Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
– Tenía sed -contestó sin dejar de caminar respirando hondo.
– Ya. ¿Y por qué mencionabas el nombre de Idaho?
– Pensé que lo sabías -respondió sin aminorar el paso.
– ¿Qué juego te traes entre manos? -dije agarrándola del brazo.
– No es ningún juego, Will.
– ¿De qué hablas?
– Idaho, Will. Tu Sheila Rogers era de Idaho, ¿no es cierto?
Volví a sentir un mazazo.
– ¿Tú cómo lo sabías?
– Lo leí.
– ¿En los periódicos?
– ¿En serio que no lo sabes? -replicó conteniendo la risa.
– Pero ¿qué es todo esto que dices? -inquirí agarrándola por los hombros.
– ¿A qué universidad fue Sheila? -añadió ella.
– No lo sé.
– Yo pensaba que estabais locamente enamorados.
– Es difícil de explicar.
– Ya lo creo.
– Sigo sin entender, Katy.
– Sheila Rogers fue a Haverton, Will. Con Julie. Estaban en la misma residencia.
Me quedé de piedra.
– No es posible -dije.
– No puedo creerme que tú no lo supieras. ¿Sheila no te dijo nada?
Negué con la cabeza.
– ¿Estás segura de lo que dices? -insistí.
– Sheila Rogers, de Masón, Idaho, estudió Comunicaciones. Lo pone en el boletín de la residencia que encontré en un baúl del sótano.
– No lo entiendo. ¿Recuerdas su nombre al cabo de tantos años?
– Sí.
– ¿Cómo es posible? Quiero decir que, ¿recuerdas los nombres de todas las chicas que vivían en la residencia de Julie?
– No.
– ¿Y por qué recuerdas el de Sheila Rogers?
– Porque Sheila y Julie compartían habitación -dijo Katy.
32
Cuadrados llegó a mi apartamento con panecillos y mermelada de una tienda, en la esquina de la Calle 15 y la Primera Avenida, inteligentemente llamada La Bagel. Eran las diez de la mañana y Katy dormía en el sofá. Cuadrados encendió un cigarrillo y advertí que vestía la misma ropa de la noche anterior. No sabía exactamente a qué atribuirlo pues, aunque fuera precisamente un árbitro de la elegancia, aquella mañana estaba francamente desaseado. Nos sentamos en los taburetes de la barra de la cocina.
– Oye -dije-, ya sé que te gusta mezclarte con la gente de la calle…
Él sacó un plato de un armarito.
– ¿Vas a dedicarte a tomarme el pelo o piensas contármelo? -replicó.
– ¿No puedo hacer las dos cosas?
Agachó un poco la cabeza y me miró por encima de las gafas de sol.
– ¿Tan malo es?
– Peor -contesté.
Katy se rebulló en el sofá y oí que exclamaba: «¡Ay!». Yo tenía listo el Tylenol extrafuerte y se lo tendí con un vaso de agua. Ella se lo tomó de un trago y se levantó tambaleante camino de la ducha. Yo volví al taburete.
– ¿Qué tal tienes la nariz? -preguntó Cuadrados.
– Como si fuera a salírseme el corazón por ella.
Asintió con la cabeza y dio un mordisco a un panecillo untado de mermelada que masticó despacio. Lo noté derrengado. Comprendí que no había dormido en su casa aquella noche. Sabía que algo había sucedido entre él y Wanda. Sobre todo, sabía que él no quería que le preguntase qué.
– ¿Qué decías de peor? -inquirió.
– Sheila me mintió -dije.
– Eso ya lo sabíamos.
– Pero no hasta qué extremo.
Él siguió masticando.
– Conocía a Julie Miller: vivieron en la misma residencia femenina. Eran compañeras de habitación.
– A ver, explícame -dijo Cuadrados dejando de masticar.
Le conté lo que me había explicado Katy con el ruido de fondo de la ducha a todo meter. Pensé que Katy aún padecería las consecuencias de la borrachera; pero también es cierto que los jóvenes se recuperan antes.
