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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– Papá siempre ha sido muy testarudo.

– De todos modos, su rotunda negativa es una estupidez. Si David tiene entusiasmo suficiente para escribirnos desde Francia, lo menos que puede hacer es leer lo que nos cuenta.

Hannah miró hacia la escultura. Al inclinar la cabeza el brillo titilante de las olas de la fuente se reflejó en su rostro.

– David ha hecho quedar a papá como un tonto, haciendo a sus espaldas justo lo que le había pedido que no hiciera.

– Bah, de eso ha pasado casi un año.

– Papá no perdona fácilmente. Y David lo sabe.

– Pero es una carta tan divertida… Vuelve a leer la parte en la que cuenta el lío con la comida, lo del budín.

– No pienso leerla otra vez. No debería haberlo hecho las primeras tres veces. Es demasiado vulgar para oídos inocentes. -Hannah sostuvo la carta frente a sí, y su sombra se proyectó sobre la cara de su hermana-. Aquí, por ejemplo, lee tú misma. Hay una ilustración muy elocuente en la segunda página.

Una cálida brisa agitó el papel y pude distinguir las líneas negras de un dibujo en el extremo superior.

Mis pasos resonaron en las blancas piedras del sendero y atrajeron la atención de Emmeline, que me vio, de pie detrás de Hannah,

– ¡Limonada! -exclamó, olvidando por completo la carta, y levantando el brazo que tenía en el agua-. ¡Qué bien!, me muero de sed.

Hannah se volvió hacia mí, y guardó la carta en su corsé.

– Grace -saludó sonriente.

– Estamos tratando de escondernos del viejo verde -explicó Emmeline, mientras se sentaba de espaldas a la fuente-. Oh, este sol es delicioso, se me ha ido directamente a la cabeza.

– Y a las mejillas -agregó Hannah.

Emmeline alzó la cara hacia el sol y cerró los ojos.

– No me importa. Quiero que todo el año sea verano.

– ¿Lord Gifford ya se ha ido, Grace? -preguntó Hannah.

– No podría asegurarlo, señorita -contesté, apoyando la bandeja en el borde de la fuente-, pero diría que sí. Estaba en el salón hace un rato, cuando serví el té, y la Señora no dijo que tuviera previsto quedarse.

– Espero que no -declaró Hannah-. Ya hay suficientes cosas desagradables en este momento, sin necesidad de que él ande buscando pretextos para mirar mi vestido toda la tarde.

Junto a un macizo de madreselvas rosadas y amarillas había una pequeña mesa de jardín de hierro forjado. La acerqué a la fuente para servir el almuerzo. Afirmé sus patas curvas entre las piedras del sendero, apoyé la bandeja y comencé a servir la limonada.

Hannah sostenía el tallo de una fresa y lo hacía girar entre el dedo pulgar y el índice.

– ¿Pudiste oír algo de lo que dijo lord Gifford? -inquirió.

Dudé. Se suponía que yo no escuchaba lo que se decía mientras servía el té.

– Sobre las propiedades del abuelo, sobre Riverton -especificó. No me miraba, por lo que sospeché que se sentía tan incómoda por preguntarlo como yo por tener que responder.

Tragué saliva y dejé la jarra en la mesa.

– No estoy segura, señorita…

– ¡Lo oyó! -exclamó Emmeline-, lo sé porque se ha sonrojado. ¿Lo oíste, verdad? -preguntó inclinándose hacia mí-. Bien, dinos, ¿qué sucederá? ¿Será para papá? ¿Nos quedaremos aquí?

– No lo sé, señorita -repuse, encogiéndome, como lo hacía cada vez que me enfrentaba a la altivez de Emmeline-. Nadie lo sabe.

Emmeline tomó un vaso de limonada.

– Alguien debe de saberlo -indicó altanera-. Lord Gifford, seguramente. ¿Por qué ha venido si no? ¿Qué otro motivo podría traerlo hasta aquí, aparte de hablar acerca del testamento del abuelo?

– Lo que quiero decir, señorita, es que depende.

– ¿De qué?

– Del bebé de la tía Jemina -afirmó entonces Hannah, y me miró-. ¿Es así, Grace?

