. Caramba, es que incluso tiene un truco: cuando da un golpecito en la mesa con el bolígrafo, uno de sus asesores finge susurrarle al oído, de forma que dispone de un par de minutos más para pensar en alguna otra mentira. Lleva utilizando este código muchos años. Supongo que cree que soy una especie de imbécil y que ni siquiera me doy cuenta.

– Preferiría pensar que ese tal Thornhill no es tan tonto como para subestimarte.

– Oh, es bueno. Debo reconocer que se ha llevado la mejor parte en las justas de hoy. Me refiero a que es capaz de no decir prácticamente nada y aun así lograr que sus palabras parezcan tan profundas y nobles como los Diez Mandamientos. Y cuando lo he acorralado, ha salido con todas esas sandeces sobre la seguridad nacional porque piensa que así asusta a todo el mundo. En resumen: me ha prometido un montón de respuestas. Y le he dicho que estaba deseoso de colaborar con él. -Ward tomó un sorbo de agua-. Sí, hoy ha ganado pero siempre nos queda el mañana.

El camarero regresó con las bebidas y ellos pidieron sus platos. Buchanan saboreó un vaso de whisky escocés con agua mientras Ward hacía lo propio con un bourbon solo.

– Por cierto, ¿cómo está tu colaboradora? ¿Está quemándose las pestañas para desplumar a los pobres e indefensos funcionarios elegidos en beneficio de algún cliente?

– De hecho, creo que ahora está fuera de la ciudad. Por motivos personales.

– Espero que no sea nada grave.

Buchanan se encogió de hombros.

– Ya lo veremos. De todos modos, estoy seguro de que saldrá adelante. -Pero ¿dónde estaba Faith?, se preguntó una vez más.

– Supongo que todos somos supervivientes. Sin embargo, no sé cuánto tiempo más aguantará esta vieja carcasa mía. Buchanan levantó su copa.

– Nos enterrarás a todos, palabra de Danny Buchanan.

– Cielos, espero que no. -Ward lo miró de hito en hito-. Es duro pensar que han pasado cuarenta años desde que dejamos Bryn Mawr. Sabes, a veces te envidio por haberte criado en aquel apartamento situado encima de nuestro garaje.

Buchanan sonrió.

– Tiene gracia, yo estaba celoso de ti porque te criaste en la mansión con tantísimo dinero mientras mi familia servía a la tuya. Bueno, ¿quién de los dos está más borracho?

– Eres el mejor amigo que he tenido jamás.

– Y sabes que el sentimiento es recíproco, senador.

– Lo más sorprendente es que nunca me has pedido nada. Sabes perfectamente que presido un par de comités que podrían ayudarte en tus batallas.

– Me gusta evitar la falta de decoro.

– Debes de ser el único de toda la ciudad. -Ward rió. -Digamos que para mí nuestra amistad es mucho más importante que todo eso.

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