Cuando terminé de explicarle todo, Cuadrados se recostó en el asiento, cruzó los brazos y sonrió.
– Muy rebuscado -comentó.
– Sí, eso mismo pensé yo.
– No lo entiendo, tío -añadió untando otro panecillo-. Tu ex novia, asesinada hace once años, era compañera de habitación en la universidad de tu última novia, que también ha sido asesinada.
– Eso es.
– Y a tu hermano le echaron la culpa del primer asesinato.
– Exacto.
– Sí, muy bien -dijo Cuadrados asintiendo con la cabeza-, pero no lo entiendo -espetó.
– Ha tenido que ser algún tipo de montaje -añadí.
– Un montaje, ¿el qué?
– Lo de Sheila y yo -contesté tratando de mostrar indiferencia-. Ha tenido que ser todo un montaje. Una mentira.
Hizo con la cabeza un gesto entre sí y no y el pelo le cayó sobre la frente. Se lo echó hacia atrás.
– ¿Con qué propósito?
– No lo sé.
– Piensa.
– No he hecho otra cosa en toda la noche -dije.
– De acuerdo, sí, supongo que tienes razón. Pongamos que Sheila te mintió y que se trataba de un montaje. ¿Me escuchas?
– Sí.
– ¿Con qué propósito?
– Te digo que no lo sé.
– Pues examinemos las posibilidades -dijo él alzando un dedo-. Una, que puede ser una coincidencia asombrosa.
Yo lo miré.
– Espera. Tú salías con Julie Miller, ¿hace cuánto, doce años?
– Sí.
– Puede que Sheila no lo recordase. Vamos a ver, ¿tú te acuerdas del nombre de las ex de todos tus amigos? Quizá Julie nunca le habló de ti. O tal vez Sheila olvidó tu nombre. Luego, diez años después os conocéis…
Volví a mirarlo sin decir nada.
– Sí, de acuerdo, es muy raro -dijo-. Olvidémoslo. Posibilidad dos -añadió levantando otro dedo, haciendo una pausa y mirando al vacío-. Mierda, me he perdido…
– Exacto.
Seguimos comiendo y él siguió pensando.
– Bien, supongamos que Sheila sabía exactamente quién eras desde el principio.
– Vale.
– Sigo sin entenderlo, tío. ¿Qué tenemos entre manos?
– Un montaje -respondí.
Cesó el ruido de la ducha y, cuando cogí un panecillo con semillas de amapola, se me quedaron pegadas a la mano.
– Toda la noche he estado pensando en eso -dije.
– ¿Y?
– Y siempre llego a la conclusión de Nuevo México.
– ¿Por qué?
– Porque el FBI quería interrogar a Sheila por un doble crimen en Alburquerque no resuelto.
– ¿Y qué?
– Hace años asesinaron también a Julie Miller.
– Un crimen tampoco resuelto -dijo Cuadrados-, aunque se sospecha de tu hermano.
– Sí.
– Tú crees que existe relación entre los dos crímenes -añadió Cuadrados.
– Tiene que haberla.
Cuadrados asintió.
– De acuerdo, veo el punto A y el punto B, pero no entiendo cómo se va de uno a otro.
– Ni yo -dije.
Nos quedamos en silencio. Katy asomó la cabeza por la puerta. Su rostro tenía la palidez de la resaca.
– He vuelto a vomitar -dijo con un gruñido.
– Gracias por tenerme al corriente -contesté.
– ¿Y mi ropa?
– En el armario del dormitorio -respondí.
Me dio las gracias con un gesto dolorido y cerró la puerta.
Miré al lado derecho del sofá, el lugar en que Sheila se sentaba a leer. ¿Cómo era posible que hubiera sucedido aquello? Recordé el dicho de «Más vale haber perdido un amor que no haber amado nunca» y reflexioné al respecto. Pero sobre todo me pregunté si no sería peor perder el amor de tu vida o darte cuenta de que quizás ella no te había amado.
Buena decisión. Sonó el teléfono, y esta vez lo cogí y respondí sin aguardar al contestador.