– Sí, señorita -reconocí serenamente-, al menos creo que es lo que dijeron.

– ¿Del bebé de la tía Jemina? -preguntó Emmeline.

– Si es un varón -explicó pensativa Hannah- todo le corresponde a él. Si no, papá será lord Ashbury.

Emmeline, que acababa de llevarse una fresa a la boca, se tapó los labios con la mano y rió.

– ¿Te imaginas a papá siendo dueño de la finca? Es demasiado torpe. -El lazo de seda que ceñía su enagua se había enganchado en el borde de la fuente, deshilachándose. Una larga hebra zigzagueaba por su pierna. Debía tenerlo presente para zurcirlo más tarde-. ¿Crees que él quiere que nosotras vivamos aquí?

Oh, sí, pensé para mis adentros. Deseaba que así fuera. Riverton había estado sumamente silencioso durante el año anterior. No había nada que hacer salvo volver a quitar el polvo de las habitaciones vacías y tratar de no pensar demasiado en los que aún seguían luchando en la guerra.

– No -aseveró Hannah con firmeza-. Papá no toleraría estar lejos de su fábrica.

– No lo sé -opinó Emmeline-, si hay algo que papá adora más que a su fábrica es Riverton. Entre todos los lugares del mundo, es su preferido. Aunque ¿por qué alguien desearía quedarse en medio de la nada, sin tener con quién hablar? -se preguntó, mirando al cielo. Luego hizo una pausa-. Hannah, ¿sabes en qué he estado pensando? -preguntó excitada-. Si papá fuera un lord, nos convertiríamos en miembros de la nobleza, ¿verdad?

– Supongo que sí -dijo Hannah-. ¿Qué importancia tiene?

De un salto, Emmeline se puso de pie y puso los ojos en blanco.

– Una gran importancia -afirmó. Entonces dejó su vaso en la mesa y volvió a subir al borde de la fuente-. La honorable Emmeline Hartford, de la mansión Riverton. Suena bien, ¿no crees?

Emmeline giró para hacer una reverencia a su reflejo en el agua. Parpadeó y tendió su mano.

– Encantada de conocerlo, apuesto caballero. Soy la Honorable Emmeline Hartford.

Luego rió, divertida con su propia ocurrencia, y comenzó a caminar por el borde de azulejos, con los brazos extendidos para equilibrarse, al tiempo que repetía su fórmula de presentación entre nuevas carcajadas.

Hannah la miró un momento, perpleja.

– ¿Tienes hermanas, Grace?

– No, señorita. Tampoco hermanos.

– ¿En serio? -preguntó, como si jamás hubiera considerado que fuera posible vivir sin hermanos.

– No he sido demasiado afortunada, señorita. Somos sólo mi madre y yo.

Ella me miró, entrecerrando los ojos ante la luz del sol.

– Tu madre. ¿Ella trabajó en esta casa?

Más que una pregunta, era una afirmación.

– Sí, señorita. Hasta que yo nací, señorita.

– Te pareces mucho a ella. Me refiero a tu aspecto físico.

Sus palabras me desconcertaron.

– ¿Perdón, señorita?

– La vi en el álbum de recuerdos de la abuela. En una de esas fotografías de todos los inquilinos de la casa, tomada el siglo pasado.

Sin duda Hannah percibió mi confusión, porque se apresuró a decir:

– No estaba buscando esa fotografía, Grace. Trataba de encontrar un retrato de mi propia madre, cuando inesperadamente apareció. Me impresionó el parecido que tiene contigo. El mismo rostro hermoso, los mismos ojos bondadosos.

Yo nunca había visto una foto de mi madre en su juventud. La descripción de Hannah era tan diferente de la madre que yo conocía, que me asaltó un repentino e irrefrenable anhelo de verla por mí misma. Sabía dónde estaba guardado el álbum de recuerdos de lady Ashbury: en el cajón de la izquierda de su escritorio. Y desde que Myra trabajaba fuera de la casa, habían sido muchas las ocasiones en que me había quedado a solas mientras limpiaba la sala. Si me aseguraba de que los demás estuvieran ocupados en otro lugar y actuaba con rapidez, seguramente no sería difícil echar un vistazo. Pero me pregunté si me atrevería a hacerlo.

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